Como lo dijo en este medio el columnista y profesor Jorge Eduardo Urrea, la Inteligencia Artificial (IA) ChatGPT viene generando conmoción en el mundo geek y, también, en los no tan cercanos a las tecnologías y la informática. En este mes de enero el escritor colombiano Hector Abad Faciolince publicó en el periódico El Espectador dos columnas de opinión narrando su experiencia con la IA. Bajo el título ‘Escrito con inteligencia artificial’, publicó su primera columna del año con la asistencia de la IA ChatGPT, expresando su intención de la siguiente manera: “A veces los escritores sentimos la necesidad de una ayuda. Como no existe el doping para escribir, he resuelto acudir a otra herramienta: la inteligencia artificial”. Con este ejercicio de apoyarse en la IA para escribir, Faciolince destaca el “modo fantástico” de escritura de esta IA, cerrando su columna con la preocupación de ser reemplazado por este “programa de escritura gratuito de OpenAI”. Luego, bajo el título ‘Traducir con IA’, realiza otro ejercicio de asistencia con la IA de traducción de Google, para apoyarse en la traducción de la novela de Rebecca Goldstein titulada The Mind-Body Problem. Nuevamente sorprendido el trabajo de esta otra IA, termina su columna valorando el apoyo que esta tecnología le ha brindado a su labor como escritor y traductor, diciendo: “Pienso hacer más tarde una versión definitiva que me guste más. Tal vez otras inteligencias naturales y artificiales me puedan ayudar”.
Ante las posibilidades tan finas y elegantes de producción escrita, traducción y creación que las IA están ofreciendo, se han generado muchas alarmas y cuestionamientos en términos educativos, de divulgación de conocimientos y de filtros de acceso a través de exámenes escritos, donde las instituciones educativas, los editores y también los lectores, enfrentamos el reto de movilizarnos del lugar desde el cual veníamos interactuando y leyendo lo escrito, para preguntarnos: ¿lo leído fue escrito por una inteligencia natural, es decir, un ser humano, sea hombre, mujer, niño o adulto?, o, ¿fue escrito por una máquina, robot o tecnología de “procesamiento automático del lenguaje natural, tal como se define a sí misma la IA ChatGPT”?
Ante esta situación podemos seguir el camino “apocalíptico” y declarar la muerte del texto escrito o la escritura humana y con ella de varios procesos que construyen humanidad, tales como la literatura, las leyes, la educación escolar, entre otras; o, podemos realizar prácticas integradas y de “simbiosis” entre las inteligencias naturales, propias de nuestros cuerpos con las inteligencias artificiales, que están a disposición de todos nosotros como usuarios. Considero que sí hay algo que se puso definitivamente en riesgo en los ámbitos propiamente educativos, esto es, la solicitud de textos escritos por encargo, por obligación, es decir, lo que en el mundo académico o escolar llamamos tarea. Ni leer, ni escribir por obligación o encargo son ejercicios que ayuden al desarrollo del pensamiento y los individuos. Escribir por encargo lo hace mejor una IA.
La automatización y estandarización de prácticas como la escritura son las que ahora logran de manera ágil y precisa resolver las IA, pues estas permiten, como el ChatGPT lo dice, generar respuestas relevantes y coherentes en una variedad de contextos. Sin embargo, lo que potencialmente hacemos los humanos no queda reducido a lo automático y estandarizado, sino que se abre a lo impredecible, incierto y complejo. Menos respuestas automáticas y estandarizadas necesitamos entregar en la vida, más inquietudes y propuestas creativas y situadas debemos exigirnos en una época de grandes transformaciones culturales, ambientales y tecnológicas. Sobre el tema de la interacción cotidiana con las tecnologías, precisamente necesitamos continuar el diálogo local y enfrentarlo como una realidad, aquí y ahora.
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