Las sociedades modernas avanzan a través de la fijación de planes. Los piensan y los elaboran, casi siempre, como un ejercicio colectivo. Es lo básico y normal si la normalidad fuera lo propio.
En el Quindío, hace casi diez años, hicimos el plan departamental de las culturas, Biocultura 2013-2023, y en esa bitácora se incluyeron algunas prioridades para el departamento. En esencia era la conjunción ambiental, la vida, con la transversalización de la cultura en nuestra cotidianidad: seríamos más conscientes, más creativos y, por tanto, menos infelices.
Nada de lo anterior se vislumbró o pasó. El plan decenal de Biocultura, después de casi tres gobiernos, no se ha cumplido: ambientalmente somos un desastre; el turismo es una emboscada grupal y, casi todos, vivimos con la incertidumbre de variadas angustias. Estamos en una encrucijada.
¿De qué sirve una batería de ideas que los gobernantes ignoran en sus planes de desarrollo cuatrienales? ¿Para qué planear si luego miramos para el páramo, como decían los antiguos, y ni siquiera lo vemos derretir?
Existen varias falencias en el ser quindiano que un plan de cultura, hacia el futuro, debería abordar: barajar de nuevo el derrotero pasado para observar lo no cumplido; elucubrar sobre prácticas éticas individuales y, también, redescubrir nuestra dignidad frente a la noción de poder. Ahora somos ineptos para seguir y cumplir reglas concertadas, ladrones de lo público y lo privado y sumisos ante el autoritarismo de lo ilógico. ¿En dónde quedó lo que éramos como comunidad cumplidora, honesta y libre?
Un nuevo plan de cultura, Biocultura, de raíces ciudadanas, creativas y formativas, nos debe llevar directo a inaugurar para el Quindío una sociedad del conocimiento. Deconstruir la idea fenicia, torpe, de la competitividad y del exitismo suicida: es tóxica y destruye el planeta.
Pocos senderos hay para llegar a esos nuevos lugares, sí, pero debemos intentar desbrozarlos. Por ejemplo, imaginar que nuestras niñas y niños reciban educación artística en todos los colegios públicos. Pensar que los artistas y gestores tienen una verdadera Facultad de Artes y Humanidades y que la sociedad priorizará para ellos una seguridad social.
Entender, dentro de las líneas de un plan dialogado, que los campesinos son activos primordiales de nuestra cultura y que las minorías requieren, sí o sí, una discriminación positiva con el objeto de brindarles igualdad de oportunidades y una inclusión real.
Un plan participativo, basado en el soporte de la educación formal, nos devolvería la posibilidad de volver a pensar en grande: en construir un parque-biblioteca departamental, que defienda el patrimonio histórico; un teatro público de calado internacional; y la configuración de espacios para escuelas de oficios, gastronomías y artesanías locales, todo jalonado desde la inversión de recursos de regalías.
Definir, a pesar del poder institucional, que nuestro territorio está habitado por identidades múltiples, tribus urbanas y rurales. Entender que la lectura, la escritura y la oralidad, su riqueza, nos hace más humanos y más propicios a la argumentación y a construir otras narrativas vitales.
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