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La chirimía y la música tradicional se convierten en herramientas de inclusión y formación para niños, jóvenes y adultos con habilidades especiales en el departamento del Quindío.

Víctor Alfonso Ortiz es instructor de chirimía y formador musical, con más de dos décadas de experiencia en procesos culturales y educativos en el Quindío. Nacido en Viterbo, Caldas, llegó a los 10 años al municipio de Montenegro, donde inició su camino en la música y consolidó su trabajo comunitario.

A lo largo de su trayectoria ha desempeñado diversos oficios vinculados al arte y la cultura. Fue informador y locutor de exhibiciones en el Parque de la Cultura Agropecuaria, Panaca, donde trabajó durante once años. Además, participó en procesos artísticos como zanquero, artesano y malabarista.

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Sin embargo, su trabajo principal es la formación musical de niños, jóvenes y adultos en condición de discapacidad, utilizando la chirimía como herramienta de inclusión, identidad cultural y transformación social.

¿Cómo empezó su acercamiento a la música y a la chirimía?

Mi proceso en la música comenzó cuando tenía alrededor de 16 años, en la Fundación de Pirimbambao. Desde el inicio me llamó la atención el sonido de las flautas y los tambores, pero la flauta fue la que más me cautivó. Compré una y empecé a aprender de manera autodidacta, practicando constantemente y explorando otros sonidos.

Con el tiempo, ese aprendizaje se amplió a otros instrumentos y se convirtió en una pasión permanente. Inicié como flautista, luego incursioné en la percusión y, con los años, dejé de ser alumno para asumir el rol de instructor de chirimía dentro de la institución, confirmando así mi vocación por la formación artística.

¿Cómo llegó a trabajar con población en condición de discapacidad?

Fue un reto inesperado. Me llamaron para dictar clases de chirimía a niños con discapacidad en el municipio de Córdoba. Aunque no tenía formación pedagógica, sí contaba con conocimientos en flautas, ritmos y tambores. Al principio sentí mucho miedo y le pedí a Dios que me ayudara, pero entendí que lo más importante era ganarme la confianza de los niños.

A través de la música logré conectar con ellos y descubrir habilidades que muchas veces permanecen ocultas, en gran parte porque se duda de lo que pueden hacer a hacer.

¿Qué es lo más difícil y gratificante de esta labor?

Lo más difícil es tener paciencia y lograr una conexión real con los estudiantes. Sin amor y compromiso no es posible trabajar con esta población. Lo más gratificante es ver cómo aprenden, enseñarles que la música mueve montañas y transforma vidas, observar cómo se apropian de los instrumentos y cómo, por medio de la música, logran expresarse y sentirse seguros de sí mismos.

Además, este proceso también implica romper prejuicios. Muchas veces la sociedad subestima las capacidades de las personas con habilidades especiales, y la música se convierte en una forma de demostrar que pueden aprender, crear y aportar desde el arte y la cultura cuando se les brinda oportunidades y acompañamiento.

¿Cómo se adaptan las clases y los instrumentos a las distintas capacidades?

En este momento dicto clases en la Casa de la Cultura de Montenegro y cada estudiante es un mundo diferente. Es necesario observar, explorar y descubrir qué instrumento le gusta o conecta cada niño. Cuando se encuentran con el instrumento con el que se sienten cómodos, no hay poder humano que los haga cambiar de opinión y el aprendizaje fluye de manera natural.

La chirimía permite trabajar ritmos básicos y facilita que cada persona avance a su propio ritmo, respetando sus capacidades e identificando a cada quien con su instrumento.

¿Qué representa la chirimía en términos de identidad cultural y legado personal?

La chirimía representa nuestras raíces y la música tradicional de nuestros antepasados, como la cumbia, el bambuco y el pasillo. Sin embargo, muchas de las expresiones que hoy se consideran moda, como los piercings, la artesanía, la forma de vestir o ciertas manifestaciones artísticas, también tienen origen en prácticas antiguas y culturales que han evolucionado con el tiempo.

Desde esa perspectiva, la tradición no se pierde, sino que se transforma. Para mí, sería un orgullo saber que los grupos que formé representaron al departamento y al municipio de Montenegro, reconociendo que la cultura incluye tanto a la música tradicional como otras expresiones heredadas y resignificadas por las nuevas generaciones. Trabajo por amor a este lugar y para que se quede como un aporte cultural para la comunidad. La música es memoria y es identidad. 


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