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Alister vive y es docente en New York. Es un gran escritor. En Calarcá, lo sentimos como propio, así haya nacido en Armenia. Sus pasos resuenan por Barcelona, y sus ojos nos miran en la biblioteca de ese corregimiento. Como nos miran los ojos de Clara, su personaje, que fundó desde la ficción una manera de ser y ver el mundo nuevo del Quindío.

En La Crónica continuamos con esta serie Ciudad sobre letras, que nos llena de orgullo a todos los quindianos.

¿Por qué Calarcá es una ciudad sobre letras?

Por: Alister Ramírez Márquez

La respuesta no es sencilla.  El espacio literario creado por los autores, en general, alude a un lugar físico donde estos han vivido una serie de experiencias emocionales. Estas marcan al poeta o al narrador.

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Un ejemplo que ilustra lo dicho es La vorágine (1924), la monumental novela de José Eustasio Rivera (1888-1928). Con motivo del centenario de su publicación, se realizaron todo tipo de homenajes, conferencias, estudios y nuevas lecturas de la obra. Rivera estuvo en las zonas fronterizas y en los Llanos, en calidad de medidor de terrenos.

Vio de primera mano el abandono de estas regiones por parte del gobierno central y denunció ante el Congreso la explotación de los campesinos, indígenas y otras minorías. Sería impensable creer que La vorágine solo fue el producto de las fantasías, los sueños y los delirios de Arturo Cova, el protagonista y voz narradora. Es la voz de José Eustasio Rivera, quien también fue un aventurero, explorador y soñador. Viajó a Nueva York con la idea de hacer una película basada en la novela, y ver los últimos inventos de aviación como el primer vuelo de un dirigible desde Nueva Jersey a París.

Algunos críticos de La vorágine la han estudiado como si se tratara de una crónica y no una novela. Horacio Quiroga le expresó a Rivera, en una de sus cartas, que la descripción de la selva era de alguien que había vivido en ella y  conocía sus peligros. Es el gran escenario de la selva americana y los llanos, y que pone a Colombia, a principios del siglo XX, en la mira internacional porque, entre otras cosas, denunció ante el mundo la explotación cauchera de las empresas peruanas e inglesas.

Las montañas y los bosques de la cordillera central son el escenario de Mi vestido verde esmeralda (2004), una de mis novelas. Los personajes son las mujeres, los arrieros, los campesinos, los duendes, los fantasmas, los forajidos, los guaqueros, los habitantes de estos primeros poblados del Quindío. Allí se describen los caminos por Salento, Circasia, Armenia, Carlarcá, Barcelona y Caicedonia.  Se trata de la creación de un espacio emocional a partir del viaje de Clara, la protagonista de la novela, pero que se afinca en una topografía del bosque andino.

Al contrario de La vorágine, que idealiza los llanos en la primera parte, en mi novela presento la dureza y cruedad de la naturaleza a través de toda la obra.  Conocí a muchos de los personajes de la novela en las fincas, por río Verde, y que fueron de mis abuelos. Los descubrí en Barcelona, Calarcá y por supuesto en Armenia, donde nací.  Grabé sus voces y acentos en mi memoria y luego trasladé el recuerdo oral al escrito, al literario, lo cual significó un reto enorme.

Con el tiempo, comprendí que estas mujeres, hombres, duendes andinos, flora y fauna, personificados en las páginas de mi novela, eran también parecidos a aquellos  de las letras de las canciones del compositor barcelonés José Rubén Márquez González (1932-2011), mi tío.  Rubén era un poeta, pero musical, criado en las montañas azulinas. Este compuso boleros de renombre internacional como ‘¿Qué me has dado tú?’, ‘Como una sombra’, bambucos, el himno de Barcelona y cientos de composiciones. La casa de la cultura de Barcelona porta su nombre.

Uno de los bambucos se titula ‘Se me quitaron las ganas’ porque para aquella época Rubén estaba muy desilusionado de la vida, es decir, deprimido.  Cuando ocurrió el terremoto de Armenia en 1999, Rubén se fue caminando desde Armenia hasta Barcelona y regresó de la misma forma porque no había transporte público y quería ver cómo había quedado el corregimiento.  Rubén necesitaba ver a los ancestros de los Márquez, que estaban despositados en un mausoleo en el cementerio de Barcelona.  El pueblo, literalmente, se vino abajo y los cenizas de los abuelos y los tíos quedaron sepultados allí, bajo los escombros, para secula seculorum.

Hay poemas, novelas, pinturas o sonidos que nos conectan con una intimidad emocional interna. Describen, a través de letras, imágenes o símbolos, un soplo de brisa, una gota de agua, un rayito de luz, la noche estrellada, la selva devoradora, la montaña fantasma y llorona, el mar infinito o el desierto como un laberitno. Estos expresan sentimientos humanos universales.  La metáfora de una ciudad sobre letras, como Calarcá, no solo se refiere a un espacio físico donde confluye la creación de distintos autores, en un momento histórico, como lo fueron las grandes ciudades europeas de los siglos XIX, y estadounidenses y lationamericanas del XX. Una villa sobre letras es también un lugar simbólico universal, en el que se mezclan, por magia cósmica, esas voces donde habita la poesía, el canto y las palabras.

No sé si fue por coincidencia, la fatalidad o la gracia del destino que llegaron estos ecos a los bosques andinos, a soplar los vientos por las calles heridas y allí fueron escuchados y recogidos por los poetas de estos pueblos olvidados.  Lo que sí quedan son las poesías, los cuentos, las novelas, los ensayos y las letras de las caciones como testimonios y crónicas.

El viaje que hizo Clara, la protagonista de Mi vestido verde esmeralda, desde Angelópolis Antioquia hasta río Verde, Barcelona y luego Armenia, no solo fue un periplo físco, lleno de obstáculos, en medio de una topografía despiadada, sino que también se trata de la evolución y formación de un personaje.  Aquí se refleja la historia de los colonizadores de estos bosques, donde gemía La Llorona y la carga de los migrantes del siglo XXI que se movilizan por todo el mundo.  Sin duda, una ciudad sobre letras es un refugio para los desplazados del alma.


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