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La cancha de la cárcel San Bernardo, en Armenia, pocas veces ha sido escenario de fiesta, en este lugar donde normalmente se realizan eventos deportivos de la población privada de la libertad, el ambiente fue diferente el pasado 3 de septiembre.
“Fue una experiencia que nunca pensé que iba a vivir”, recuerda Yuliana, aún emocionada, en entrevista exclusiva para La Crónica. “Mi papá me entregó, la mamá de él lo entregó a él. Pude vestirme de novia, con velo y maquillaje, y compartir con quienes sí nos apoyan; aunque hubo personas que querían detener las cosas, logramos demostrar que el amor es más fuerte que cualquier obstáculo”.

Una ceremonia enmarcada por flores de papel, un arco de glosados y una torta nupcial de cuatro pisos, rompieron con la rutina de vigilancia, rejas y horarios estrictos. Los protagonistas de esta historia, Yuliana Tejada, mujer trans privada de la libertad, caminó hacia el altar improvisado, vestido de blanco como lo soñaba, mientras su padre la entregaba; a pocos metros, la esperaba su pareja, Cristian Zapata, acompañado por su madre.

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Ambos pronunciaron un “sí, acepto” que no solo formalizó su relación, sino que también marcó un precedente histórico en el país, dado que fue el primer matrimonio igualitario celebrado dentro de un centro penitenciario y se hizo en la ciudad de Armenia. Un hecho que ha generado debates sobre inclusión, derechos y el enfoque diferencial en las cárceles.
Una boda tras las rejas

El escenario de las rejas cerrándose fue el ambiente de fondo en ese día; sin embargo, horas después se transformó en un escenario inusual. Una cancha dentro del penal tenía todos los elementos de una boda convencional; vestido, peinado, invitados, música y torta; los internos curiosos miraban con recelo, algunos sonreían mientras otros murmuraban, sorprendidos por lo que sus ojos veían. Ese martes no fue un día cualquiera.

En medio de la tensión que caracteriza la vida carcelaria, la rutina de conteos y rondas se vio interrumpida para permitir que una pareja sellara su amor, y cumpliera sus sueños, que para muchos parecía inimaginable.

Funcionarios del Inpec supervisaron lo logística del evento desde el ingreso del notario, los familiares autorizados, la decoración con cintas, globos blancos, un extenso tapete de gala y flores; pese al contexto en el que se encontraban perduró la emoción de los grandes momentos.

“Fue una experiencia que nunca pensé que iba a vivir”, recuerda Yuliana, aún emocionada, en entrevista exclusiva para La Crónica. “Mi papá me entregó, la mamá de él lo entregó a él. Pude vestirme de novia, con velo y maquillaje, y compartir con quienes sí nos apoyan; aunque hubo personas que querían detener las cosas, logramos demostrar que el amor es más fuerte que cualquier obstáculo”.

Con un vestido blanco hasta sus tobillos que logró conseguir tras semanas de gestiones, un velo, tacones y un maquillaje elaborado por un profesional. Al momento de entrar caminaba lento pero firme, las miradas se centraron en ella, quizá olvidando los imponentes muros del centro carcelario.

La ceremonia no solo significó un acto íntimo entre la pareja, se convirtió en un símbolo público de resistencia, en un espacio donde la discriminación suele ser la norma y no la excepción.

Cristian, nervioso pero sonriente, la esperaba acompañado por su madre. Vestía un traje sencillo, que contrastaba con la solemnidad de la ceremonia, de pie, con la cabeza erguida, aguardaba a que llegara el instante en que sus manos se encontraran.

Cuando ambos estuvieron frente al notario, el silencio se hizo evidente, se escuchaba la voz que, entre los papeles legales y el acto, recordaba que el matrimonio es un derecho. Yuliana y Cristian se miraban fijamente, con los ojos brillantes. Al decir “sí, acepto”, sus palabras se mezclaron con los aplausos de los invitados y hasta con gritos espontáneos de otros internos que, desde los pabellones, celebraron la escena.

Tras el acto civil, la pareja partió una torta sencilla, pero cargada de significado. Hubo fotos, brindis con gaseosa y promesas de que ese día quedará grabado en la memoria de todos.

“Fue como cualquier boda afuera, recuerda Yuliana, solo que aquí los testigos también fueron los muros, los guardias y las rejas. Pero nada de eso opacó la felicidad de unirnos”.
La celebración duró poco, ya que las normas del penal imponen horarios estrictos, pero eso bastó para dejar claro que, incluso tras los barrotes, el amor puede florecer en los muros más duros.

Una pareja entre la esperanza y la adversidad

Yuliana y Cristian se conocieron dentro del penal, donde en el día a día se viven tensiones constantes; sin embargo, encontró su lugar en medio de esa realidad. Ella, mujer trans reconocida por su liderazgo en procesos de apoyo y orientación a otros internos, y él, un joven con proyectos claros de vida cuando salga a la libertad.

Ambos coinciden en que el matrimonio es un paso hacia el fortalecimiento de sus planes. “Queremos montar una barbería y un salón de uñas. Ya pensamos en capacitarnos y en tener un espacio donde trabajar juntos”, afirma Yuliana. Además uno de sus sueños es estudiar gastronomía, y enseñar a otras chicas trans a que se preparen y no se dejen vencer por la exclusión de la sociedad.

No obstante, el camino no ha sido fácil. En entrevista comentó las dificultades que enfrentaron desde el rechazo de algunos familiares, las burlas de otros internos y las limitaciones de un sistema que pocas veces reconoce la diversidad sexual. “En el penal ser trans significa vivir con miedo y, muchas veces, con violencia. Casarnos es también exigir respeto, que nos vean como personas con derechos”, subrayó.

¿Cómo se logró el matrimonio?

La boda fue posible gracias a un proceso que combinó persistencia, apoyo institucional y acompañamiento de la Notaría Cuarta. De acuerdo con lo relatado por la pareja, la solicitud fue presentada por escrito ante la dirección del penal, quien remitió la gestión a la notaría correspondiente; allí se revisaron los documentos de identidad, se expidieron los permisos de ingreso para familiares e invitados y se estableció la fecha de la ceremonia.
Los costos corrieron por cuenta de la familia, un detalle que refleja las dificultades económicas que implica para los internos materializar sus derechos.

El director del penal, Jorge Iván Osorio, explicó en exclusiva para La Crónica, que el matrimonio se autorizó en el marco del principio de enfoque diferencial establecido en la Ley 1709 de 2014, que reconoce las particularidades de las poblaciones vulnerables dentro del sistema penitenciario. Para él, el caso evidencia que las cárceles también pueden ser espacios donde se respeten las garantías fundamentales, incluso si no existe un protocolo específico para ceremonias de este tipo.

Lo que viene después del “sí”

Más allá de la ceremonia, la pareja espera que su unión les permita acceder a más beneficios como las visitas conyugales, y, gracias a su unión se dio la posibilidad de compartir celda. A largo plazo, esperan tener el reconocimiento de su relación cuando uno de los dos recupere la libertad.

“Queremos que nuestro matrimonio no quede en una foto. Que sirva para que otras parejas no tengan miedo de luchar por sus derechos, incluso aquí adentro”, afirma Yuliana. El reto, está en que el sistema penitenciario garantice que el acto no quede en el papel.

El matrimonio de Yuliana y Cristian no solo fue un hecho social, también abrió la conversación sobre las condiciones de la población LGBTIQ+ privada de la libertad.


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