Al igual que las internas de Villa Cristina, ellos también recibieron su diploma el 23 de noviembre.
Desde el programa que se lleva a cabo en alianza con la secretaría de Educación de Armenia y la institución educativa Inem lograron graduarse como bachilleres, el pasado 23 de noviembre, 15 internos del establecimiento penitenciario San Bernardo. Para ellos, su paso por el centro penitenciario ha sido una oportunidad que no solo les permitió hacer un pare en sus vidas y reflexionar sino que también ha sido un trampolín para cumplir proyectos que antes ni siquiera habían considerado. Estudiar se convirtió entonces en una ocasión para aprender y, de paso, disminuir su tiempo de condena.
El establecimiento penitenciario San Bernardo tiene un cupo para 380 privados de la libertad, no obstante, en la actualidad son 500. Según un acuerdo con la Defensoría del Pueblo, pueden albergar a 460 personas. De los mencionados, son 428 condenados y 72 sindicados. El 60 % de los privados de la libertad tienen entre 18 y 26 años, de los 27 a los 40 años hay un 30 % y el 10 % restante son de 41 años en adelante. “Estamos en este momento con un sobrecupo, pero es una cifra manejable que no afecta el tema de la convivencia en el establecimiento”, contó Gonzálo Patiño Moreno, mayor en uso y director del establecimiento de mediana seguridad y carcelario.
De los distintos espacios que conforman el centro de reclusión, cuentan con un área conocida como El Colegio, conformada por 4 aulas. Los internos día a día inician actividades a las 6 a.m., hora en la que salen de sus celdas para ducharse y luego tomar el desayuno; entre 7:30 y 8 a. m. pasan a las aulas, hasta las 11 a.m. Estudian y luego se dirigen a los pabellones para tomar el almuerzo, retoman la jornada de clases a la 1:30 p. m. y estudian hasta las 3 p. m.
En la actualidad existen varios programas de formación. El bachillerato para personas privadas de la libertad se realiza con docentes de la institución educativa Inem. Este programa se divide en ciclos que normalmente duran 6 meses; dependiendo del rendimiento de los internos, existe la posibilidad de que sean promovidos al siguiente nivel en menos tiempo. “Manejamos hasta ciclo 6, que es el grado 11 en bachillerato, momento en el que obtienen su título. En este año se graduaron 15 personas, 14 acá y uno de ellos que ya estaba en libertad”, señaló el director.
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De lunes a viernes, en la mañana y en la tarde, los internos suelen abrir sus cuadernos para repasar las matemáticas, sociales, ciencias naturales, física e inglés. Cada año se gradúan, en promedio, 10 o 15 personas. La cohorte más grande ha sido de 25 graduandos.
También con el Servicio Nacional de Aprendizaje, Sena, ofrecen a lo largo del año cursos complementarios. Para lo corrido de este 2022 han realizado 16, en áreas como: sistemas, emprendimiento, liderazgo, manualidades, electricidad, panadería, elaboración de alimentos, asadero, entre otros. En este momento está en ejecución un curso técnico de operario en construcción.
De igual modo, mantienen un convenio con la Universidad del Quindío para que los internos puedan cursar estudios superiores en Seguridad y Salud en el Trabajo. “Este convenio lo tenemos desde hace varios años, pero llevábamos un periodo de más o menos 3 años sin estudiantes. Ahora logramos arrancar de nuevo con el proceso y tenemos a 2 muchachos estudiando. Ellos tienen acceso a una sala virtual en la que pueden usar el material para las clases. Nosotros intentamos seleccionar bien la gente porque como aquí las condenas son tan bajas, tratamos de que la gente pueda terminar sus estudios mientras está en reclusión para poder garantizar la beca”. En años anteriores otras cohortes se graduaron también en Administración de Negocios.
De igual modo, el director del centro penitenciario explicó que con la secretaría de Gobierno de Armenia y el Imdera realizan actividades deportivas y de entretenimiento, así como talleres en distintas áreas. “Con todo esto pueden descontar las horas de pena, esto es muy beneficioso para ellos y para el centro penitenciario. Así cumplimos con el objetivo de la resocialización, el fin primordial que se tiene con las personas privadas de la libertad”.
De los proyectos destacó el director no solo los del área educativa sino El Rancho, el asadero, la panadería y PIGA -plan institucional de gestión ambiental- y mantenimiento de las instalaciones.
“El proyecto de la panadería es bastante importante porque cuando recuperan su libertad, los muchachos salen con la idea de poder emplearse en una actividad de estas. Hay varios que han aprendido la labor y también han creado su propio negocio. En El Rancho, los muchachos que trabajan allí en la preparación de los alimentos para los internos, descuentan horas de su pena y también acceden a un salario mínimo, que les sirve para aportar a sus familias. En el asadero se preparan comidas que ellos mismos compran los fines de semana cuando reciben visitas. Por su trabajo en la panadería y en el asadero reciben una bonificación”.
Por último, Patiño Moreno hizo una invitación: “Muchos jóvenes del Quindío se inscriben en el Inpec para prestar su servicio militar, bien sea en este o en otros establecimientos. Estamos recibiendo a jóvenes bachilleres para que hagan parte del cuerpo de custodia y vigilancia del centro penitenciario”.

Para ellos, estos escenarios son una posibilidad para aprovechar su tiempo en el centro penitenciario, aprender y validar sus conocimientos.
Historias
LA CRÓNICA visitó el centro penitenciario y conversó con algunos de los graduados, ellos hablaron sobre su logro y las oportunidades educativas que este centro de reclusión abrió para su desarrollo personal.
Héctor Castañeda tiene 69 años y nació en Armenia. Es un hombre menudo y moreno. Usa lentes y sus ojos son de un azul oscuro. Estudió hasta los 12 años -tercero de primaria- porque desde entonces empezó a trabajar en panadería y comercio, labores en las que se ocupó durante una buena parte de su vida.
“Yo llegué a este lugar hace 5 años y empezamos a hacer la parte de resocialización, entonces me interesé por terminar los estudios. Yo me enamoré de lo que estaba haciendo, cosa que estando en la calle no habría hecho ni lo habría logrado. Estoy muy agradecido y contento al saber que logré los objetivos y metas. Uno mira y se da cuenta de que nunca es tarde para uno tomar una decisión de cambio. Los errores se cometen, pero lo importante es enmendarlos y aprender de ellos”.
En este momento, también Héctor Castañeda hace parte de un grupo espiritual en el centro penitenciario. Allí comparten la palabra de Dios y se asesoran para reflexionar sobre sus errores, conflictos y dificultades. “La persona que no maneja esa parte espiritual vive llena de conflictos, entonces esto ayuda mucho para que crezcan espiritualmente y estén en paz. Nosotros miramos la vida desde un punto diferente después de participar en todo esto. Le doy gracias al Señor que me dio la oportunidad de terminar. Me siento muy contento de estar acá, si uno no hubiera llegado a un lugar como este, no habría tomado una decisión de cambio en mi vida. Obtuve una medalla de honor en el grado por buen rendimiento académico, quedé perplejo, a pesar de la edad que tengo terminé el estudio, eso confirma que no hay límite de edad para seguir adelante”.
El día del grado lo acompañaron sus hermanas, quienes estaban felices por su logro. Contó Héctor Castañeda que fue para él una confirmación de que hay gente que se interesa por él y eso resultó muy valioso. En este momento ya sabe de panadería, tejidos y telares. Se proyecta continuar con estudios según los medios que le ofrece el centro penitenciario, la universidad y el Sena hacen parte de sus opciones.

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Wilson Estiven Segura Ortiz tiene 25 años, nació en Armenia y desde los 8 vivió por una larga temporada entre Estados Unidos y México. Es blanco, de ojos grandes y oscuros y sonríe con frecuencia mientras habla. Contó que se graduó a los 14 años como bachiller académico en Hidalgo, México. Después de esto, como de chico lo atraían los micrófonos, la radio y las noticias, eligió estudiar periodismo. Años más tarde, a sus 19 egresó como comunicador social y periodista en la universidad Lizcano Sánchez y regresó a Armenia. El 23 de noviembre fue quien obtuvo el primer lugar entre los 15 graduados por su rendimiento. Estuvo encargado de dar el discurso a los funcionarios, invitados y compañeros durante la ceremonia.
Segura Ortiz eligió el área de la educación como proceso de resocialización porque estudiar ha sido de las cosas que más le gustan. De su grado dijo: “Creo que ha sido parte de algo especial. Llegué aquí llorando y destruído porque nunca había experimentado lo que es vivir una situación así. Para nadie es fácil llegar a un centro de reclusión, uno nunca piensa estar aquí, pero el pasar por todas estas etapas ha sido un punto a favor. Empecé en grado sexto de bachillerato y fui pasando a los otros niveles. Desde entonces he ocupado siempre el primer puesto, cosa que ha sido maravillosa y gratificante”.
El día de la ceremonia lo acompañó su madre y como ella no pudo presenciar ninguno de sus grados anteriores -porque estaban en el exterior- fue un momento sumamente emotivo. “Desde que llegó no paraba de llorar, fue muy bonito para ella. También fue muy grato porque yo fui un apoyo para los compañeros que no entendían muy bien algunos conceptos de física, matemáticas. Esto lo incentiva a uno a seguir siendo mejor persona para poder aportar todo ese tipo de cosas buenas. Siento que fue un logro personal porque me permitió demostrar que a pesar de las adversidades y los problemas podemos salir adelante”.
Para el futuro, proyecta iniciar un emprendimiento. Se ha interesado por temas como el derecho procesal, así que no descarta la posibilidad de cursar estudios profesionales en derecho.
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