Entre las calles del centro de Armenia aún quedan huellas de oficios que marcaron la cotidianidad de generaciones pasadas. Son trabajos que hoy sobreviven en silencio, amenazados por el paso del tiempo y los cambios en los hábitos de consumo.
Entre las calles del centro de Armenia aún quedan huellas de oficios que marcaron la cotidianidad de generaciones pasadas. Son trabajos que hoy sobreviven en silencio, amenazados por el paso del tiempo y los cambios en los hábitos de consumo. El fotógrafo de plazas, el lustrabotas, el tinterillo, el lechero y el vendedor de enciclopedias alguna vez fueron figuras esenciales del paisaje urbano. Hoy, algunos resisten con dignidad; otros, han desaparecido por completo.
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Julio César, el fotógrafo de plazas
Julio César Quintero ha pasado más de dos décadas retratando a los transeúntes de la ciudad. Con su cámara y su silla de trabajo, es uno de los pocos fotógrafos de plaza que aún quedan en Armenia.
“Aún se puede vivir de esto, sí, pero hay que actualizarse”, afirma. Por eso, ofrece a sus clientes la posibilidad de elegir fondos digitales para sus retratos. “La gente puede escoger el fondo que quiera: un paisaje nevado, un fondo artístico, lo que se les ocurra. Esa es la novedad”, explica.
Cada fotografía impresa cuesta 10 mil pesos, y para muchos representa un recuerdo único y nostálgico en plena era digital.
Freddy Rincón, 40 años de oficio y una incertidumbre que pesa
Freddy Rincón lleva 40 años como lustrabotas. En sus palabras, “de doce que éramos en Armenia, quedamos cuatro”. La causa es clara: “Ya nadie usa zapato de material, ahora todo el mundo anda en tennis… y eso no se lustra”, dice mientras mira su caja de herramientas, fiel compañera de décadas.
Hoy, Freddy enfrenta un futuro incierto. “No sé qué camino coger. Esto es lo que sé hacer. Esto me da de comer”, confiesa con preocupación.
Tinterillos, los escribientes que se resisten a desaparecer
En Armenia aún quedan entre cuatro y seis tinterillos, esos escribientes populares que ayudan con trámites legales, tutelas, derechos de petición o cartas personales. Aunque el trabajo ha disminuido drásticamente con la era digital y el acceso a internet, todavía prestan un servicio fundamental para quienes no saben escribir o no manejan tecnología.
Desde pequeñas mesas ubicadas en la plaza o cerca de juzgados, continúan tecleando soluciones con sus máquinas de escribir.
Lecheros, una imagen que se desvanece
Los lecheros, que antes recorrían la ciudad en bicicleta o a pie dejando botellas de vidrio en las puertas, hoy son casi invisibles. Aunque todavía pueden encontrarse algunos en sectores rurales o zonas muy específicas, su presencia ha desaparecido del paisaje urbano. La pasteurización industrial y los supermercados desplazaron un oficio lleno de confianza y rutina diaria.
El vendedor de enciclopedias, un oficio ya extinto
El vendedor de enciclopedias es, quizás, el símbolo más claro de un oficio perdido por completo. Recorrieron las ciudades puerta a puerta convenciendo a las familias de invertir en el conocimiento impreso. Pero con la llegada de internet, de Google y de lo inmediato, ese oficio se desvaneció sin dejar rastro. Hoy, simplemente, ya no existen.
Estos oficios no son solo una postal nostálgica. Son parte de la historia económica y cultural de nuestros pueblos. Representan también una advertencia sobre cómo el progreso, sin memoria, puede arrasar con la dignidad de quienes construyeron ciudad desde la informalidad, la creatividad y el trabajo diario.
En medio del ruido digital y el ritmo acelerado, el clic de una cámara antigua, el brillo de un zapato bien lustrado o el sonido de una máquina de escribir siguen siendo una forma de resistencia.
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