Desde el rescate de compañeros hasta las noches sin dormir por las réplicas, el testimonio de Germán Ospina es un relato íntimo de dolor, servicio y aprendizaje colectivo y de memoria que sigue siendo parte de la historia de Armenia y el Quindío.
Aquel 25 de enero de 1999, cuando la tierra se movió, Armenia no solo perdió edificaciones, calles y rutinas, fue una tragedia que marcó la memoria de un pueblo que perdió vidas, certezas y silencios. Entre quienes corrieron hacia el caos y ayudaron a salvar vidas estuvo Germán Ospina Álvarez, entonces suboficial activo de la Policía Nacional, diplomático en Italia, hoy sargento mayor en retiro y actualmente funcionario de la Oficina de Gestión del Riesgo y Desastres, Omgerd, de Armenia.
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Tenía poco más de treinta años cuando el terremoto lo sorprendió en su casa con su familia. El radio policial que portaba en ese entonces llevaba un mensaje escalofriante con voz de angustia, fue la primera alerta, desde donde supo que el comando había colapsado, estaciones enteras habían desaparecido y el miedo cobraba vida minuto a minuto por cada frecuencia. Germán salió a trote hacia el lugar donde debía estar, al servicio de la ciudadanía como miembro de la Policía, esquivando postes caídos, cuerpos, polvo, réplicas y calles cerradas, sin saber que estaba a punto de enfrentarse a uno de los episodios más duros de su vida y la historia de Armenia.
Lo que vio nunca se fue de su mente y el recuerdo de la tragedia lo acompaña hasta el día de hoy, recuerdos de compañeros atrapados y afectados por ácidos y baterías que estaban en el almacén de intendencia, gritos de auxilio, polvo, sangre y estructuras reducidas a nada como el Cuerpo de Bomberos y la Asamblea departamental por mencionar algunos y casas que seguían cediendo ante las réplicas posteriores, todo lo marcó para siempre.
Hoy, desde otra orilla del servicio público, sigue salvando vidas, esta vez a través de la prevención y la educación.
¿Dónde se encontraba cuando ocurrió el terremoto y cuál fue su primera reacción?
Estaba en mi casa con mi familia. Cuando empezó a temblar, lo primero que hice fue aferrarme a la cama. No fui capaz de salir. Fue mi esposa quien me jaló del brazo y logró sacarme. Eso fue algo que nunca habíamos vivido, uno se “emborracha” del susto, se bloquea.
¿Qué encontró al llegar al comando?
Una escena devastadora, vi polvo por todas partes, gente pidiendo auxilio, compañeros atrapados, algunos con la mitad de sus cuerpos. La estación había quedado totalmente sepultada. Empezamos a sacar heridos como podíamos, con lo que encontrábamos. En ese momento el coronel J2 de Dagoberto García Cáceres respondió ante la tragedia y asumió el liderazgo
¿Hay algún momento que lo haya marcado especialmente?
Sí. Un compañero de la contraguerrilla, Iles. Lo habíamos logrado sacar hasta la mitad del cuerpo. Habíamos cortado acero, removido escombros, teníamos la esperanza de salvarlo. Pero vino una réplica fuerte y las placas volvieron a caer sobre él. Quedó aprisionado de nuevo y murió ahí, al lado nuestro. Es un recuerdo muy triste, muy melancólico y conmovedor recordarlo.
¿Cómo fueron los días posteriores a la tragedia?
Vivimos entre carpas, comiendo lo que aparecía, trabajando día y noche. Armenia estaba colapsada, no había servicio médico, por eso trasladábamos heridos a otros departamentos. Incluso tuve que llevar a mi familia donde mis padres en Anserma, Caldas, y quedarme solo acá ayudando en las labores de recuperación día y noche, fueron días de mucho trabajo.
La vida cambia totalmente. Se van amigos, compañeros, cambian las rutinas, los lugares. Ya no encontraba a las personas con las que compartía antes. Todo eso lo transforma a uno.
¿Recibieron apoyo psicológico tras lo vivido?
Sí. Todos los policías y muchas instituciones recibimos tratamiento psicológico y emocional. Recuerdo que también nos daban gotas para calmar el sistema nervioso porque las réplicas duraron días y el miedo era constante. Dormíamos con las puertas abiertas, cualquier movimiento nos hacía salir corriendo.
Además del rescate, ¿qué otros retos enfrentó como Policía?
Mantener el orden. Llegaron personas de otros lugares a cometer delitos, se formaron barricadas en los barrios, hubo enfrentamientos. Pero la prioridad era la labor humanitaria, ayudar a la gente que lo había perdido todo.
¿Qué lecciones le dejó el terremoto como policía y como ciudadano?
Que nadie está preparado para una tragedia así si no hay educación ni prevención. En ese tiempo las construcciones no cumplían estándares de sismo resistencia y no sabíamos cómo reaccionar. Hoy entendemos que la capacitación salva vidas.
¿Cómo llega ahora a trabajar en la Oficina de Gestión del Riesgo de Armenia?
Después de 37 años en la Policía, quise seguir sirviendo. Aquí preparo a la comunidad para enfrentar emergencias. El riesgo es latente y la educación es la base para protegerse.
Si mañana ocurriera un sismo fuerte, ¿qué no debería hacer la gente?
No salir corriendo sin sentido, no usar ascensores, no bajar por escaleras en medio del movimiento. Proteger primero a los niños y a las mascotas, ubicarse bajo estructuras seguras y mantener la calma. El conocimiento cambia completamente la forma de reaccionar.
Finalmente, ¿qué mensaje le deja a quienes no vivieron el terremoto del 99?
Que se preparen. Nosotros reaccionamos sin conocimiento y por eso hubo tantas muertes. Hoy existen instituciones y herramientas para aprender. No podemos quedarnos solo en el recuerdo, debemos transformar la tragedia en prevención.
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