Nada más difícil que nacer mujer en una sociedad que se enorgullece de su machismo, y que lo tolera y aúpa. Y ningún proceso es más maravilloso que la insurgencia femenina contra el Establecimiento. Me asombra y deslumbra.
Agripina Restrepo de Norris, con ese invasivo de, fue capaz de sostener en Calarcá, durante decenios, la revista literaria Lumen, cuidar su casa, su familia, y crear una obra social, como “los agripinos”, a punta de solidaridad y valor civil.
Gloria Cecilia Diaz —con su dolor a cuestas— fue capaz de escribir una obra literaria trascendente. Igual, Juliana Gómez, Bibiana Bernal, Esperanza Jaramillo, y otro tanto hacen Tatiana Velásquez, Anid Jocabed y Sara Mariane Herrera.
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Todas ellas de Calarcá, mujeres que nadaron y nadan contra la corriente de un río, el Santo Domingo, que las baña de aparente imposibilidad.
Por Ciudad sobre letras camina, de la misma manera, Beatriz Eugenia Gallego, poeta y narradora, que también deja su testimonio sobre la época que nos tocó vivir.
Su obra literaria abarca poesía y narrativa para niños y jóvenes. Su primer libro, Evocación (1998), marcó el inicio de una carrera literaria que ha continuado con títulos como ¡Oh! Palabra (2008), Cuando me gusten las flores (2011), Mi casa felina (2017), Dione (2017), Buscando a Khaya (2019) y La laguna (2021). Su escritura se caracteriza por una exploración de temas como el erotismo, el cuerpo y las relaciones interpersonales.
Mi ruta
Beatriz Eugenia Gallego Giraldo
Calarcá, mi tierra natal, es el lugar donde crecí y donde transcurrieron mi infancia y mi juventud. El recorrido desde la calle 43, pasando por toda la carrera veinticinco hasta llegar a Cristo Rey, me llenaba de imágenes imborrables, de canciones que sonaban en todas las tabernas, como un fondo musical permanente de aquel paseo irreemplazable para los jóvenes calarqueños. Esos sonidos y escenas hicieron eco en mí y sembraron la semilla de muchos poemas e historias.
Desde mis primeros años ya se evidenciaba mi interés por los cuentos, la poesía y las imágenes recreadas por la palabra. A los ocho años, leía todas las mañanas en el corredor de mi casa un libro de Rafael Pombo llamado ¨Simón, El Bobito¨, uno de mis favoritos, que me regaló mi madre, Maruja Giraldo de Gallego.
También seguía el ejemplo de mi padre, José Óscar Gallego Henao, un gran lector. Siempre lo observaba con un libro abierto, un periódico o una revista entre las manos. Con el paso del tiempo me interesé por la poesía de Baudilio Montoya, apropiándome de sus poemas para declamarlos en el colegio.
Yo vivía a media cuadra del hospital de Calarcá, en la calle 43 número 25-31, con el fantasma de la muerte siempre cerca. A diario, me enteraba de accidentes y fallecimientos, historias que marcaron mi sensibilidad. Salía entonces hacia la cancha de baloncesto, que se convirtió en mi refugio seguro. Allí hacía mis lecturas, que ya no eran solo cuentos, sino obras más complejas para mi juventud.
Al lado de la cancha estaba el anfiteatro, conocido por todos como la pieza del olvido, un lugar que infundía un miedo que calaba los huesos. La muerte, desde entonces, ha sido un tema recurrente en mis obras. El cuento ¨cuando me gusten las flores¨ es una muestra clara de cómo ese escenario influyó en mi niñez y adolescencia.
En el colegio San José, bajo la dirección de la docente Inés Jordán en el área de español, descubrí mi capacidad para escribir, contar historias y crear poemas. Mis narraciones siempre sobresalían, y doña Inés solía decir: “Esta niña va a ser una gran escritora”. Son palabras que aún llevo grabadas en mi mente y en mi corazón.
Más adelante, participé en Calarcá con Verso, una experiencia enriquecedora liderada por Carlos Alberto Villegas (Petete). Varios poetas nos reuníamos para visitar diferentes espacios públicos de la ciudad y leer poesía durante las tardes, atrayendo al público calarqueño y dando a conocer nuestros poemas, muchos de ellos inspirados en la ciudad, en las montañas y en nuestro río Santo Domingo.
Ese río fue un lugar especial de mi infancia, donde mi madre nos llevaba de paseo y disfrutábamos del agua y de los mejores charcos. Todos estos espacios confluyeron para alimentar mi imaginación y dar forma a la creación, especialmente en ese momento mágico de enfrentarse a una hoja en blanco.
Calarcá, entonces, no es solo el lugar donde nací; es donde comenzó mi historia como escritora. Allí di mis primeros pasos en la poesía y encontré el apoyo de poetas calarqueños como Jorge Julio Echeverry, Elías Mejía y Umberto Senegal, quienes, con su experiencia, aportaron bases fundamentales para mi obra poética.
La especialización en literatura me acercó de manera profunda a la narrativa, un ejercicio que hoy realizo con pasión. Puedo afirmar que muchas de las historias y novelas que he escrito nacen de todo lo vivido en Calarcá.
Muestra de ello es la novela Mi señora Maruja, que presenta capítulos reales ocurridos en los años cincuenta, hechos que mi madre me relató y que me permitieron ubicarme en esa época. En su recorrido aparecen escenas como la retreta en el parque de Bolívar y los paseos de las jóvenes con sus novios.
Cómo olvidar el café Neva y el café Granada, donde mi padre siempre estaba tomando su café y jugando billar. En mi juventud también visitaba Valentino, la taberna de Guillermo González, y Xanadú. Desde la ventana de mi tía abuela Lolita observaba, hasta altas horas de la noche, todo lo que ocurría y de allí surgían mis mejores relatos.
En mis escritos también plasmo los problemas sociales de Calarcá: los amigos que se fueron, algunos asesinados, otros vencidos por una enfermedad que arrasó con muchos de ellos. Todo esto se hace evidente en mi novela La Laguna, donde la tragedia y los accidentes están presentes. Toda novela contiene imaginación, pero nunca puede alejarse de la realidad; los escritores nos apropiamos de ella para plasmarla en un libro donde repose para siempre.
El Encuentro Luis Vidales es, sin duda, una de las mejores cosas que le ha ocurrido a Calarcá. El diálogo con escritores de otras ciudades del país y del ámbito internacional me mostró nuevas perspectivas de la literatura. Allí conocí a escritores como Carlos Orlando Pardo y Benhur Sánchez, con quienes hoy mantengo una gran amistad, y fue también el camino que me llevó a Pablo Pardo, mi editor más ferviente.
Calarcá literaria es hoy un ejemplo y una semilla para las nuevas generaciones.
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