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Con más de 25 años de trayectoria en el sector público, el director de la cárcel San Bernardo lidera una gestión enfocada en la resocialización y la dignificación de las personas privadas de la libertad.

Jorge Iván Osorio Aguirre, abogado y actual director de la cárcel de hombres San Bernardo de mediana seguridad en Armenia, es quien, gracias a su calidez humana y a una trayectoria de más de 25 años en el sector público, aporta desde principios de 2024 y ya próximo a cumplir tres años en el cargo, una mirada resocializadora al tratamiento de las personas privadas de la libertad. Para Osorio Aguirre, quienes cumplen una condena merecen una segunda oportunidad y la posibilidad de resarcir el daño causado en algún momento a la sociedad.

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Desde una infancia campesina marcada por la pérdida paterna a sus 3 años y el esfuerzo materno por sacar dos hijos adelante, hasta liderar uno de los establecimientos penitenciarios más emblemáticos del Quindío, la historia del director de la cárcel San Bernardo es un relato de constancia, servicio y humanidad. Su paso por el INPEC, la reconstrucción tras el terremoto de 1999 y su apuesta por la resocialización hacen de su gestión un ejemplo de cómo el sistema penitenciario puede ser motor de transformación social.

Su vida es muestra de vocación de servicio y agradecimiento con su madre y consigo mismo como humano y desde su rol como director. “No nos faltó lo necesario porque era una mujer que trabajaba de sol a sol y por eso esa gratitud y ese amor tan inmenso por ella, porque vivo y respondo hoy día en día por ella y vivo con ella porque quiero retribuir en parte lo que hizo por nosotros porque ella siempre estuvo dispuesta”, dijo Osorio Aguirre al referirse a su madre Aliria Aguirre Arango.

¿Cómo fue su proceso de formación personal y profesional?

Gracias al esfuerzo de mi mamá pude terminar el bachillerato. Soy egresado del Colegio Rufino José Cuervo Sur y del CASD como auxiliar contable. Luego presté servicio militar en el INPEC, donde me formé como auxiliar bachiller. En 1997 inicié el curso de dragoneante y desde ahí comenzó una carrera que marcó mi vida. Más adelante estudié Derecho y me gradué como abogado en 2008 en la Universidad La Gran Colombia Seccional Armenia.

 

¿Qué recuerda de su llegada a la cárcel de Armenia antes del terremoto?

Llegué el 10 de octubre de 1998, apenas cuatro meses antes del terremoto. Ese 25 de enero de 1999 estaba de servicio como comandante de patio cuando ocurrió la tragedia. Fue un momento impactante. La cárcel quedó destruida y durante semanas fuimos apenas cinco funcionarios cuidando escombros. Ver cómo de esas ruinas volvió a levantarse el establecimiento que hoy conocemos fue algo profundamente gratificante.

¿Qué significó para usted crecer profesionalmente dentro del INPEC?

Fue un proceso de muchos aprendizajes. Pasé por cárceles como Amalfi, La Dorada, Calarcá y Pereira. Me desempeñé en áreas jurídicas, fui oficial logístico y director. Cada experiencia me formó no solo como funcionario, sino como ser humano. Entender la realidad penitenciaria desde adentro cambia la forma de ver la vida y la justicia.

¿Por qué fue tan difícil su retiro del INPEC?

Desprenderse del uniforme duele. A los tres meses de retirarme me preguntaba si había tomado la decisión correcta. Tenía estabilidad, un buen cargo, una carrera construida. Pero la vida me fue mostrando nuevos caminos y oportunidades para seguir sirviendo desde otros escenarios.

 

¿Cómo se da su regreso a la cárcel San Bernardo, ahora como director?

Fue muy simbólico. Volví al lugar donde me formé como auxiliar bachiller y dragoneante, pero esta vez como director. No era una experiencia nueva, pero sí profundamente significativa. Regresar para aportar desde la dirección, con toda la trayectoria vivida, ha sido una de las etapas más enriquecedoras de mi vida.

Un día un amigo me dijo que lo acompañara a Salento, allí el secretario de Gobierno me dijo que necesitaba un abogado que lo apoyara en segunda instancia de inspección de Policía y allá empecé y estuve alrededor de tres meses con la doctora Beatriz Díaz Salazar y fue una experiencia muy enriquecedora y trabajar en Salento es maravilloso porque las personas que laboran allí realmente muestran su aprecio y más en ese momento la alcaldesa, una mujer a la que aprecio y admiro mucho.

 

¿Cuál ha sido su principal apuesta como director del establecimiento?

Cambiar la mirada sobre la cárcel. Mostrar que somos más que muros y rejas. Apostarle a la resocialización real, a la resignificación de las personas privadas de la libertad. Aquí hay talento humano valioso, personas que cometieron errores, sí, pero que merecen una segunda oportunidad.

 

¿Qué logros destaca de su gestión en 2025?

La visibilización del trabajo penitenciario a través de la campaña institucional “Buena Esa”. Hemos participado en procesos de justicia restaurativa, recuperando espacios emblemáticos como la locomotora a la salida de Armenia, apoyando juntas de acción comunal y colaborando con entidades públicas.

 

¿Alguna experiencia que lo haya marcado especialmente?

Encontrarme en la calle con personas que estuvieron privadas de la libertad y que me saludan con afecto. Eso no tiene precio. Significa que algo se hizo bien. Uno debe ir sembrando semillas, dando trato humano, siendo empático. Eso transforma vidas, incluso la de uno mismo.

 

Finalmente, ¿qué mensaje le deja a la sociedad quindiana?

Que no juzguemos sin conocer. Detrás de cada delito hay una historia, una familia, una necesidad extrema. Aquí hay seres humanos que pueden aportar mucho a la sociedad si se les brinda una oportunidad. La resocialización es una responsabilidad de todos.


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