La historia deja huellas, espolones visibles, en el territorio caminado. Cuando pensamos que todo es nuevo, que vivimos una época inaudita, mirar hacia atrás nos permite vislumbrar las telarañas instaladas en las determinaciones del presente. En 1898 la elección de Manuel Antonio Sanclemente, un títere de Miguel Antonio Caro, el jefe supremo del partido Conservador, … Continuar leyendo
La historia deja huellas, espolones visibles, en el territorio caminado. Cuando pensamos que todo es nuevo, que vivimos una época inaudita, mirar hacia atrás nos permite vislumbrar las telarañas instaladas en las determinaciones del presente.
En 1898 la elección de Manuel Antonio Sanclemente, un títere de Miguel Antonio Caro, el jefe supremo del partido Conservador, llevó a nuestro país a las dos grandes debacles del siglo diecinueve: la explosión de la guerra de Los Mil Días, que dejó una estela de muertos y mutilados, y la pérdida del Istmo de Panamá.
Sanclemente, elegido por una votación abrumadora del 79 %, no pudo, por el menoscabo físico propio de sus 84 años, posesionarse de inmediato. Luego, cuando juramentó, trasladó el gobierno a Villeta, Cundinamarca, pero la rebelión interna en su gobierno ya estaba en marcha.
Marroquín, su vicepresidente, no lo obedecía y los miembros de su gabinete le imponían al anciano gobernante las decisiones. La incompetencia de su gobierno dañó al país de forma irreparable, y al poco tiempo fue derrocado tras un golpe de Estado pacífico.
Incompetencias similares hubo durante algunos períodos presidenciales del siglo veinte. Casi nadie supo que en el momento del estallido de decenas de bombas en las ciudades capitales, por cuenta de los capos del narcotráfico, nuestro presidente Virgilio Barco, desmemoriado, arrastraba sus pantuflas por los pasillos del Palacio de Nariño.
Y pocos conocen de la banalidad rampante del presidente Pastrana, hijo, quien usaba buena parte de su tiempo en el diseño de sus menús gastronómicos, en sus largas sesiones con licores y habanos, en tanto el país era destruido por un tsunami financiero. Millones de colombianos perdieron sus bienes, sus casas, mientras el presidente Andrés Pastrana viajaba a fiestas de la jet set.
Muchos pensábamos que nada podía ser peor que un presidente competente trabajando solo para los suyos y para sí mismo, pero si hay un ejemplar más abajo en el abismo: un presidente insulso, incompetente, que labora a destajo para intereses determinados.
Iván Duque, en todos los ámbitos, es un inepto. Lo es al revivir para Colombia una política exterior posguerra fría, que nos embarca en un cuerpo a cuerpo contra Venezuela y Cuba, cuando detrás de esos países están China y Rusia. Su decisión de ser el mandadero menor del imbécil Trump, en este patio de atrás, ya nos la cobran con creces las otras potencias.
Duque ha sido un fiasco en el manejo de la pandemia, y sus decisiones en lo económico, de beneficiar a los mismos gigantes, paraliza al comercio y a los microempresarios. La cacareada economía naranja nunca despegó, y solo fue una oportunidad para el capital especulativo de los bancos.
Y la tapa: la compra de las vacunas en el mercado internacional. Nadie sabe qué sucede en realidad con los contratos y entregas.
Las salidas en falso de nuestro presidente, como las de Maduro, ya son leyenda urbana. Asistimos a la ‘memificación’ de un gobierno. Somos ya un chiste trágico.
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