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La ciudad cultural de Darío Fernando

Autor: Archivo particular

Calarcá

José Nodier Solórzano Castaño

jueves, 4 diciembre 2025

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Darío Fernando Patiño, periodista quindiano y referente ético del oficio, fue pieza clave en la proyección cultural y turística del departamento, dejando un legado que trasciende los medios y marca la identidad del Quindío.

El Quindío fundamentó su entrada en el turismo rural en tres condiciones fundamentales: su cultura cafetera, la infraestructura vial y de servicios construida por el Comité Departamental de Cafeteros y, lo recuerdo, por el compromiso de Darío Fernando Patiño, cuando era un directivo de medios masivos de comunicación, en Bogotá. Fue pionero, como también lo fue en Calarcá en ese campo Jorge Humberto Guevara.

Nació en Calarcá, y estudió Comunicación Social y Periodismo en la Universidad Externado de Colombia. Comenzó escribiendo en el diario La República, luego trabajó en la agencia Colprensa, pasó a televisión como jefe de redacción en el Noticiero de las Siete y, en 1992, se vinculó al noticiero QAP como subdirector.

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Fue codirector de noticias en RCN TV (y co-creador de programas como La noche) y asumió cargos directivos en Citytv y en Caracol Televisión, donde dirigió el noticiero principal desde 2002 hasta diciembre de 2011.

Posteriormente, en 2012, emigró a Ecuador para asumir como director nacional de noticias del canal Ecuavisa, cargo que ejerció hasta agosto de 2015.

Entre sus contribuciones más destacadas como periodista y autor se encuentra el libro La verdad bien contada: ética y estética en el periodismo de Gabriel García Márquez (2022), un análisis profundo y multimedia de la obra periodística del escritor colombiano.

En su vida profesional ha sido reconocido con el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar en tres ocasiones. Su legado va más allá de los cargos: muchos lo destacan como un referente ético indiscutido del periodismo colombiano. Y buena parte de lo que somos en el Quindío, lo mejor de lo que somos, está evidenciado en Darío Fernando Patiño Jiménez.

Darío nos lleva de su mano experta a las bibliotecas personales, a las emisoras, a cine, y a la infancia, por los caminos de su memoria.

Las bibliotecas silenciosas

Por Darío Patiño*

 

Llegaba a la escuela con blazer y suéter cuello de tortuga. En un establecimiento público, dónde muchos de los alumnos iban descalzos y escasos de baño, él era una novedad y le hacían corrillo durante el recreo. No hacía ostentación de su indumentaria. Era muy amable. Quizás ni se sentía cómodo. Simplemente lo vestían así. 

Un día decidí seguirlo hasta su vivienda, al frente de las llamadas 25 casas, porque oí que allí había libros pegados a las paredes. Era algo que nunca había visto. Me dejó mirar desde la puerta entreabierta y era verdad. Ahí estaban esas paredes, de piso a techo, llenas de libros. Seguí yendo durante varios días, pero, no sé por qué razón, no entré. Que su papá no deja, creo que comentaban.

Años después, ya les contaré, uno de los habitantes de esa casa sería definitivo en mi vida.

Ya en tiempos de colegio, compartí con uno de los Buriticá, hijos de Don Camilo, dueño de un almacén de zapatos. Con Gustavo sí pude entrar a la casa y encontrarme la segunda revelación: una biblioteca bien cuidada y organizada por Doña Margarita Rocha, su mamá.  Eran filas de libros de pastas café, azul y verde. Lo mejor era la forma como ella contaba qué contenía cada uno de esos libros y determinaba si era apto o no para mi edad. Recuerdo una colección de Bruguera y la Ilustrada de Salvat, que contenían novelas, poesía y ensayos.  No voy a presumir ahora haber leído a Joyce o a Tolstoi.  Menos a Hesse, que la dueña de casa no me prestaba aún.  Puedo decir con tranquilidad,  que comencé con Julio Verne y Agatha Christie y que me resultaban más fáciles de entender que Vargas Llosa con La Casa Verde o García Márquez con sus Ojos de Perro Azul, disponibles en la biblioteca del Colegio Robledo. Pero había una condición impuesta por Doña Margarita que me acredita como lector más o menos disciplinado: no me dejaba sacar los libros de su casa. Tenía que leerlos hasta terminarlos en su cómoda sala. De paso se aseguraba de que nadie le descompletara la colección. 

Me pregunto hoy ¿cuántas bibliotecas más existieron en Calarcá?

La científica Martha Lucía Bustamante hablaba en esta misma serie sobre la de su casa “en donde casi nadie entraba”.

Intuyo que hubo varias y muy buenas.

De hecho, alguna tarde, ya más grandecito, pasé por la del escritor Humberto Senegal, que tal vez la había heredado en buena parte de su padre, Humberto Jaramillo.

Por eso me atrevo a decir que la fuente de información y de inspiración de la intelectualidad calarqueña, fue mucho más allá de “las cristalinas aguas del río Santo Domingo”. Y que esas paredes repletas de libros alimentaron a nuestros oradores, poetas, narradores y periodistas.

Y me pregunto de nuevo: ¿Siguen existiendo bibliotecas silenciosas? ¿Por qué no ha habido, o al menos que yo sepa, una librería memorable?

Pero no sería justo detenerme apenas en los libros.  Muchos nos nutrimos también del sonido y del cine.

Calarcá tuvo una emisora propia en la que se le rindió homenaje permanente a la música y a la palabra. Las canciones se anunciaban con versos y yo soñaba con hablar como Octavio Ospina y Everardo Valencia. Así empecé. Pero antes vibré y soñé, como los de mi generación, con las radionovelas Kalimán y Arandú, que transmitían las cadenas nacionales a través de las emisoras de Armenia.

Y tuvo Calarcá además dos salas de cine: una de ellas, el Teatro Yarí, en el que Adonías Rey se las arreglaba para ofrecer hasta seis estrenos por semana, con lo mejor de la industria a nivel mundial.

Calarcá es más que una ciudad sobre letras. O una ciudad sobre libros.  Es una ciudad sobre palabras, imágenes y sonidos.

P/d. El niño del inicio de esta historia se llama Francisco Javier Ocampo. Su padre era Héctor Ocampo Marín, un gran intelectual que entonces se desempeñaba como síndico del Hospital La Misericordia. Años más tarde pude entrar a su oficina de subdirector de La República en Bogotá; y me abrió las puertas de mi carrera periodística.


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