En el marco de la crisis económica generada por la pandemia, es importante pensar en la riqueza. Hay muchas formas de verla, algunos la conciben como abundancia material, dinero y ausencia de carencias… Otros tenemos una visión distinta, pues si bien es fundamental contar con recursos financieros para satisfacer los requerimientos biológicos y atender a … Continuar leyendo
En el marco de la crisis económica generada por la pandemia, es importante pensar en la riqueza. Hay muchas formas de verla, algunos la conciben como abundancia material, dinero y ausencia de carencias… Otros tenemos una visión distinta, pues si bien es fundamental contar con recursos financieros para satisfacer los requerimientos biológicos y atender a la familia, hay cosas más valiosas, que no se pueden comprar, ni vender… Eso que no se deja representar en una cifra, que vale tanto que no se puede encerrar en un número, aquello que nos hace brillar la mirada y que jamás pasó por la billetera o la cuenta bancaria, lo que nos produce una sonrisa inocultable al recordarlo y al final del camino, se convierte en un tesoro invaluable, que entibia las tardes frías al visitar el pensamiento.
¿Cuál es la verdadera riqueza?
Primero. Los parientes. Es maravilloso contar con personas que llevan la misma sangre y además, rasgos semejantes en el rostro. Esos que han asistido a todos los momentos, con quienes se tiene un nivel de intimidad elevado, porque están ahí… en la enfermedad y en el duelo, en momentos de dicha, en navidades y festejos. Es bueno saber que se cuenta con ellos, que jamás se estará en soledad porque su presencia es un regalo permanente.
Los abuelos, que son la ternura. Ellos, que dedican sus fuerzas a consentir, abrazar, cuidar y formar, aquellos que al irse para la eternidad dejan un vacío sin nombre, en el alma y en el tiempo, los que nos entregan como legado su historia y su experiencia, lo mejor de ellos, su propia existencia en fotos y palabras, en perennes recuerdos.
Los padres, que nos dan los trazos de su cara para dibujar la nuestra, que se desbordan en cuidados y atenciones, en afecto… que están presentes sin importar las circunstancias y lo entregan todo, sin miramientos, que nos dan su fuego para encender nuestra hoguera.
Los hijos, que son la parte más bella de nuestra esencia, el regalo supreAmo de la vida, el amor en su expresión más auténtica.
Los hermanos —algunos de sangre, otros de vida—, con los que podemos hablar de cualquier tema; que nos comprenden y estimulan, nos respaldan y tienen paciencia, esos que lo harían todo por vernos felices, que con sus sabios consejos y su fe, nos mantienen firmes en la batalla y nos inspiran.
Los tíos, que son una especie de padres que acompañan en la infancia, corrigen en la juventud y son presencia en la vida adulta. Los ecos de sus risas y palabras, su ejemplo, quedan marcados en la memoria.
Los primos, cómplices de momentos inolvidables, compañeros de travesuras infantiles, una especie particular de amigos que tejieron su historia con la nuestra.
Segundo. La pareja. El obsequio del amor, con quien se construyen los mejores momentos, quien en su abrazo y su beso, logra encerrar la eternidad…
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Tercero. Los amigos. ¿Qué sería de nosotros sin ellos? A los que llamamos cuando nos ocurre algo bueno —o terrible—, cuya opinión es orientadora, con los que hemos emprendido aventuras, compañeros de carcajadas e incontables proyectos. Personas con las que se edifica confianza, lealtad, respeto, camaradería… Seres insustituibles cuya mano al apretar la nuestra, hace más liviana la carga y más llevadero el dolor.
Esta es la riqueza auténtica… la que da sentido a la vida. Gracias a los que son parte de mi fortuna.
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