Nació a inicios de los años 90, y hoy entre pequeños locales y puestos que recogen toda clase de elementos de segunda, subsiste este lugar que también recolecta historias.
Cada ciudad tiene su ‘mercado de las pulgas’. El de Armenia está ubicado en el sur, exactamente en la calle 29 entre carreras 18 y 19.
Coinciden los más antiguos puesteros al informar que el proyecto nació como una solución al problema de ocupación de espacio público que se presentaba sobre la calle 14 cerca de la iglesia San Francisco de Asís, donde se encontraban ventas de repuestos, artículos de construcción, frutas y verduras, y toda serie de cachivaches.
El lote albergó en su momento un antiguo centro profiláctico, el cual se encargaba de prestar servicios de ginecología a las trabajadoras sexuales que rondaban por la carrera 18 en los antiguos cafés instalados por esta zona. Allí recibían un carnet que las habilitaba para ejercer el oficio.
Este lugar fue destinado a principios de los años 90 para los puesteros o comerciantes ambulantes a quienes les marcaban con una tiza dónde podían ubicar su ramal o negocio.
Son pocos de esos antiguos los que permanecen en este lugar, muchos fallecieron y otros decidieron ceder su derecho a nuevos negociantes. Subiste este lugar la que catalogan como un buen espacio para trabajar y donde una persona puede desvararse.
Aquí se pueden obtener algunos artículos que fueron recuperados, pero que aquellos que los botaron desconocieron que se les podría dar una segunda vida o ser la solución a otra persona que los estaban necesitando.
En el lugar también se encuentran los radiotécnicos que se niegan a desaparecer. En un mundo donde la electrónica ha dado pasos agigantados todavía sobreviven personas que se dedican a reparar artículos eléctricos como radios, planchas, y toda suerte de electromenores.
Los puestos del ‘mercado de las pulgas’ están edificados con material liviano. Propietarios pagan la celaduría nocturna con el objetivo de evitar que se puedan perder algunos elementos.
Entre los mismos vendedores consideran que más que su sitio de trabajo es un patrimonio para los armenios que incluso se logró sobreponer al terremoto de 1999.
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La voz de los comerciantes
Zoila González hace poco llegó de Arboletes, Antioquia. Paga arriendo en uno de estos locales y prepara comida de mar: “Aquí vendemos a muy bajo precio. En este lugar toca vender barato pues no hay mucha economía para ofrecer estas comidas y platos”.
Agregó que el sector se caracteriza por la unión y fraternidad entre los ocupantes: “Siento el calor humano, me conocen como la ‘Negra Candela’, aquí tengo muchas amistades pues siempre digo que todos somos hermanos”.
Marco Germán Álvarez Hoyos, ventero, resaltó: “Cuando nos echaron de la carrera 20 para este lugar nos tocó desbaratar y llegar. Gracias a Dios valió la pena llegar a este sitio. Aquí levantamos el sustento y se puede encontrar desde un martillo, serrucho, machete, licuadoras, reparación de motos, radiotécnicos, entre otros”.
Nancy García Giraldo lleva 23 años en el lugar y cuenta con un restaurante. “Aquí se consiguen almuerzos desde $4.000. Aquí no se deja morir a nadie de hambre. Recién que llegamos a este lugar en frente había locales de frutas y verduras, la gente ponía sus carretas afuera, pero fueron dejando los negocios, luego se convirtieron más en locales. Toda la población que hay por aquí ya es nueva”.
Franklin Rodríguez Forero, pensionado y que trabajó un tiempo como fotógrafo, encontró en este local una alternativa para devengar el sustento y pasar los días.
“Esta calle era un atracadero antes de existir ‘las pulgas’. Aquí cerca se encontraba la panadería que se llamaba Armenia, era muy famosa. Cerca también quedaba el café Caribe y aquí funcionaba el profiláctico, un centro para la atención de las mujeres trabajadoras sexuales. Las llamaban despectivamente mujeres ‘de a peso’ cuyos servicios prestados costaban $1”, relató Rodríguez Forero.
Sobrevivieron al terremoto
Alcibiades Forero, radiotécnico, señaló: “Fue muy difícil cuando nos trasladaron. Estábamos muy nuevos y no teníamos clientela, por eso algunos vendían los puestos por cualquier cosa y se iban, otros ensayaron hasta que fueron construyendo clientela. Hoy subsisten”.
Cuenta que el terremoto de Armenia le obligó armar su ramada en 2 ocasiones. “Primero cuando el terremoto, se vino parte de un edificio que quedaba enseguida y me tumbó el local. Cuando estaban demoliendo la misma edificación también salió afectado mi negocio. Llevo ya 25 años trabajando en este lugar y aquí es donde me levanto el sustento arreglando radios, televisores, planchas, licuadoras, entre otros”.
Bernardo Giraldo Alvarán, uno de los puesteros más longevos de este lugar, manifestó: “Los puestos en ese momento que fueron entregados a los que recogieron en los alrededores de la antigua galería medían un metro con 50 centímetros, lo trazaba con tiza. Aquí no pagamos agua, lo único que pagamos es la energía y el servicio de celaduría. De los viejos no quedamos sino 2 o 3, los demás han muerto o se han ido”.
Indicó Bernardo que en su momento un local de estos no tenía precio. Hoy se han conocido casos de algunos que los han vendido por varios millones de pesos. Confesó que estrenar en ese momento no era fácil, dijo que usaba pantalones que su hermano le heredaba y ahí fue como se acercó a las ventas de artículos de segunda.
“Yo tengo 90 años 2 meses, conozco toda la historia de este ‘pueblo’, desde que existía la galería vieja sobre la calle 21 entre carreras 16 y 17. Esta se quemó en el año de 1937 y posteriormente fue trasladada donde funciona hoy el Centro Administrativo Municipal, CAM, los venteros de las pulgas en ese momento nos encontramos alrededor de la antigua galería”.
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