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Desde la memoria del campo y la contemplación silenciosa de la naturaleza, Anid Jocabed (poeta, licenciada en Literatura y Lengua Castellana) reconstruye el origen de su sensibilidad poética.

Anid Jocabed es poeta y Licenciada en Literatura y Lengua Castellana. Autora del poemario De quimeras y de cabras (2023) y coautora del libro Lámparas sobre neblina (2025). Fundó la revista literaria Tzintzun (2020) y cofundó la editorial Seusba (2020). Ha sido invitada a la FILBo 2024 y 2025. Ha participado como tallerista, escritora y moderadora en el Encuentro Nacional de Escritores Luis Vidales y el Encuentro Literario Carmelina Soto.

En esta ocasión, Anid Jocabed hace un recorrido por sus memorias en el campo y, desde la imagen bucólica de Calarcá, da cuenta de cómo la poesía ha transformado su vida y la de quienes, como ella, hallaron el camino de las letras en sus calles y veredas.

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Escribir en el campo

Anid Jocabed

Hay placeres que no necesitan ser nombrados para existir, pero cuando se nombran revelan el corazón de quien los pronuncia. Para mí, los mayores placeres de la vida ocurren en el campo, en ese matiz verde lejano a la ciudad donde el silencio es irrumpido al caer la tarde por el sonido de distintas aves que, en bandada, trazan caminos que surcan el cielo. Ya en la noche, cuando es un silencio vivo, se escuchan algunos grillos y pequeñas ranitas croan desde el patio trasero de la finca de mis padres. Otro de esos placeres es acompañar a mi padre en la mañana a alimentar a los animales de la finca, y ellos, con solo sentir la presencia, empiezan a emitir distintos sonidos, como si nos saludaran, prestos ya a tomar los alimentos.

En el campo aprendí a escuchar antes que hablar, a observarlo todo, a mirar el cielo, reconocer cada uno de los animales, sus personalidades y sus estados de ánimo. Sus presencias no están diciendo nada, no argumentan, no explican: simplemente están ahí, recordando que hay cosas que existen solo para ser contempladas y disfrutar el instante. Por ello, cuando mi hermano decidió que yo debía ponerle nombre a su mascota, una pequeña curí o conejillo de indias, no dudé en llamarla Jitanjáfora, una figura poética donde lo que importa es el sonido de las sílabas al unirse. En esta forma de la poesía lo importante es la sonoridad, esa belleza que nos hace sentir algo por dentro sin necesidad de entender qué es lo que sucede. Y para mí ha sido la naturaleza, ella no se explica, simplemente existe y se siente, si tenemos la sensibilidad suficiente para ello.

Desde niña tuve la fortuna de crecer en el campo junto a mis tres hermanos, crecimos entre animales. Mi padre tuvo mucho tiempo un aprisco que luego se transformó en granja, y aunque hoy ya no tiene ninguno de los dos, continúa teniendo animales en la finca. Cuando llegué a Calarcá era apenas una adolescente, si bien ya existía cierta sensibilidad, aquí tuve la fortuna de adentrarme en un paisaje que no conocía. En las fincas rurales aledañas a Calarcá vi por primera vez al barranquero, descubrí sus colores y sus matices, y quedé asombrada ante su proximidad, ante su compañía en medio del trabajo de mi padre. Hace no mucho vivimos la experiencia de tener una pequeña familia de guatines que anidó bajo la casa, en esa parte que aún era toda de bahareque, bajo el piso de guadua, nacieron tres pequeños guatines que en algunas ocasiones se colaban dentro de la casa. En el techo, distintas camadas de tórtolas han surgido para saludarnos desde la altura. Y esa es la maravilla de vivir en el campo, este despierta la sensibilidad, agudiza los sentidos y ofrece una infinidad de historias para contar al mundo. Pero además del paisaje rural, Calarcá es un territorio donde las semillas germinan, una cuna donde los poetas nacen y crecen.

Mientras estudiaba en el Instituto Calarcá participé en distintos espacios, talleres y charlas literarias que generaron en mí y en otros compañeros ese amor por la escritura. En estos espacios surgieron los primeros textos de esa Anid que escribía aún sin saber que estaba escribiendo. Al principio fueron solo hojas de diario como desahogo, pequeñas instantáneas de imágenes de infancia y uno que otro cuento resultante de talleres literarios. También recuerdo a aquellos docentes que me guiaron en lecturas que alimentaban y transformaban de a poco esos textos nacientes.

Hoy puedo observar cómo del campo calarqueño han bebido muchos escritores. Por ejemplo, Humberto Jaramillo Ángel vivió gran parte de su infancia en el campo, y allí ese niño campesino se fue construyendo, a partir de su sensibilidad, en el escritor que fue a nivel nacional. Carmelina Soto, poeta quindiana, también tuvo una profunda cercanía con lo rural durante su labor docente. Otros escritores, aunque no crecieron en el campo, tienen una conexión con él, como Elías Mejía, quien mantiene un fuerte vínculo con la cultura cafetera, o Umberto Senegal, quien recorre caminos veredales del Quindío y desde allí construye sus textos, en su mayoría pequeñas imágenes del paisaje rural que se condensan en la mirada intensa del poeta.

De manera que mis textos nacen de ese campo y contienen esos pequeños animales que aparecen y desaparecen a través de ellos. Calarcá permitió que esa pequeña niña que trepaba árboles, jugaba en el pasto con sus hermanos y crecía rodeada de animales, encontrara espacios propicios para la escritura, la gestión cultural y la publicación. Además, propició los encuentros con personas que señalaron el camino y acompañaron esos procesos, porque más allá de la simple inspiración, escribir es aprender a caminar en medio del silencio y con la sensibilidad necesaria para hallar la poesía en los pequeños detalles de la vida. Por eso Calarcá, con sus veredas, sus calles y sus límites difusos entre lo urbano y lo rural, sigue produciendo artistas de la literatura, la música, la pintura y muchas otras áreas artísticas. Voces como el campo, que no siempre explican, pero siempre resuenan, y que de la mano de grandes gestores y escritores siguen brotando como un enorme jardín de flores de diversos colores.


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