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La estación

Óscar Piedrahíta

lunes, 30 agosto 2021

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Todas las ciudades tienen lugares especiales. Se destacan por su historia, arquitectura, los sitios con los que cuenta o la gente que los habita. Algunos se convierten en referentes para el turismo o la economía, son visitados con frecuencia y apreciados por las comunidades. En la capital quindiana uno de ellos es La Estación. Hace … Continuar leyendo

Todas las ciudades tienen lugares especiales. Se destacan por su historia, arquitectura, los sitios con los que cuenta o la gente que los habita. Algunos se convierten en referentes para el turismo o la economía, son visitados con frecuencia y apreciados por las comunidades. En la capital quindiana uno de ellos es La Estación. Hace años algunos alcanzamos a disfrutar los sorprendentes viajes en tren hacia el Valle, el impresionante recorrido, primero entre cafetales y guaduales, después acariciando con las pupilas los cultivos de caña de azúcar y disfrutando ese sol abrasador del departamento salsero de Colombia. 

Era una experiencia fantástica: llegar a la estación, tomar el tiquete y subir a los vagones, rodeados de esa magia del tiempo detenido, que conecta con las páginas de alguna obra de García Márquez y nos abraza como si el Río Magdalena nos acompañara en el viaje, fluyendo junto a los rieles…

Ir de un vagón a otro era una aventura, el salto con la adrenalina al tope y el descubrimiento de un nuevo universo en el rostro de cada viajero. Lástima hoy, la ausencia del tren en Armenia.

Ha vivido diversas etapas nuestra estación. Como muchas grandes obras de la arquitectura, tuvo un tiempo de abandono. Presenció —ojalá pudiera decirse en tiempo pretérito sin titubeos— el consumo de drogas y la comisión de delitos, observó un sitio vergonzoso de reclusión, ajeno a cualquier referente de dignidad humana. 

Todo eso y mucho más, han visto esos muros antiguos.

La alcaldía de Armenia formuló un proyecto para la recuperación del sector con fines culturales, patrimoniales y turísticos: una iniciativa que lamentablemente encontró talanqueras en el camino, que todavía siguen sin resolver. La opción de contar con recursos del gobierno nacional para generar una inversión representativa y consolidar algo majestuoso en este rincón de la ciudad, sería una alternativa óptima. Es bueno que funcionen allí oficinas del gobierno local —como Corpocultura y la secretaría de Tránsito, por ejemplo—, genera apropiación institucional y dinamismo social; sin embargo, es necesario ocuparse de su mantenimiento y retornarlo a la gloria original —cuando visitarlo era una fiesta—.

Ahora surge una posibilidad liderada por la gobernación, orientada a la recuperación de los espacios de las estaciones del ferrocarril —Salento, Armenia, Montenegro y Quimbaya—, con una inversión de 35.000 millones. Específicamente para Armenia, se anuncia una recuperación del espacio para la funcionalidad social, en el marco del proyecto de Vías Verdes. Todo maravilloso.

Tres elementos: uno, ojalá lo proyectado ocurra pronto, hay una deuda histórica que amerita celeridad en el proceso. Dos, es necesario que todos los niveles territoriales estén unidos, porque el espacio requiere una intervención profunda que implica mucho dinero y no admite paños de agua tibia sino, trabajos estructurales de alto impacto. Tres, se requiere apropiación ciudadana. En este sentido la directora del Museo de Arte de Armenia y el Quindío Maqui, María Cristina Mejía, ha llevado a cabo propuestas interesantes, se requiere que encuentren eco, pues este espacio debe ser amado y cuidado por todos.


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