Las cifras de nuestra violencia siempre han sido controvertidas. Claro. Configuran por sí solas una ecuación de odio que nos retrata como nación y nos apena. Ocurre desde la independencia, pasando por los conflictos entre centralistas y federalistas, y por la configuración y consolidación de los partidos históricos. Entre muerto y muerto, y millones de … Continuar leyendo
Las cifras de nuestra violencia siempre han sido controvertidas. Claro. Configuran por sí solas una ecuación de odio que nos retrata como nación y nos apena.
Ocurre desde la independencia, pasando por los conflictos entre centralistas y federalistas, y por la configuración y consolidación de los partidos históricos. Entre muerto y muerto, y millones de desplazados, siempre ha habido una porción de tierra en disputa: mil hectáreas, una fanegada o un metro cuadrado por arrebatar.
En el siglo diecinueve, por ejemplo, los estadígrafos reportan 9 guerras civiles de carácter nacional y casi 1.000 reyertas colectivas en las regiones. Al final de ese siglo, los muertos por la guerra de los Mil Días aún no se terminan de contar por los historiadores forenses: algunos dicen, optimistas, que fueron 100.000 y otros, más realistas, dicen que llegaron a 300.000, además de la pérdida de Panamá.
No hemos cesado de matarnos y de negarlo, de esconderlo como si nos fuera la vida en ello, las pocas o poca que nos queda. Es casi una broma macabra. Nos gusta más decir que somos amables, hospitalarios, creativos, buenos, cuando las estadísticas demuestran, a rejo de número, que somos despiadados.
De la violencia de 1948, por ejemplo, aún no establecemos cifras confiables: algún historiador habla de 300.000 muertos —Palacios—, mientras otros reportan 200.000 —Karl—, y todos saben que nuestras veredas se llenaron de descuartizados y mujeres violadas. En la novela Viento seco, de Daniel Caicedo, se testimonia la maldad de corazón de esa época, mucho más allá de las sumas, es decir de las restas de humanidad.
De ese tiempo también se dice que hubo 2.000.000 de desplazados, en un país de 11 millones de habitantes. Después, de 1958 a 2017, la matemática nos revela de algoritmo entero: 8.074. 172 víctimas, con 7.0134.646 de casos de migración obligada.
No paramos de rociarnos con plomo e indignidad: 262.197 muertos en ese lapso, 165.927 desapariciones forzadas, y 10.237 torturas físicas.
De esos crímenes, los organismos especializados concluyen que el 40 por ciento fue perpetrado por grupos paramilitares, un 25 por ciento por guerrillas de corte marxista y un 8 por ciento por agentes del Estado colombiano.
Los negacionistas del conflicto interno, quienes lo reducen a la categoría de terrorismo, le hacen mucho daño al análisis objetivo de ese trasegar trágico de la historia. Lo esconden en sus causas y orígenes, lo maquillan y disimulan con un significado simplista e interesado.
La Jurisdicción especial para la Paz, un organismo legal en Colombia y reconocido por las Naciones Unidas, dice que hubo 6402 falsos positivos, y de inmediato salieron los mismos de siempre a lavarle las manos y la cara a Álvaro Uribe Vélez. Nadie dijo ni pío sobre los ministros de defensa de esa época, entre ellos Juan Manuel Santos.
¿Cuántos votamos en el Quindío por el uribismo? ¿Cuántos lo hicimos por el ladino Santos?
¿Somos copartícipes con el voto de esa debacle moral?
Creo que sí. Y es hora de admitirlo y remediarlo.
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