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Perfil literario de Abiezer Agudelo Ballesteros, figura irreverente y contracultural del arte colombiano, cuya obra y personalidad marcaron la modernidad pictórica en Armenia y el Quindío.

Ícono de la contracultura latinoamericana, a los 20 años hizo algunos de los dibujos más hermosos de Colombia, su majestuoso trazo era una flor en el cielo de Picasso, en cada una de sus telas evocó la efigie de Ofelia y Helena, en su bestiario de sueños y provocaciones, está Armenia como telón de fondo de una vida a la manera de los relatos de Raymond Chandler….

Su obra plástica emerge en las profundidades más oscuras del ser humano. Culto y extravagante, el niño terrible de la pintura colombiana lleva entre sus dientes la sonrisa de la hiena y de la Mona Lisa. Con su personalidad fascinante ha escupido contra toda forma de moral y poder. A la manera de Kerouac, su vida rechaza el materialismo. Amante radical de la libertad, su vida es un revólver cargado con balas de salva; en el ojal de su camisa la noche dispone para él una rosa azul.

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Abiezer Agudelo Ballesteros: dibujante, pintor, muralista, escultor, historiador de arte y soberbio conversador, es una leyenda viva del arte colombiano. Repudiado por los círculos del poder y por las galerías famosas y sus testaferros, “Doble A”, como lo llama el poeta Omar García Ramírez, ama el infierno.

Ni las entrevistas de Eduardo Serrano, ni los textos de Ana María Escallón, ni ser finalista en el Salón Nacional de Artistas, ni las subastas con altos precios en Christie’s; nada en absoluto lo aleja de su rabiosa y poética forma de ser: delirante, obsceno, profundo, melómano.

El gran bohemio mostró el camino de la modernidad pictórica a Armenia y el Quindío, cuando aquí solo se oye guasca y se reelige cada año al jeep y su mágica parada en dos patas. Su genio delirante le grita al señor feudal: córrase, que me tapa el sol.

A la manera de un Poète maudit, Agudelo Ballesteros deambula por el mundo con sus telas blancas, sus manos, su hermosa desobediencia y su caja de colores. A él nada le importa, solo su amor profundo, visceral y extraordinario por el arte. Sus piezas se construyen a partir de su relación con la imaginería egipcia y griega. Sus telas tienen por constructo la ensoñación del pintor más importante del siglo XX: Pablo Picasso.

Idolatrado por miles de nazarenos y sarracenos, el carisma de Abiezer Agudelo lo ha llevado a ser el artista de Armenia más conocido en el mundo. Nadie ha llegado con tal grado de ironía y burla a penetrar no solo el arte, sino la cultura misma. Sus telas están en todos lados; él y Fernando Botero son los únicos artistas cuyo estilo es inconfundible, masivo y de lectura rápida por el espectador.

Dibujos apolíneos que suplican por la luz en el bosque de Afrodita, manifiesto que exalta la belleza de Narciso y corona una y otra vez con rosas de mármol el iridiscente cabello de Ariadna…

Sobre las márgenes del Granada amanecíamos ebrios de licor y canto. Limosna de Amores, de Lola Flores, era el soundtrack que acompañaba a Abiezer Agudelo Ballesteros y su corte de amigos, que imbuidos en la bohemia pura y radical, como viejos nigromantes, esperábamos el saludo de la luna para entrar en la profundidad oceánica de la noche.


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