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Ataques de pánico

José Nodier Solórzano Castaño

viernes, 23 abril 2021

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Para muchos el purgatorio de la pandemia se asentó en sus vidas. Unos porque la incertidumbre económica los acosa, y otros, casi todos, porque los cercos de las emociones se cierran frente a sus ojos o se anudan en sus pesadillas. No hay sueño tranquilo. Desde hace muchos años, sin llegar la pandemia, ya vivíamos … Continuar leyendo

Para muchos el purgatorio de la pandemia se asentó en sus vidas. Unos porque la incertidumbre económica los acosa, y otros, casi todos, porque los cercos de las emociones se cierran frente a sus ojos o se anudan en sus pesadillas. No hay sueño tranquilo.

Desde hace muchos años, sin llegar la pandemia, ya vivíamos bajo el fuego de la locura comunal e individual. Comunidades enteras eran asediadas, lo son, por los monstruos de la violencia, y fueron empujadas a recodos parecidos a la demencia. Millones de colombianos han sido víctimas y victimarios por cuenta de la enfermedad mental o del abuso de otros, quienes no se tratan las enfermedades que arrastran con impunidad.

La violencia en Colombia, además de matar a millones, nos enferma a los sobrevivientes. No entendemos al otro, y no interpretamos las formas del descaro hasta cuando sus tenazas nos ahogan o nos aterrorizan. 

Hay mucho demente suelto, y no sabemos qué hacer. No hay cárcel ni indiferencia que alcancen para tanta gente convertida en cabra sumisa de sus obsesiones. 

La vacunación no avanza como debe ser, los circuitos económicos se funden o desaparecen en el mercado y, en especial, un gobierno enajenado, utilitarista y torpe, elegido para unos pocos, pinta de terror un paisaje que ya era turbio. 

El año pasado un estudio de Profamilia registró que un 76 % de los colombianos estaba nervioso, un 52 % desesperanzado y un 40 % era invadido por una tristeza sin fondo, sin calma posible. 

La pandemia, además de estar más activa que nunca por su índice de contagio, siembra de cardos la tierra fértil, a veces fantasiosa o paranoica, de nuestros pensamientos.

En ese mapa, las minorías o los excluidos sufren más. Las mujeres cabezas de hogar o solitarias con sus responsabilidades sienten con mayor ahínco la lanceta de la angustia o son vulnerable a los desesperos propios de este encierro. Un 63 % de los afrodescendientes y un 59 % de los indígenas, por ejemplo, tienen una carga de cuidado de niños menores o de ancianos o de desempleados. 

En un interesante artículo de Rosa Montero, escritora española, ella refiere que un meta-análisis canadiense hecho sobre 55 investigaciones descubrió que, en la primera ola del virus, el estrés postraumático se multiplicó por cinco, los trastornos de ansiedad por cuatro y la depresión por tres. 

Solo miremos los ojos de los embozados con el tapabocas. Hay desconcierto, ataques de pánico e impotencia en millares de conciudadanos que no saben qué pasa en realidad con la ferocidad de este tiempo y para dónde vamos. Ahora no somos mejores humanos que en el pasado. Estamos al borde del colapso.

Muchos se han lanzado sobre los frascos de ansiolíticos y otros sobre la viscosidad de sus adicciones. Pero esa no es la respuesta.

Creo, sin duda, en el amor. En la dulzura de una palabra, en la ilusión y praxis de un abrazo cálido, y en la realidad de otro ser que nos piensa y nos piensa bien.


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