La pandemia creó varias realidades. Existe la concreta, identificada con un número de cédula, un estado civil, una dirección física y diversas ubicaciones virtuales. Existe una forma de vincularnos, dictada por la costumbre, amorosa, y también emergen maneras de enmascararnos por una mensajería o por las redes sociales: somos otros y apenas los mismos. Una … Continuar leyendo
La pandemia creó varias realidades. Existe la concreta, identificada con un número de cédula, un estado civil, una dirección física y diversas ubicaciones virtuales. Existe una forma de vincularnos, dictada por la costumbre, amorosa, y también emergen maneras de enmascararnos por una mensajería o por las redes sociales: somos otros y apenas los mismos. Una brizna de luz o un telón de opacidad en una pantalla.
Lo pienso porque recuerdo con afecto los encuentros presenciales con mis amigos, cálidos y directos, y uno en especial en la esquina de la Ventanilla de La Chapolera, en Calarcá, en años pasados.
Un día en ese vértice de la calle 41, arribó un señor a decirnos, con insistencia y fluidez, que él conocía la fórmula eficaz para transformar al país. Decía, sin respirar casi —cuando no sabíamos lo útiles y propios que eran los pulmones— que la asociación de voluntades por veredas, barrios u oficios, el cooperativismo puro y duro, era la salvación de una nación despedazada por un largo conflicto. El cooperativismo nos haría mejores y viables.
Lo primero que pensé, en ese momento, es que el discurso era sobreactuado. Y lo concluí así, porque estamos en el Quindío, donde la egomanía tiene su paraíso y donde no es posible unir voluntades para casi nada. Somos islotes en una isla vegetal.
Y ese discurso de hace casi veinte años, tenía ocasión, la efervescencia del ponente, justo cuando los neoliberales profundizaron la delegación en un tercero de la producción de bienes y servicios, contratar a través de cooperativas, en manos de políticos o de amigos de los políticos.
Así fue creada y extendida la ley de la salud y así se le bajó el costo a la mano de obra, no calificada y profesional, en todo el país, cuando los líderes cedieron el bastón de mando a dos o tres empresarios ultrapoderosos. Así, cómo dicen ellos, con cierto cinismo emprendedor y edulcorado, hacen competitiva la industria nacional.
Me frenó en seco, sin molestarse. Me dijo que ejemplos como Coasmedas, y tantas otras cooperativas de vieja data, decían bien de lo provechoso que era, y es, la conjunción de voluntades por un objetivo colectivo.
Nunca olvido los encuentros que tengo con Héctor Arteaga Alzate, porque siempre quedo con una lección aprendida. De apoyo al productor nacional, al pequeño y comunal, de la necesidad de juntarnos y acompañarnos para mirar la felicidad o la devastación.
Hace pocos días vi una fotografía de la familia de Héctor, al lado de un ventanal de la clínica Santa Lucía, en Dosquebradas, donde le cantaban desde afuera, mientras él intenta respirar, vivir y soñar, a través de la lanceta oxigenada de una máquina.
Héctor, como millones de colombianos, empezamos a ver la luz más allá de nuestras propias incongruencias. Es un soñador innato y bueno, y hace semanas bravea boca abajo, o con vista a la esperanza, para restaurar el fuelle de sus ilusiones. Y lo logrará. Lo lograremos.
- Temas relacionados :
