Decir que el ser humano es social por naturaleza, es un asunto tan obvio, que hace 2.400 años el filósofo Aristóteles definió al hombre como un ser social por naturaleza, para afirmar que se nace con la característica social y la continuamos desarrollando durante el periplo vital, ya que precisamos de otros para sobrevivir, solo … Continuar leyendo
Decir que el ser humano es social por naturaleza, es un asunto tan obvio, que hace 2.400 años el filósofo Aristóteles definió al hombre como un ser social por naturaleza, para afirmar que se nace con la característica social y la continuamos desarrollando durante el periplo vital, ya que precisamos de otros para sobrevivir, solo se existe, cuando coexistimos con los demás. Sin embargo, esa obviedad, tan simple, elemental y básica, no fue tenida en cuenta por los ‘sabios’ de la gran capital apoltronados en la burocracia presidencial y ministerial, desde donde se toman las ‘geniales’ medidas para la contención del coronavirus, como la de confinamiento permanente a los mayores de 60 años, y programado para el resto de la sociedad, sin importar lo que suceda mental, emocional y sicológicamente a las personas. Es cómo si desconocieran algo tan evidente, que, el enclaustramiento intensivo impuesto durante las sucesivas cuarentenas, desencadena una oprobiosa rutina que se desplaza lenta, pero abrumadora en un mismo recinto, con entornos limitados, lo que al mismo tiempo bloquea la capacidad de identificar elementos motivacionales que impulsen el deseo vital de vida saludable; estos ‘genios’ desde Bogotá y algunos desde las administraciones públicas, aunque desarrollan parcialmente sus actividades en aislamiento, no sufren el rigor del confinamiento total, por lo que, no han dimensionado la magnitud del impacto negativo que conlleva este encierro; cómo la disminución de las interacciones sociales, que habitualmente hasta hace 5 meses se desarrollaban en su mayoría con normalidad, pero que ahora por la pandemia, se han menguado casi en su totalidad, propiciando episodios de ansiedad y estrés, ya lo hemos visto con el incremento de la violencia intrafamiliar, cuadros depresivos en personas que han llegado hasta el suicidio. El asunto no es de poco interés como lo han asumido los gobernantes, pues la Organización Mundial de la Salud acaba de alertar sobre una eventual crisis de salud mental, como consecuencia de la pandemia; según la OMS, el aislamiento social, el temor al contagio, las afectaciones económicas, las deudas, el desempleo, la pérdida de familiares y seres queridos, traerán inevitablemente una crisis de salud mental a nivel global. Es clara la urgencia de la reactivación económica en Colombia y por supuesto en el Quindío, por lo que son necesarias las medidas para contener la pandemia, pero también es claro que hacen falta estrategias más efectivas, menos rigurosas en relación con el confinamiento, pero más severas en la sanción pecuniaria, que obligue al ciudadano a tomarse más en serio la prevención con el adecuado uso de tapabocas, el lavado de manos y el distanciamiento social, pues está comprobado científicamente que con estos tres pasos, la pandemia no puede avanzar. Es previsible que, como vamos, se podría generar una gran demanda de atenciones médicas de siquiatras y sicólogos, quienes tendrán que ideárselas para evitar el fuerte impacto que trae consigo la monótona rutina del día a día durante la pandemia. Ya lo saben, la salud mental se puede tornar en crisis.
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