El programa de escolarización se realiza en alianza con secretaría de Educación de la alcaldía de Armenia y la institución educativa Inem.
El pasado 23 de noviembre, 15 mujeres del centro de reclusión Villa Cristina lograron graduarse como bachilleres académicos, título que recibieron entre lágrimas con sus familias y amigos que ese día las visitaron. Al contar su experiencia coincidieron en que: de no ser por su condición de internas difícilmente hubieran podido culminar sus estudios. Lejos de sus vidas estaba el sueño de culminar la secundaria o aspirar a la universidad. Las calles -dijeron- no les brindaban las oportunidades que encontraron en el centro de reclusión. Para ellas estar allí, de cierta manera, ha significado lo impensable: una ‘bendición’ porque les posibilitó formarse y “aprender a valorar a sus familias y la libertad”.
El día que LA CRÓNICA visitó el centro de reclusión, algunas estaban maquilladas y disfrazadas porque se presentarían, en el transcurso de la mañana del 25 de noviembre, en el patio de la sede para celebrar la fiesta de Halloween. La programación del día sería artística y cultural. En el ambiente del centro penitenciario se percibía la expectativa que antecede las celebraciones. Varias personas corrían con trajes, papeles y carteles para terminar de acondicionar el escenario. Seguramente, si se ignoran un par de dragoneantes del Inpec y elementos de seguridad, con facilidad podría confundirse el centro penitenciario con un colegio público que se preparaba para la izada de bandera de sus estudiantes.
En Villa Cristina hay 185 mujeres que en su mayoría tienen entre 20 y 35 años, la más adulta tiene 65. Casi todas son de estrato socioeconómico 1 y 2, muchas son madres cabeza de hogar, cuyos niños se encuentran en el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, ICBF. Sus vidas están marcadas por distintas condiciones de vulnerabilidad. Las internas trabajan en aseo, reparaciones locativas, panadería, manipulación de alimentos, expendio de víveres y artesanías. Otras estudian -primaria y bachillerato, cursos complementarios o pregrado-.
Los días al interior de la cárcel transcurren así: entre 4:30 y 5 a. m. se levantan. A las 6:30 a. m. deben bajar a desayunar. De las 8 a las 10:30 a. m. acuden a sus labores de trabajo o estudio para luego ir a almorzar. A las 11:30 a. m. se retiran a sus celdas, en donde reposan hasta la 1:15 p. m. momento en el que bajan al área común para que entre 1:30 y las 3:30 retomen las actividades que iniciaron en la mañana. Luego cenan y a las 4:15 vuelven a su celda en donde permanecen hasta el día siguiente. Tras estas rejas pueden pasar como máximo 12 años y en un 80 % las razones por las que terminan recluidas se deben al microtráfico, el delito que más las lleva al establecimiento.
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Muchas de las internas indicaron que su paso por el centro de reclusión ha sido una oportunidad para su crecimiento personal y profesional.
El centro penitenciario cuenta con varios programas para la resocialización. “El Inpec a nivel nacional habilita los programas de resocialización a través del área de Atención y Tratamiento. Existe una subdirección de Educación a nivel nacional, desde la que se trazan los lineamientos para que en todas las cárceles de Colombia se puedan llevar a cabo procesos de resocialización. En esa línea está la educación formal. Es competencia de cada director de la cárcel gestionar con los entes territoriales el proceso de formación primaria y secundaria. Con la directora, Tatiana Jiménez Arcila, y su equipo hemos buscado siempre manos amigas para que nuestras internas se mantengan ocupadas. Aquí contamos con muy buena receptividad para que el ente territorial nos facilite y entregue docentes para que nos apoyen en este sistema”, explicó Leonardo Yepes Agudelo, profesional del área de Atención y tratamiento penitenciario y líder del proceso de educación de las internas recluidas.
Las internas reciben descuento de pena por cursar talleres de artesanía o realizar sus estudios. “Cada mes se les asigna un total de horas y esa sumatoria se acumula para que al momento de que ellas soliciten un beneficio, el juez lo tenga en cuenta. La intención es que quien no haya estudiado en calle pueda hacerlo aquí. Siempre se les vende la idea de que es mejor prepararnos educativamente para enfrentar el nuevo proyecto en libertad. Aquí las invitamos siempre a que participen de los programas. Mi labor es motivarlas, sensibilizarlas y ser veedor”.
En este momento también hay 8 mujeres analfabetas quienes en la actualidad están iniciando procesos de escritura y lectura. El proyecto de formación en primaria y secundaria se lleva a cabo en alianza con la secretaría de Educación de Armenia y la institución educativa Inem.
De igual modo, cuentan con un convenio que gestionaron este 2022 para que la Universidad del Quindío les concediera cupos para los pregrados: Seguridad y Salud en el Trabajo y Administración de Negocios. Este año, iniciaron 4 internas en el primero y 5 en el segundo -los programas son a distancia, las internas ven clases virtuales y 2 presenciales-. En el 2017 ya había un antecedente en el que gracias a Cofincafé, lograron otorgarles 10 cupos a mujeres. De ellas se graduó una en abril en Seguridad y Salud en el Trabajo y otra está por culminar su proceso en el 2023. “Cuando estaban entre quinto y sexto semestre ellas quedaron en libertad y siguieron desde la calle estudiando”.
El Sena también tiene un plan anual para los cursos complementarios -primeros auxilios, manualidades, manejo de residuos, mercadeo y ventas, atención al cliente, entre otros- que allí se otorgan. “Entre febrero y noviembre de este año hemos realizado alrededor de 30 cursos. Buscamos que nuestras mujeres privadas de la libertad tengan siempre qué hacer”, dijo el coordinador. También, allí desarrollan proyectos con fundaciones como Voces Líderes.

En su gran mayoría, la población de este centro de reclusión tiene entre 20 y 35 años.
Historias
Algunas de las internas graduadas hablaron con esta casa periodística. Contaron sus historias y proyectos de estudios que se gestan durante su permanencia tras las rejas, pero que sueñan llevar a cabo en libertad, con sus familias. Sus experiencias con este programa se resumen en: “Para mí fue una experiencia inolvidable porque aquí pude lograr lo que en la calle no hice, me decidí y me propuse terminar mis estudios pensando en mí, en mi familia y en mis 2 hijos. Para mí es una experiencia inexplicable. Fue grandioso ver cómo mi familia me aplaudía y se alegraba al ver el triunfo que estaba logrando”, expresó una de ellas, quien prefirió no mencionar su nombre.
Mónica Andrea Lozano Molina tiene 27 años y nació en Calarcá, hace 2 está en el centro penitenciario. Había estudiado hasta quinto de primaria. Desde hace un año presentó varios exámenes, en distintas etapas, que le permitieron avanzar en los grados. “Si no hubiera estado acá no hubiera terminado mis estudios por pereza, porque prefería la fiesta y me desmotivaba mucho. Para mí fue algo muy especial, a pesar de que no vino mi mamá, sino que vino una amiga -un apoyo para mí- fue muy conmovedor, lloré, pensé que era algo que nunca iba a pasar. Yo le decía al coordinador que no me aguantaba a mis profesoras ni compañeras, pero él me motivaba y no me dejaba salir. Pensé que era una motivación para darle a mi hijo de 10 años, a quien no veo hace 2 porque sufre de ataques epilépticos y les tiene pavor a los perros”.
Lozano Molina piensa que podría estudiar enfermería o veterinaria porque le fascinan los animales.
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Jesica Quintero Arteaga nació en Cali, cumplió 33 años y lleva 5 en Villa Cristina. Tiene 3 hijos de 17, 14 y 12 años. Había cursado hasta séptimo grado porque fue mamá muy joven y pasaron 17 años para volver a tomar un cuaderno en sus manos. “Me gustan mucho las manualidades, ahora estoy en un proyecto escribiendo un libro con una fundación que viene a trabajar acá. Eso me tiene muy enfocada porque me gusta escribir sobre cosas que uno no ha sacado ni le cuenta a todo mundo. También estoy trabajando en los faroles para la alcaldía de Armenia”.
De su grado contó que fue muy emocionante. “Fue una experiencia muy linda porque le pude dar esa felicidad a mi tía, fue una cosa de locos. Al verla tan contenta cuando me dieron el diploma sentí mucho orgullo”.
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Yesika Alejandra Cardona Varón tiene 28 años y es de Montenegro. Estudió hasta el 2018 y llegó a noveno grado. “Como tengo un hijo de 11 años, él es la luz de mis ojos, cada vez que entraba a estudiar me salía trabajo. Él, mi madre y mis hermanos son los que más me motivan a salir adelante. A pesar de que he cometido muchos errores pienso que estar acá no es tan malo porque me ha enseñado a valorar a mi familia, darme cuenta de mis equivocaciones, conocer mi valor como mujer y saber que tengo una segunda oportunidad”.
El día del grado fue muy conmovedor. “Fue una meta que nunca pensé lograr, uno en la calle no cree que haya tantas oportunidades. Lloré mucho. Mi hijo fue quien me entregó el diploma y mi madre y hermana me acompañaron. Así me haya equivocado mi madre siempre está ahí y no me juzga ni me señala. Si hubiera estado en la calle, no habría terminado de estudiar porque mis prioridades eran otras. Acá aprendí a valorar muchas cosas. Uno piensa que llegar acá es lo peor que nos puede pasar, pero es un lugar que permite recapacitar, ver lo bueno y lo malo. Nunca es tarde para empezar de cero. Si no hubiese llegado a Villa Cristina hasta estaría en un panteón”.
Cardona Varón planea seguir adelante de la mano de Dios. Continuar con sus estudios es su propósito.
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Jimena García Cardona tiene 21 años y nació en Calarcá. Siempre quiso estudiar porque fue algo que su madre le inculcó siempre. “Había llegado hasta décimo, pero por malas decisiones vine a este lugar y aquí pude terminar el grado once. A mí me gusta mucho estudiar y es un éxito lo que logré. Esto me permite ser alguien en la vida y ganarme la plata bien. Mi mamá quedó muy contenta porque ella pensó que no iba a ser capaz, pero ahora está muy orgullosa de mí”.
Para el futuro, García Cardona expresó: “Quiero hacer la carrera de licenciatura en pedagogía infantil o medicina. Por razones económicas no sé si pueda ir a la universidad, pero también está el Sena”.
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