Cuarenta años después de la entrega del premio Nobel a Gabriel García Márquez, su obra literaria y periodística, buena parte, destella genialidad.
Los investigadores podrán encontrar en Cien años de soledad o en El otoño del Patriarca los símbolos de un ser latinoamericano, con sus delirios y grandezas. La imagen de una utopía común que aún no se hace realidad.
Un mundo complejo, pensado en lengua caribe, como una metáfora, cargado de alegrías y músicas populares que ascienden por la pluma excavadora de un arqueólogo. La voz guajira, precolombina, que habla por boca de mujeres sabias.
Muchos libros se han escrito sobre la obra y la vida de García Márquez. Desde el legendario “Historia de un deicidio”, en 1971, hecho por Mario Vargas Llosa, hasta, ahora, “La historia bien contada”, de Darío Fernando Patiño. En esos libros, y en todos, hay un significado compartido: nos miramos en el espejo de un genio creativo.
La misma vida de García Márquez, su empecinamiento para ejercer la escritura, su infantil machismo, típico de un costeño, o su odioso arribismo frente al poder —avaló el fracaso humanitario de Los Castro en Cuba y lavó la imagen de Los Clinton, en Estados Unidos— apenas son anécdotas, neblinosas ya, de cara a su poderosa obra literaria y periodística.
Leer sus columnas o reportajes, más allá de una cátedra de periodismo escrito, devela una honda preocupación frente al poder omnímodo y sus devastadoras consecuencias. El poder, económico y político, que él mismo idolatró.
Los cuentos de nuestro Nobel son desconcertantes como también los de Julio Cortázar. Piezas perfectas de un reloj literario, que nos determinó con sus manecillas estéticas una escuela literaria.
El hilo de belleza que deja El rastro de tu sangre en la nieve, además de desolador, es el gesto de un mago que nunca muestra todas sus cartas. Lo mismo pasa con dos artefactos literarios de excepcional concisión: Crónica de una muerte anunciada, un coro griego, y El coronel no tiene quien le escriba, ejes de un planeta único por su forma de narrar, al borde de lo extraordinario, y por la elegancia natural de un lenguaje llevado hasta sus últimas, y más luminosas, consecuencias.
Poco aparecemos en la obra de nuestro Nobel. Nos menciona en el personaje de Frau Frida, en el cuento Me alquilo para soñar, donde habla de los riscos del Quindío. Allí quedamos, en su imaginación, como la sustancia o la fantasía de una mujer que sueña.
En el relato de su vida aparecemos dos veces: cuando fue compañero de Jaime Lopera en Prensa Latina, 1959, a medida que engordaba con prosa los telegramas y cuando, por su iniciativa, hizo periodismo en compañía de Darío Fernando Patiño, en televisión.
Escribió nuestro coterráneo el libro “La verdad bien contada”, ética y estética en el periodismo de García Márquez, que será presentado el 17 de noviembre, en el auditorio de Cofincafé.
Serena inteligencia y buena prosa de manos de un maestro, como Darío Fernando, del periodismo contemporáneo.
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