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Cada vez cuesta más almorzar en el centro de Armenia, lo que durante años fue la opción económica para los trabajadores hoy sube de precio por el aumento en los alimentos, la nómina y los costos operativos.

En el centro de Armenia, el ‘corrientazo’ ha sido durante décadas un plato del día a día. Es una solución práctica para quienes no regresan a sus hogares al mediodía y también un punto de encuentro donde comerciantes, empleados, vendedores informales y funcionarios públicos llenan los restaurantes en busca de un almuerzo completo a un precio razonable, convirtiéndose en una pieza clave de la dinámica económica del sector. Sin embargo, ese equilibrio cotidiano comienza a fracturarse debido al alza de los precios, los menús se ajustan y la incertidumbre crece en las cocinas por el escenario inflacionario actual.

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Las cifras oficiales confirman que el fenómeno no es una simple percepción, dado que en enero de 2026, Armenia registró una inflación mensual de 1.48 %, una cifra superior al promedio nacional que fue de 1.18 %. El sector de restaurantes presentó una variación de 2.94 % en el mes, posicionándose como uno de los rubros con mayor incremento, mientras que el componente de alimentos pasó de terreno negativo a crecer 1.66 %, lo que impacta directamente en la estructura del “corrientazo”.

Juan Carlos Vásquez Sora, coordinador del Observatorio Económico de la ciudad, explica que este tipo de almuerzo enfrenta un “doble choque”; por un lado, el alza de los insumos básicos; por el otro, el aumento en los costos laborales y operativos, lo que hace más costoso producir y servir cada almuerzo. Cuando ambos factores coinciden el margen de rentabilidad se reduce y el traslado al consumidor termina siendo inevitable.
 

Cocinas que hacen cuentas entre el margen mínimo y riesgo de cierre

En la Calle 20 con 16, Luz Ángela Arias Serna abre su restaurante antes de las 10 de la mañana, allí prepara entre 70 y 90 almuerzos  diarios. Durante años logró mantener el precio en 9.500 pesos, un valor que consideraba competitivo y justo para su clientela habitual; hoy el almuerzo cuesta 11.500, un incremento que no responde a una decisión estratégica, sino a una necesidad básica de supervivencia financiera. 

La decisión no fue voluntaria: “Estaba trabajando a pérdida”, relató al explicar  que el aumento del salario mínimo impactó directamente la nómina, mientras que los servicios públicos, el arriendo y la compra diaria de insumos se lleva una proporción cada vez mayor de los ingresos.

El plátano registró un aumento anual de 35.1 %, el fríjol bolón 26.7 % y la carne de res 13.9 %, siendo esta última uno de los productos con mayor afectación en la estructura de este plato por su peso dentro del menú y por su aporte de 28 puntos básicos a la inflación mensual de enero. Aunque algunos alimentos como el tomate, el arroz y el huevo mostraron reducciones, su impacto no alcanza a compensar el incremento de los ingredientes de mayor valor nutricional y económico. 

En términos técnicos, el Observatorio Económico señala que la mano de obra representa entre el 30 % y el 35 % de los costos totales en un restaurante, un porcentaje considerablemente superior al de sectores como la industria manufacturera. En el análisis local, la participación laboral pasó de 32 % a 36.7 %, lo que significa que el peso de la nómina dentro de los negocios aumentó de manera importante en un periodo corto. 

A este escenario se suma ahora un elemento adicional de incertidumbre, el Consejo de Estado suspendió de manera provisional el decreto mediante el cual la presidencia había fijado un incremento del 23.5 % en el salario mínimo para 2026 y ordenó al Gobierno nacional expedir, en un plazo de ocho días, un nuevo decreto que establezca un porcentaje transitorio de aumento conforme a los criterios económicos y constitucionales previstos en la ley, mientras se resuelve de fondo el proceso. 

Aunque la decisión tiene un alcance nacional, introduce un margen de indefinición para el sector de restaurantes, que ya había ajustado o proyectado su estructura de costos con base en el aumento anunciado, especialmente en un contexto donde la nómina representa uno de los componentes más sensibles en el precio final del corrientazo. 

Luz Ángela ha optado por modificar el menú según los productos que estén a un mejor precio, sustituir ingredientes cuando es necesario y ajustar las porciones con cuidado para no afectar la percepción de calidad. No obstante, reconoce que el cliente percibe cualquier variación y la reacción no siempre es favorable. “Uno trata de no desmejorar, pero toca buscar el equilibrio”, reconoce que algunos de los clientes han reducido la frecuencia y otros comparan precios entre restaurantes más asequibles para el bolsillo; para ella el “corrientazo” no debe superar los 17.000 pesos si se pretende conservar su carácter popular.

En otros establecimientos del centro, el almuerzo ejecutivo ya supera los 24.000 pesos en comparación con años anteriores donde el valor era de 18.000 a 20.000, lo que refleja un segmento distinto pero igualmente afectado por el aumento en los costos.

El coordinador del Observatorio Económico explica que, a diferencia de otros sectores donde los precios pueden ajustarse de manera gradual, en restaurantes los incrementos suelen hacerse en bloques de 500 o 1.000 pesos para recomponer utilidad, lo que genera una percepción inmediata de encarecimiento en el consumidor.

 El alza del “corrientazo”, se convierte en un termómetro social, dado que cualquier variación impacta directamente en la economía diaria de quienes dependen de él como parte de la rutina laboral.

El bolsillo del trabajador

Para quienes dependen del corrientazo como parte de su jornada laboral, el aumento es evidente. Gustavo Zuluaga, abogado en la ciudad, quien almuerza en el centro cinco veces por semana ha notado el incremento entre 1.000 a 3.000 pesos en distintos establecimientos durante los últimos meses. En algunos casos, la carne de res dejó de estar incluida en el precio base; en otros, el menú ofrece menos opciones de proteína para mantener el precio flexible y dentro de un rango competitivo.

Zuluaga considera que el “corrientazo” no va a desaparecer, pero sí tendrá cambios en su estructura habitual. “Ya no es tan económico como antes”, afirma; pero para quienes tienen ingresos formales el impacto es manejable.

El reto es mayor para quienes cuentan con una cantidad menor de salario, entre ellos trabajadores informales o personas con ingresos diarios variables, es decir, quienes viven del día a día lo que representa un ajuste significativo en el presupuesto mensual. 

El Observatorio Económico advierte que este fenómeno puede modificar patrones de consumo urbano, puesto que aumenta la preparación de alimentos en casa, disminuye la frecuencia semanal de compra y se incrementa la búsqueda de alternativas más económicas en zonas periféricas donde el almuerzo tiene un valor entre 8.000 y 10.000 pesos.  Aunque, este tipo de desplazamientos implican tiempo adicional y, en ocasiones, diferencias en calidad o cantidad; en escenarios de mayor vulnerabilidad, el impacto puede trasladarse incluso a la composición nutricional del plato, con menor presencia de proteína y mayor dependencia de carbohidratos para la reducción de costos.

 

¿Transformación o desaparición?

Enero dejó un panorama claro: once de las doce categorías del índice registraron inflación positiva en la ciudad, y el sector de restaurantes se mantuvo con mayor presión. Si la tendencia continúa, el corrientazo seguirá ajustándose; aunque no hay evidencia de una desaparición inmediata, si hay una transformación gradual que redefine el concepto del plato y precios que se acercan a un límite sensible para la clase trabajadora. 

En Armenia, el almuerzo popular continúa sirviéndose cada mediodía; pero detrás del arroz, la sopa y la proteína hay una ecuación más exigente; propietarios que ajustan para no quebrar, trabajadores que calculan para no desbordar el presupuesto, y la ciudadanía que observa cómo uno de los símbolos gastronómicos atraviesa su momento más tenso en años.


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