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La Bella en Ciudad sobre letras

Autor: Archivo particular

Calarcá

José Nodier Solórzano Castaño

jueves, 29 enero 2026

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Entre el vuelo libre de la guacamaya Lupita y la memoria literaria de La Bella, Calarcá reafirma su identidad como territorio de historias, epifanías y nuevas voces que convierten lo cotidiano en arte.

Hace pocos días la guacamaya Lupita voló al lado y delante de un motociclista y de un ciclista profesional, en La Bella. Su fiesta de aleteos conmovió a millares de cibernautas. Ella vivía- hasta que fue retenida- en un guadual cerca al colegio. El mismo lugar donde dejaron un legado José Jota Bustamante, un legendario profesor de literatura y el poeta de la tierra, Baudilio Montoya. 

Fui a tomar café al restaurante y hotel La Rivera, en La Bella, antes de que la Corporación Autónoma Regional del Quindío interrumpiera la felicidad de Lupita, y la enjaulara, y ella apareció para saludarme. Se me llevó en el pico una gorra beisbolera, y luego me la devolvió. Fue un milagro de colores y alegría. La cotidianidad rota por un relámpago de vida multicolor. Una fantasía.

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En la Bella ha vivido José Julián Trujillo Restrepo, un caficultor, diseñador de mobiliarios y, en especial, el más sorprendente cuentista contemporáneo en nuestra región. Leí su primer libro En Lo Absoluto, y quedé desconcertado y feliz. José Julián crea unas atmósferas disruptivas, alternas, desde un hecho cotidiano. 

Ese libro de José Julián ganó el Premio Nacional de Cuentos Ciudad de Bogotá, en 2021. En él, como lo hace inferir Ramón Cote Baraibar, lo anodino, lo efímero, pasa a ser una obra de arte. Acontecimientos fascinantes, remata el poeta. El cuento, El Bonsaísta, entre otros muchos, es una joya literaria. El cuento El vergajo mereció a su vez el XXV Premio Internacional Julio Cortázar de Relato Breve, otorgado por la Universidad de La Laguna, en España.

Ciudad sobre letras, Calarcá, regada por el río Santo Domingo, deja brotar nuevos y poderosos escritores. 

Los esperamos en la calle 40, en Ciudad sobre letras, en café Donato, donde John y Ximena, en Amarillo, donde Gita, en el café de Carlos, por ejemplo, para conversar sobre los milagros que ocurren en nuestra literatura, en Calarcá. 

La teta de la bruja

José Julián Trujillo

La fortuita genética moldea, el voluble entorno, también. La primera obedece a los dictámenes de la biología. El segundo, a los de la geografía y la sociedad. En la singularidad genética, soy un modesto mestizo. En la pluralidad del entorno, viví y vivo en el departamento del Quindío. 

La veta artística debí heredarla de mi madre: ella usa tejidos, pinturas, maderas, piedras, cosas… para crear y transformar. Yo habitúo hacer lo mismo, pero con palabras. Supongo que, por una parte, el vicio de escribir es hereditario.

Por otra, es alimentado por el entorno y, obviamente, por las lecturas (y por el tiempo cuando queda disponible, y por las recomendaciones de mi eterno amigo Rafa Villa y mi hermano Juan Pablo Trujillo). Gran parte de mi vida ha transcurrido en Calarcá, en la Vereda La bella, en una finca cafetera. Así que si alguien me postula como escritor de vereda, no está faltando a la verdad y, literalmente, está siendo justo.

Lo anterior que sirva como preámbulo a unas inquietudes que me formularon: ¿cómo ha sido su contacto con la literatura?, ¿Calarcá ciudad de letras? y ¿su relación con Calarcá? La primera y tercera preguntas, esquivamente, se respondieron en el preámbulo. La segunda espero responderla a continuación y, si no se agota el papel, complementar las otras dos.

Para que algo sea lo que es, no sobra con la propia declaración. Falta el reconocimiento del otro. Si un gato ladra y se declara perro, seguramente los otros lo verán como un gato mutante o loco, pero no como un canino. Será un ejemplar extraordinario que aprendió otro lenguaje. Si me declaro el elegido, el mesías, y los otros no me creen, o no los convenzo, mi afirmación, y sus consecuencias, desaparecerán en el vacío. De esta forma veo la declaración de Calarcá ciudad sobre letras.

Falta el reconocimiento del visitante, el dedo que desde afuera señale y diga: he ahí un pueblo cargado de literatura. Entonces, ¿estuvo mal en acondicionarle ese lema a los predios del cacique? No. Estuvo muy bien. Generosa labor han hecho los quijotes (suele serlo aquel que se lanza a la incertidumbre de una empresa literaria, sea esta de gestión o creación) que remando contra corriente, han divulgado y promovido el transformador arte de juntar palabras sobre un papel. Meritoria labor de los organizadores del encuentro Luis Vidales, de los que integran la editorial Kanora, de los otros intentos editoriales, de las propuestas, de las decenas de narradores y poetas, de… Falta que el de afuera, que el visitante habitual, que el visitante casual, y que el de adentro también, al cruzar o permanecer en Calarcá, sienta un aire o impresión literaria que le viene no se sabe de dónde.

Por el momento, desde afuera, parece perdurar el lema, poco inspirador: Calarcá ciudad de paso. Pocas veces veo en las bancas del parque, o de los cafés que circundan la plaza de Bolívar, personas con un libro en la mano. O sobre la mesa. No digo leyendo, porque eso ya es una rara avis. Sospecho que en otras geografías, nacionales e internacionales, esas aves no son tan raras.

En la medida en que los libros se vean en las manos de los transeúntes, en los ojos del lector o sobre las mesas de los cafés, Calarcá será más Ciudad sobre letras. Lo de Cuna de poetas, ya nadie se lo quita: punto a favor. Como a favor es el proyecto cultural y turístico de la peatonal. Esa es la invitación: cargar un libro y ostentarlo. Abrirlo y leerlo ya es atrevido, ya es tentar la suerte, el destino… Ya es tentar la vida. Esa es la invitación: caer en tentación y librarnos del mal.

De paseo, y no de paso, suelo recorrer la Villa del Cacique. No hay dificultad para perderse entre sus calles, pero intento hacerlo. Entre el verde de sus alrededores, me pierdo más. Quiero decir que soy un escritor más caminante que contertulio, más introvertido que lo otro, más solitario que social. Más David Thoreau que Oscar Wilde, así disfrute más leyendo a este último.

Calculo en más de treinta las veces que he subido a Peñas Blancas, la mitad de estas en solitario. Caminata vigorizante y mística, de varias horas, entre matorrales e imponentes árboles. Afirmo, o me engaño, que en lo alto de esa peña, en la cumbre denominada: La teta de la bruja, he tenido más de una, o por lo menos una, epifanía: la literatura como amortiguador de mis caídas, la literatura como cuerda para escalar. La literatura como destino y estilo de vida.

 


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