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Hace 19 años, en Calarcá, creamos el Encuentro Nacional de Escritores Luis Vidales. La idea inicial era recuperar para el Quindío la vida y la obra del poeta, y en especial celebrar que la lectura nos transforma. Vidales cambió la manera de vernos y entendernos. Incorporó una mirada no dramática a la percepción que teníamos de nosotros mismos.

A los cien años de publicación de Suenan Timbres, Calarcá inaugura, con recursos de la nación, una obra de intervención urbanística: Ciudad sobre letras. Y los habitantes, muchos, celebramos la poesía que hace parte, aún, de nuestro alimento diario. A pesar de nosotros mismos, en un tiempo raro, cuando los poemas pierden brillo en el brillo de las banalidades.  

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Juan Felipe, el guardián de la Catalunya criolla, más abajo de calle larga, antes de río Verde, al lado de la forcha, nos dice qué significó este libro en esa Colombia pacata de principios del siglo Veinte. 

 

Cien años de Suenan timbres

La poesía de un futuro que ya fue

Por: Juan Felipe Gómez

En un momento de la elegía humorística dedicada a Luis Tejada, el poeta Luis Vidales le pregunta a su tocayo: «No has visto por allá / las cometas que se me perdieron / cuando yo era niño». Es la pregunta que un joven de 22 años deja consignada en su ópera prima y está dirigida a su amigo y maestro que ha muerto con apenas 26 años, dejándolo “bendecido” como poeta. 

La anécdota es una de las tantas que narran momentos singulares en los cafés bogotanos en diferentes épocas y con protagonistas diversos de la fauna intelectual. En este caso nos ubicamos en el Café Windsor, en los años 20, para presenciar el momento en el que el cronista Tejada, al parecer achispado por el aguardiente, se subió a una mesa y, dirigiéndose a los contertulios del Windsor mientras señalaba al muchacho a su lado, les dijo: «Carajo, todo el mundo a quitarse el sombrero porque acaba de nacer un gran poeta en Colombia». 

La evocación de las cometas de la infancia en los versos de Vidales y el desparpajo con el que Tejada lo presenta a la sociedad letrada bogotana son dos gestos que nos hablan de la complicidad y la influencia mutua que hubo entre los dos Luises, el Tejada de las Gotas de tinta, y el Vidales de Suenan timbres, poemario que cumple cien años y que conserva la vitalidad de sus versos intrépidos, la frescura y potencia de un lenguaje libre de florituras, y la mirada de asombro frente al país que se transformaba en las primeras décadas del siglo XX. 

Es insoslayable la mención a Luis Tejada al hablar de Vidales, y muy especialmente al rastrear la génesis y las virtudes de Suenan timbres como libro emblemático de la vanguardia poética nacional, pues como mentor del poeta, Tejada conoció parte de los textos antes de que conformaran el libro y con el episodio del Windsor dejó clara la fe que tenía en esa voz que irrumpía con tanto ímpetu en el anquilosado panorama de la lírica nacional. 

«Me tomó de la mano y me empujó a Suenan timbres. Tejada quería para Colombia un poeta sorpresivo, que abriera el misterio de las cosas con cierta irreverencia por la rima manoseada y los sentimentalismos al uso», escribió Vidales en el prólogo a la segunda edición del libro en 1976. También es posible encontrar coincidencias en la mirada y diálogos en lo temático y estilístico entre los versos de Vidales y las prosas periodísticas con las que Tejada se encumbró como maestro de la crónica breve. Con esas miradas coincidentes frente a los cambios que operaba la modernidad en el país, y una sensibilidad forjada en múltiples lecturas e inquietudes culturales, ambos fueron a la vez “aprendices del siglo” y “contemporáneos del futuro”, en palabras de Juan Manuel Roca, y sus obras el testimonio de una época de perplejidad.

En el caso de Suenan timbres, signado por la paradoja, el humor y una fuerte pulsión disruptiva en cuanto al lenguaje y la forma, el registro de esa perplejidad de comienzos de siglo en versos de absoluta libertad sabemos que dividió al mundillo literario de la época. Entre quienes pusieron el grito en el cielo por la ópera prima de Vidales, quizás con más “mala leche” generacional que raciocinio crítico, estaban los Centenaristas, intelectuales de modosa estirpe y defensores de las formas clásicas a quienes el desparpajo y la frescura de los versos de Vidales les causó prurito. 

Del lado de los amigos, los elogios más certeros provinieron por supuesto de Tejada, quien con sentido visionario expresó en su momento: «Sus versos no irán a gustar todavía a la gran masa de público rutinizada en el viejo sonsonete, sin alma ni médula… la poesía de Vidales es, en esta primera etapa de su obra, una poesía de ideas, sobria y sintética.» Por su parte Porfirio Barba Jacob se refirió a Vidales como “el poeta del porvenir”, y Fernando Arbeláez valoraba de esta forma la propuesta lírica del libro: «Un viento joven se apodera de las palabras, y las convoca para expresar las cosas nuestras con una desacostumbrada maestría.»

En el mismo año 1926 llegaría un espaldarazo consagratorio a futuro con la inclusión de cuatro poemas del libro en el Índice de la nueva poesía americana, antología de poesía de vanguardia compilada por Alberto Hidalgo en Buenos Aires. Los poemas seleccionados fueron En el parque, El hueco, Cinematografía nacional y Cuadrito en movimiento, una muestra mínima, pero significativa, de la libertad estilística y temática que atravesaba el libro, en el que además latían con inusitada fuerza los poemas en prosa, entre los que cabe considerar piezas precursoras de la minificción (Estampillas), y chispazos de ingenio aforístico (Visiones del carajete), con un indiscutible aire a las greguerías de Ramón Gómez de la Serna. 

A cien años del remezón que provocó en el panorama de las letras nacionales, Suena timbres puede ser leído hoy como la bitácora de un “viajero en el tiempo”, un visionario de las formas y los modos de poetizar la experiencia de habitar las urbes que crecían y se complejizaban con el devenir de la técnica y la llegada de maravillas como el cinematógrafo, el teléfono y el automóvil. En sus versos revivimos el asombro de un siglo que vio elevarse las cometas del niño que sería poeta y nos descubriría que “los relojes pierden el tiempo”.


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