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Miedos en abril

José Nodier Solórzano Castaño

viernes, 30 abril 2021

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Millares de colombianos, el pasado 28 de abril, salieron a las calles. Querían espantar, de alguna manera, el pavor a la inmovilidad o a la misma muerte. El miedo, esa sensación de vacío pugnaz, no se va de un momento a otro. Toca martillar las emociones. Vivir de nuevo una ilusión y transmutar ansiedad por … Continuar leyendo

Millares de colombianos, el pasado 28 de abril, salieron a las calles. Querían espantar, de alguna manera, el pavor a la inmovilidad o a la misma muerte. El miedo, esa sensación de vacío pugnaz, no se va de un momento a otro. Toca martillar las emociones. Vivir de nuevo una ilusión y transmutar ansiedad por esperanza.

Alguna vez en la carrera séptima de Bogotá, octubre 14 de 1915, dos campesinos se acercaron a Rafael Uribe Uribe, y le asestaron múltiples golpes con sus hachuelas. Herido, con un proyecto de ley bajo el brazo para proteger al trabajador, el hombre que había defendido a las minorías cayó sobre las escalinatas del capitolio nacional. Era el primer muerto de un anunciado liberalismo, que solo gobernó un poco en 1936.

Luego, la repetida derecha torpe y utilitarista, sembró de violencia los campos de Colombia para detener la Revolución en Marcha, liderada por el presidente Alfonso López Pumarejo, quien fuera torpedeado por su propio partido y por el monstruo Laureano Gómez, quien se montó en la tesis de “la acción intrépida”, el atentado personal, con el fin de hacer invivible la República. 

La misma tesis, y similar crueldad, movió al paramilitarismo de Colombia en los tiempos contemporáneos: convertir nuestro territorio en un campo de batalla y nuestros huertos en cementerios sin fin. 

Desde ese año hasta 1948, el partido conservador, y los terratenientes, atenazados con la fuerza pública, difuminaron el proyecto de construir un país con un sentido de la civilidad, moderno y equitativo. No permitieron que floreciera ninguna idea de equilibrio social, mínima, y la abatieron con el terror en el campo y la desazón en la ciudad. Llegaron a 1948, y decidieron balear esas ideas por la mano de un desconocido, quien, en su nombre, asesinó a Jorge Eliécer Gaitán.

El proyecto liberal, jamás socialista, cayó exánime otra vez en la misma carrera séptima de Bogotá. La muerte del indio Gaitán, como lo estigmatizaron y como él quería que lo vieran, se convirtió por decenios en una herida purulenta. Nunca hubo justicia de verdad para su asesinato y esa cicatriz, abierta, jamás curó en el alma de los colombianos.

Tímidas iniciativas intentaron prefigurar ese proyecto liberal. Lleras Camargo lo dijo en sus hermosos discursos y Lleras Restrepo lo intentó con su agrarismo profético, que nunca se hizo real. López Michelsen lo proclamó, pero su disidencia oportunista fue solo un respiro retórico para luego pactar la frustración.

El 18 de agosto de 1989, con la muerte de Luis Carlos Galán, o con las muertes de Bernardo Jaramillo, el 26 de marzo de 1990, o Pizarro León Gómez, el 26 de abril de 1990, o con la anterior de Jaime Pardo, el 11 de octubre de 1987, con todas esas tragedias, el miedo se hizo oficial.

¿Matarán ahora a Petro para detener su proyecto de capitalismo productivo y de inclusión social?

Ya lo han intentado, como símbolo, y no lo han logrado. Habrá que derrotar el miedo colectivo. 


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