Escribo con dolor patrio, el que surge al ver los noticieros y sus imágenes dantescas… muertes innecesarias, destrucción de bienes públicos, agresión, la fuerza pública (que nos ha defendido y a la que debemos honrar) atacada por los ciudadanos… Dolor que surge de ver a varios inconscientes ingresando a establecimientos de comercio para hurtar (electrodomésticos, … Continuar leyendo
Escribo con dolor patrio, el que surge al ver los noticieros y sus imágenes dantescas… muertes innecesarias, destrucción de bienes públicos, agresión, la fuerza pública (que nos ha defendido y a la que debemos honrar) atacada por los ciudadanos…
Dolor que surge de ver a varios inconscientes ingresando a establecimientos de comercio para hurtar (electrodomésticos, elementos de limpieza), como si un contexto de protesta validara todas las formas del delito y como si los empresarios –que son los que generan empleo y riqueza en las naciones–, tuvieran que sufrir un daño en su patrimonio, cuando son los más afectados por los problemas de la economía y los que más pagan impuestos.
Dolor que brota al leer la narración de la violación e intento de homicidio de una mujer en Salento, indefensa e inocente… víctima de las perturbaciones mentales y emocionales de un sujeto, que en la más absurda arbitrariedad ingresó a su vivienda para violentarla, marcarle la piel con un tenedor en incontables ocasiones y someterla a toda clase de vejaciones.
Dolor que se clava en la mitad del alma, al escuchar a mi gran amigo Erney, hombre trabajador y honrado, describir las condiciones en las cuales fue víctima de un asalto en el que recibió puñaladas en el pecho que perforaron su pulmón izquierdo y pusieron en riesgo su vida. Que lo sometieron a la inminencia de la muerte y luego a una delicada cirugía –en mitad de una pandemia donde necesitamos hospitales y clínicas para atender a los contagiados y no a las víctimas inocentes de la violencia urbana–. Hecho que lo obligó después a un dispendioso proceso de recuperación, que le impedirá trabajar y proveer a su familia.
Dolor que se genera por la imposibilidad del gobierno de buscar recursos financieros de forma más creativa, de inventar otras maneras para desenvolverse en medio de la crisis, como por ejemplo, acelerar procesos de extinción de dominio a propiedades que eran de narcotraficantes y venderlas para alimentar las arcas del Estado, de usar la sabiduría macroeconómica y fiscal de los respetables cerebros que trabajan en el ministerio de Hacienda, para diseñar caminos que no afecten tanto a la clase media y laboriosa, para presentar una reforma tributaria más equilibrada, razonable y justa… Es claro que se requiere, también lo es que la radicada, fue desafortunada, inconsulta y excesiva.
Dolor, por ver a los manifestantes en las calles –haciendo uso del más sagrado y respetable derecho a la protesta por supuesto–, pero también corriendo riesgos en su salud, por el momento en el que se encuentra la curva de contagios, el colapso del sistema hospitalario y el incremento en el número de muertos. Esto no es un juego, aunque muchos lo tomen como tal, el virus sigue ahí y ninguno puede considerarse invulnerable o inmortal.
Dolor, por el miedo que se pasea por las calles, por la zozobra de los parientes de los policías que están tratando de proteger a las personas e instituciones… por la muerte del capitán Jesús Alberto Solano, víctima de los irracionales que le dieron puñaladas por hacer lo que juró con honor… defender a la Nación y a las personas que la integramos… ¿Cómo explicar a su viuda, a su madre o a sus huérfanos, su muerte?… Tal vez con argumentos de validez del mal actuar de ciudadanos que se contagiaron de un virus más peligroso que el Covid… el de la arbitrariedad y la inconsciencia. Un Llamado a la Cordura… resulta urgente.
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