A Calarcá, Humberto Jaramillo Ángel, un campesino que llegó a ser miembro de la Academia de la Lengua, la sacó de su cuna de poeta, donde se mecía con cierto romanticismo y la puso en modo narrativo, sin desconocer el pasado de Antonio Cardona Jaramillo, Antocar, o de los mismos fundadores del pueblo, educadores y escritores.
Luis Vidales, por su parte, nos hizo ciudadanos del mundo, en la carrera 25, en Bataclán, en el barrio Camelias o en la Avenida Colón.
Elías Mejía nos mostró otros rumbos en la poesía.
Y Libaniel Marulanda nos enseña hoy que la vida- como los cuentos o el arte-, por seria que parezca, debe ser desacralizada con inteligencia, técnica y capacidad estética.
Ganador de múltiples premios por sus cuentos, es autor, entre otros libros, de La luna ladra en Marcelia, Al son que me canten cuento, y del reciente libro La Camarada María y otras carretas.
Recuerdos de un prófugo del azadón

Buena parte del kilometraje recorrido durante este costalado de años que ahora cargo, transcurrió entre Calarcá y Armenia. Sin cumplir los ocho, la familia, vale decir, quienes habitábamos la casa construida por mi bisabuelo materno en la carrera veinticuatro número 40-53, se atomizó, y cada tía y cada primo agarró sus corotos y se reubicó. Eran cosas ineludibles que traía consigo la muerte de los mayores y las cuestiones sucesorales.
En el caso de mi madre soltera y su único hijo, luego de cuatro o cinco trasteos en Calarcá, aterrizamos en el barrio San José de Armenia. De ahí en adelante los años fueron pasando entre ires, venires, una inocultable vagancia escolar y aquellos dieciséis años con el interrogante para Noemy, mi madre: ¿Qué voy a hacer con este muchacho que no quiere estudiar? La respuesta que imponía la circunstancia económica era simple: trabajar allí donde siempre hubo vacantes en el Quindío; por algo somos paraíso cafetero. El futuro laboral tenía forma de azadón y canasto. Sin embargo, un fantasma recorría el período de la dieciochez: el servicio militar obligatorio, algo tan duro como coger café pero que ofrecía la posibilidad de evasión mientras se estuviera estudiando. Para tener esa opción, el Ministerio de Hacienda expedía una tarjeta de aplazamiento mediante el pago de uno de los centenares de impuestos indirectos de la patria alcabalera.
Dicho y hecho; a la administración de impuestos concurrieron madre e hijo a diligenciar el papel. Y he aquí que, cual milagro de la misma Virgen del Agarradero, el administrador de Armenia resultó ser un amigo de mi madre quien, firmada la tarjeta de aplazamiento y ante la pregunta de la hermosa mamá del inútil estudiante e irrevocable vago: ¿Ramón Elías, vos no le podrías poner oficio a este muchacho, aunque sea de barrendero?, nos dio una solicitud de empleo y pronunció el conjuro que me liberó de mi destino de azadón y zancudos: Casualmente esta mañana renunció el mensajero de la recaudación de impuestos de Calarcá.
Vivir de nuevo en Calarcá, en casa de una tía en el barrio Las Camelias con el privilegio de ser el más joven de los funcionarios, en época del Frente Nacional, me hizo contagiar de ese algo imperceptible que rodeaba un pueblo que presumía de ciudad sin renunciar a la placidez provinciana; que con razón o sin ella hace alarde de tener el mayor número de poetas por metro cuadrado; que comenzando el siglo veinte ya había recibido las aguas bautismales de la Literatura, paralelo a la entereza de enfrentarse con el poder terrateniente de la compañía Burila, gracias a un líder de ideas libertarias como Catarino Cardona; un poblado verde cordillerano que asistió a los balbuceos primarios de aquel soñador que abrazó la ideología que cambió el mundo, al tiempo que ponía sobre ruedas la poética colombiana que ya olía a alcanfor: Luis Vidales.
Me hice amigo de un vecino, de menor edad, igual de renuente al estudio formal, que mataba las horas de vagancia escribiendo a mano en hojas de cuaderno lo que pretendía ser un periódico: El Bla Bla, que contenía desgastadas noticias y comentarios pendejos, pero que dejaban traslucir talento. De igual modo dedicaba buen tiempo a leer noticias, simulando el oficio de locutor radial. Era hijo de una viuda que ante las inofensivas aficiones del muchacho se mantenía tolerante. El vecino se llamaba Alirio Sabogal Valencia. Tras unos meses de seguirle la corriente y participar de interminables reuniones al amparo de algunas cervezas en las dos fuentes de soda de la veinticinco, un día decidimos encauzar la fiebre cultural de la manera, en apariencia, con mayores posibilidades de realización. Y como tantos y tantos enfebrecidos calarqueños, decidimos hacer un periódico.
Con regularidad inusual, circulaba en nuestra Villa de Vidales una publicación de cuatro páginas en un formato de medio oficio y una manifiesta vocación cívica: El Juzgón. Uno de sus redactores era don Antonio Bernal, acreditado secretario de uno de los juzgados del circuito. La supervivencia del pequeño semanario de distribución gratuita fue el acicate a nuestros propósitos.
El irresistible olor a tinta, los deseos inatajables de escribir sobre lo que fuera en medio de la ignorancia consentida y las lagunas de dos presuntos autodidactas, Alirio Sabogal y yo; ante la irremediable insolvencia monetaria de mi socio editorial, decidí asumir el costo de la impresión del medio que fue bautizado como El Contemporáneo.
La licencia oficial luego de que fuera rechazada, por ser los dos menores de edad, tras vincular a un poeta local y cajero bancario, Nelson Ocampo Osuna, puso a rodar nuestra calentura adolescente que sobrevivió hasta la sexta edición, en tamaño tabloide.
Pasaron los años, las décadas … Alirio se hizo periodista y escritor, de manera inexplicable un tanto inédito. Murió en Bogotá. Nelson Ocampo Osuna siguió fiel a la poesía, mientras que yo le disputo a la vida sueños extras y Calarcá sigue dueña de ese nosequé que nos impele a escribir, aunque todavía no merezcamos llegar más allá del puente de La María.
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