Calarcá es un lugar de encuentros, de miradas que se acercan y se alejan en tiempos iguales; un lugar habitado por personas solitarias que se sientan a ver pasar la vida en las escaleras del parque. También es un territorio de rostros jóvenes, abiertos a lo que los pequeños detalles del pueblo pueden ofrecerles, y de rostros viejos, que cargan dentro de sí la historia de la violencia, de la enfermedad, de lo transitorio.
En Calarcá la otredad se escurre en cada esquina. Hay quienes son árboles y, por años —quizá desde su nacimiento—, han permanecido en estas tierras con el propósito de que sus raíces crezcan y las hojas jueguen apacibles por sus calles. Otros, son golondrinas que migran estacionalmente y encuentran aquí un espacio para volver nido, resguardo o escondite, al menos por un tiempo.
Lea también:
Me atrevo a afirmar que Tatiana es un poco de ambas: arraigada en la memoria del territorio, pero también nómada en la forma en que vuelve a él para narrarlo. Tatiana Alejandra Velásquez Osorio es Licenciada en Español y Literatura de la Universidad del Quindío y docente de Lectoescritura de la Universidad Alexander von Humboldt. Ha publicado artículos en diarios locales, como La Crónica del Quindío, así como en El Espectador y en la agencia Baudó. Además, se ha desempeñado como lectora y editora, oficios que afinan la sensibilidad con la que se acerca a los territorios que evoca.
En este texto, la autora nos recuerda la necesaria tarea de pensarnos desde los espacios que habitamos, de abrazar las historias que dejan nuestros pasos al migrar y las huellas que, por su parte, los lugares imprimen en nosotros. “Somos una especie en viaje”, canta Drexler, y en sus memorias sobre Calarcá, Tatiana se reconoce en esta conclusión.
Calarcá, cuna de rostros anómalos

Las personas que conozco vienen a Calarcá ardiendo en culpas, más que por el interés sobre la arquitectura: la culpa de haber olvidado a alguien que, de repente, encuentran en las marañas de la memoria. Julián, el fotógrafo que se crió en el Meta, vino a establecerse unos años, pero después de un par de meses se devolvió para su tierra. Claro que se llevó fotografías de chambranas, techos y casitas en la montaña, pero, sobre todo, fotos de mujeres y hombres nocturnos, pueriles, con cresta y minifalda, siluetas entre humo: nuevas sombras que fotografió, trémulo, alicorado, siguiendo las andanzas de su madre, quien visitó esta tierra en su juventud, y que murió de cáncer en Villavicencio, un año antes de la llegada de Julián a Calarcá. También me disparó con su cámara, se llevó otro “rostro anómalo”, según él.
La gente joven se va, este es un pueblo que migra, y albergue de migrantes; atiborrado de gente (lo digo porque hay pueblos silentes, como algunos en el oriente antioqueño, este no lo es). Son personas que no conozco; no me llama con la mano y a la distancia alguna mujer que me vio crecer; no debo detenerme en alguna cuadra a saludar dos y tres veces: soy hija de una nómada que vino a parirme aquí, pero tampoco se quiso quedar.
Viví en Calarcá de manera intermitente: algunos años en el barrio Guaduales, tal vez unos meses en Llanitos. Fue durante la cruzada de mis veintes, todavía una pájara. Miraba confundida por la ventana, de cara al barrio. No con poca melancolía me fijaba siempre en esa parte de la cordillera; las montañas del Quindío guardan entre su follaje cráteres, los mismos que intentan olvidar algunas viudas y huérfanos que conozco.
Viví aquí años de universidad y confusión, era la mujer de un hombre nacido en este pueblo. Se fue muy pequeño, huyendo de las golpizas de su madre y acosado por el deseo de crecer, volvió con llagas en los pies, el cuerpo abultado, el pelo despigmentado. Me trajo de su mano, como se arrastra a los hijos cuando no quieren entrar por voluntad a la casa. Veníamos de Bogotá. Años después, en la Cárcel Peñas Blancas, di clases a hombres de Tuluá, Medellín, también de Bogotá. Lo único que conocían del pueblo eran chicas que, años anteriores, habían conquistado con gritos, mostrándoles objetos con las manos asomadas por agujeros de las celdas altas del penal, mientras ellas caminaban efervescentes por la avenida. Pero eso de la conquista se acabó, gracias a alguna pedagogía interna; seguro algunos calarqueños fueron concebidos en esos cruces.
Calarcá es un rincón ruidoso, plagado de niños, cuántos niños por todas partes, sobre todo en la plaza: niños y perros pequeños y mujeres embarazadas. Las generaciones distribuidas en sus pedazos: en los billares los cuarentones, sesentones; sosteniendo cigarrillos solo con los dientes, para liberar las manos; más gente humeante, y en los barrios los adolescentes dormitando las horas agitadas de la mañana, durante los meses festivos, como este.
El otro día, un habitante de calle estaba preparando una tela en un rincón, entre uno de tantos parqueaderos y una casa vetusta. Pretendía ¿dormir? Eran las ocho y media de la noche. De pie, en la bahía, le ofrecí un billete de poco valor. La oscuridad era espesa. Cuando se acercó, confirmé asombrada la juventud de su rostro. Recordé aquella frase escrita por la recién fallecida María Fernanda Fernández, que dice que no hay dolientes para quienes tienen en las calles sus lechos de muerte. Tal vez, mi adorada amiga, escritora de la sombra, no recordaba por aquellos días el rumor de que tampoco los indigentes nos pertenecen, “nos los han traído de las ciudades vecinas: Ibagué, Cali, Bogotá”, eso dicen las lenguas enfermas.
Es engañoso el oficio de la memoria, no hay precisión, justicia, en mi versión de esta tierra, lo sé, porque… soy quien soy. Me fui y regresé y ha soportado el flujo gris de mis palabras. Sin embargo, este rostro de Calarcá me mira resuelto desde una esquina de su verdad; maliciosa, cuece en su propio cráter quién sabe qué nuevas palpitaciones.
