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Quiroga fundó el barrio Adeco, entregando 78 lotes a familias circasianas, demostrando que el servicio, la palabra, la fe y la perseverancia pueden transformar comunidades.

Con 85 años de edad, Gonzalo Quiroga Trujillo es un hombre cuya existencia ha estado marcada por la pasión por la educación, el servicio a la comunidad y el amor por su tierra natal, Circasia. Su nombre quedará inscrito en la historia como el autor del himno de su municipio, legado que se suma a una trayectoria dedicada a la formación de generaciones y a la construcción social.

Es el décimo primero entre quince hermanos, desde niño tuvo claro que su vocación era ser maestro. La admiración por sus docentes, a quienes recuerda como hombres sabios y polímatas, lo inspiró a seguir ese camino. Su formación la inició en la comunidad de los Hermanos Maristas en Popayán, donde fue conocido como el hermano Enrique Jaime.

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Su carrera docente empezó a temprana edad: a los 17 años trabajó en el colegio Camilo Torres de Tocaima, Cundinamarca; más tarde se vinculó al colegio San José de Armenia y posteriormente ejerció en reconocidos colegios de Cali como el Berchmans, de la Compañía de Jesús, y el Pío XII, de la comunidad franciscana. En Armenia fue prefecto del colegio Nacional Jesús María Ocampo, cofundador del Colegio Libre de Circasia en jornada nocturna, fundador y rector del colegio General Gustavo Matamoros D’Costa y rector de la Institución Educativa Ciudad Dorada, cargo que desempeñó durante nueve años.

Más allá de las aulas, Quiroga dejó huella en el desarrollo comunitario. Fue propietario del recordado negocio ‘Granero y cacharrería Quiroga’ alguna vez ubicado en carrera 15 7-28 calle real, Circasia, recordado también por ser un sitio de encuentro de personalidades y políticos de orden nacional y departamental, allí mismo, también su lugar de residencia lideró proyectos sociales. Uno de los más significativos fue la creación del barrio Adeco —Asociación para el Desarrollo Comunitario de Circasia—, mediante el cual entregó 78 lotes con acueducto y alcantarillado para que las familias construyeran sus viviendas y accedieran a un hogar digno.

Hoy en día a sus casi 85 años don Gonzalo dedica su tiempo entre las labores de casa, de iglesia y de campo, todo dentro de su amada Circasia.

Usted es el autor del himno de los cien años de Circasia, ¿cómo concibió y cuál fue su inspiración para la letra?

Una vez, mi amigo el poeta Emilio Gómez Zuluaga me compartió el poema que había hecho para el concurso de himno de Circasia. Lo leyó y con toda franqueza le dije que estaba muy bonito, pero que no era para el himno de mi pueblo, él se fue y me quedé pensando en el himno de mi pueblo, sabiendo que mi papá y mi mamá quisieron este pueblo, me pegó duro saber qué pasaría. Nunca había escrito una poesía, me acosté esa noche y cuando iban a ser las 12 de la noche se me ocurrieron los versos, ahí mismo me levanté de la cama, cogí un cuaderno mi hijo Gonzalo y escribí lo que mi mente me dictó, cada verso me llegó a la mente y tardé unos 12 minutos en escribirlo con todo lo que había aprendido en preceptiva literaria.

Mi amigo Javier Ramírez Mejía, el exsenador, fue quien puso a concursar el texto bajo el pseudónimo “Julio Abril”. A las semanas unos amigos me felicitaron porque fue el texto ganador. Mi primera impresión fue contarle a mi padre, pero él ya llevaba 14 años muerto, así que corrí a contarle a mi madre y así fue.

A sus 85 años, ¿qué tan importante es para usted la palabra?

La palabra así sea en charla y chiste, la palabra se cumple. Así es, eso le aprendí a mi papá.

¿Cuál es la historia detrás de la fundación del barrio Adeco de Circasia?

Estudiando en la Universidad del Valle, hice allí un curso de psicología con la doctora Yudi  Bolívar y ella insistía mucho en la idea de que lo que uno le ordenara al cerebro se hacía, conforme se lo ordenaba, Un día me puse a pensar, eso puede ser o no cierto y para comprobarlo, voy a experimentarlo. Pensé en qué cosas hay en mi vida que no sea capaz de hacer para ordenar al cerebro y se me ocurrió hacer una urbanización regalándole la tierra a las personas, siendo un hombre pobre, ¿cómo lo iba a hacer? pero le di esa orden a mi cerebro, eso sucedió en el año 1980.

Estuve 5 años repitiéndole al cerebro eso, porque al cerebro hay que repetirle mucho, y al cabo de los 5 años hice el barrio Adeco en Circasia regalándole la tierra a la gente y yo mismo lo tracé, hice el movimiento de tierras y todo lo regalé. Tengo las escrituras que lo respaldan.

¿Cuál cree que es el mayor reto para la educación en el Quindío y en Colombia?

Volverla más humana. Estamos en un mundo que valora más los resultados que las personas. El reto es formar ciudadanos críticos, solidarios y comprometidos con el bien común, no solo técnicos o profesionales. Formar jóvenes que tengan iniciativa y sepan ser como personas, sepan actuar ante las verdaderas adversidades de la vida y ahora con la inteligencia artificial y el avance de la tecnología misma que la pongan en función de sí mismos, aprovecharla.

Usted menciona que los modelos educativos deben repensarse, ¿por qué?

Porque muchos siguen siendo rígidos, tradicionales, desconectados de la realidad social. La escuela debería dialogar con el contexto, con la cultura de los barrios, con la voz de los jóvenes. Eso la hace más significativa.


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