Su vida está marcada por revelaciones, viajes, estudios, enseñanzas y un universo simbólico donde puertas, ventanas y cuerpos dialogan con lo sagrado.
Desde los tres años, Mario Quiceno López ya estaba destinado a convertirse en artista, aunque él no lo sabía y su familia tampoco. A esa edad, antes de aprender a leer y escribir, sabía recrear verdaderas obras de arte por pura imitación de líneas y trazos, a esa corta edad, ganó un concurso nacional de dibujo al crear el logotipo de la emisora Radio Sutatenza, ese acto de intuición infantil cambió para siempre la dinámica en su casa. Recuerda como si hubiese pasado ayer, su padre vio sus dibujos y dijo: “Tenemos un artista en la familia”.
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Desde entonces, profesores, directores de escuela y vecinos lo buscaban para dibujar retratos, afiches y encargos académicos. Su infancia fue una mezcla entre disciplina escolar y creatividad desbordada. A los siete años recorrió Bogotá solo, guiado por una fijación casi mágica con Monserrate. Aquel recorrido terminó con visitas al Museo del Oro, la Quinta de Bolívar, la plaza de toros y hasta aventuras con niños de la calle en el Parque Nacional hasta divertirse en el parque de atracciones mecánicas.
Su adolescencia estuvo marcada por migraciones, vivió en Bogotá, Venezuela, Cali y Medellín, donde tuvo estudios en Bellas Artes, historia universal, primeros amores, reflexiones filosóficas sobre puertas, ventanas, puentes y escaleras y una serie de sueños profundos, casi visionarios, donde veía esculturas imposibles y ciudades suspendidas en hilos de colores. Allí nació su propuesta artística: un universo simbólico en el que la arquitectura del cuerpo humano dialoga con la arquitectura del mundo.
También fue caricaturista de esta casa periodística y su firma fue Maquil, y su personaje era un campesino que realizaba crítica a los acontecimientos de la época. Quiceno López domina todas las técnicas de pintura, es un artista integral en todo el sentido de la palabra, capaz de dominar y trabajar cualquier superficie que ‘le permita rayar’.
Se graduó de la Escuela de Bellas Artes de Medellín y luego, en su regreso a Venezuela se convirtió en profesor de historia del arte, lenguaje plástico y dibujo analítico; trabajó con instituciones educativas, de turismo y cultura, creó murales y participó en proyectos con el ejército y la gobernación en San Cristóbal, capital del Táchira. Al regresar a Colombia encontró en el Quindío un terreno fértil para el arte sacro y hoy es el creador de algunas de las obras más grandes sobre lienzo del departamento, presentes en templos como La Acacias, San José de Calarcá, barrio Yulima y ahora en el barrio Granada de Armenia, donde trabaja escenas monumentales sobre la Sagrada Familia, para continuar su recorrido en otras capillas y templos de Armenia y el Quindío. Alguna vez también se dedicó a la docencia en el colegio Bethlemitas de Armenia, como docente de arte e historia tanto para estudiantes como para la comunidad de hermanas religiosas.
Su vida es, como la describe él mismo, “una película completa”. Es la esencia de un hombre que no concibe la existencia sin crear y lo caracteriza la sensibilidad y el mundo interior que siempre ofrece la ternura del alma y la espiritualidad.
Usted habla de tres sueños que tuvo a los 15 años y definieron su concepto artístico. ¿Qué vio?
Visiones. El Moisés de Miguel Ángel iluminado en colores; una ciudad flotante hecha de hilos de nailon pintados; figuras formadas por tubos y luces. Desperté diciendo: “Esto se puede hacer en la realidad”. Ahí entendí que mi propuesta tenía que ver con puertas, ventanas, estructuras: con el cuerpo como arquitectura del espíritu
¿Cómo llegó al arte sacro que hoy lo distingue en el Quindío?
Por una Última Cena que pinté. Un sacerdote la vio y me pidió intervenir una cúpula. De ahí pasé de iglesia en iglesia: Acacias, San José de Calarcá, Yulima. Ahora estoy en Granada, trabajando las obras más grandes que se han hecho en el Quindío sobre tela, todas sobre la Sagrada Familia: nacimiento, huida, pérdida y hallazgo, y la familia en la cotidianidad
¿Qué movimiento artístico de la historia del arte llama su atención como artista plástico?
Me marca el constructivismo. El Quijote y El Dorado, esta última inspirada en los rituales muiscas, ambas obras mías, guardadas en una caja de seguridad en Boyacá, lo retratan muy bien. Sueño con pintar una historia que nadie toca: el tiempo en que la Tierra fue “un prostíbulo del universo”, cuando según los textos bíblicos los “hijos de Dios” tomaron mujeres humanas y nacieron seres extraordinarios: gigantes, minotauros, sirenas, criaturas híbridas. Quiero retratar ese origen mítico de lo impuro y lo maravilloso
¿Qué diferencia una obra de Mario Quiceno?
Mi propuesta artística son cuerpos y espacios conformados por puertas, ventanas, orificios, escaleras y estructuras. Cada elemento significa algo espiritual o humano. Es una metáfora visual de la vida interior de las personas
¿Qué piensa del arte creado con inteligencia artificial?
Es un medio, como un lápiz. Pero no reemplaza lo manual porque la inteligencia artificial sigue patrones; el artista crea. La creatividad no se programa, nace desde dentro y se siente, incluso hasta las lágrimas, cuando uno ve algo que brota de su propia naturaleza
¿Imaginó su vida desarrollándose y haciendo otra cosa?
Siempre quise crear. Desde niño pensaba en inventar aviones o pequeños zepelines personales para volar entre edificios. No porque me creyera Leonardo Da Vinci, sino porque así era mi naturaleza, el mejorar, imaginar, construir. El arte solo fue el camino para expresar todo eso que ya venía conmigo.
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