Si algún día logro terminar de leer la novela Los Vencejos, de Fernando Aramburu, voy a contarles de sus personajes, de su madre, quien termina en un ancianato, sin capacidad para recordarse.
Rulitos es un amigo de nobleza notable, que tiene una memoria precisa. Ya no vive en Calarcá, pero siempre retrotrae sus días en nuestro pueblo. Hablo de rulitos porque sus añoranzas, como un aroma de juventud, me abruman frente a esta niebla que se extiende por ratos en mi mente.
Pensaba en el artefacto de la memoria cuando caminaba por mi ciudad, por la carrera 25, y regresaba al tiempo en que yo deseaba en el colegio Robledo ser escritor: bueno, divertido y famoso. Poco logré, estimo, pero soy feliz del desvarío que pude crear con esa tríada de ilusiones.
Escribí un par de cuentos a mis 18 y 19 años, ya ni me acuerdo, y fui vencedor en sendos concursos, y desde ese día la figura del poeta o del narrador, su simbología y presencia social, se volvió de interés para mí. En un artista, en un dramaturgo, en un pintor o en un músico, hay una amalgama de fuerzas creativas de la sociedad.
Un día vi a un poeta leyendo en voz alta, en Armenia. Era un hombre de cejas abundantes y ordenadas. Un erudito, a mis ojos, porque citaba a grandes poetas, a Paz y Borges. Todos pensábamos, sobre todo el género femenino, que era muy apuesto y caballeroso. Escribía versos libres y significativos: era vivaz, irónico y juntaba bellas imágenes en sus textos.
Hago rememoración de su voz, estentórea y dulcificada, porque viene a mí la expresión de felicidad de quienes lo escuchábamos, ya fuera que él recitara versos de otros o poemas propios. Era una especie, por su voz provocadora, de profeta de una nueva época.
Ya saben, claro, que hablo del calarqueño más importante en la poesía contemporánea y, en particular, de un ser humano perspicaz y sensato que ama, con devoción, su origen y su ciudad.
La poesía de Elías Mejía se puede leer, aún, como la expresión de una modernidad que se tardó en llegar a nuestra literatura.
Hace ya varios años el poeta, el profeta Elías, dejó de publicar sus versos y se dedicó a tejer puentes cívicos en el gremio cafetero. Ahora, en nombre de una tradición y de una trayectoria, es el presidente del Comité departamental de cafeteros.
Su Poema blanco, publicado en Conversaciones con el pez, no obstante, resuena en mis oídos: Es la hora blanca del beso que se aleja/entre la multitud de compromisos y de cosas/ son las despedidas y la muerte acechando/tras haber conocido el amor/es la razón que salta y trepida/con la fugacidad a rastras/.
Si, somos fugaces, y el pasado es una humareda en nuestras manos. Y Usted Elías, obvio, es la evidencia de una sensibilidad que permanece y está presente.
Nuestro poeta Elías Mejía: una presencia actual y viva, que se profundiza en el corazón colectivo.
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