Saltar al contenido

Jorge Orlando Córdoba Castro es uno de los primeros taxistas de Armenia, su historia, marcada por jornadas extensas, carros antiguos y el trato con la gente, es también la historia de una ciudad que se transformó al ritmo del volante.

Por décadas, las calles de Armenia han sido testigo del paso silencioso de hombres que hicieron del volante un oficio y de la ciudad, su casa. Jorge Orlando Córdoba Castro es uno de ellos.

Lea también: Martha María Marín Mejía, una mujer con sueños de inclusión

De los primeros taxistas de la capital quindiana, su historia se confunde con la del crecimiento urbano y social de Armenia.

La herencia que se aprende en familia

En la vida de Jorge Orlando, conducir no fue una elección tardía, sino una herencia temprana. “La familia mía, mis tíos, toda la vida fueron conductores”, recuerda. Tenía apenas nueve años cuando empezó a acompañarlos en los carros, observando, preguntando, aprendiendo. A los once ya sabía manejar “correctamente” y antes de cumplir los quince, sus tíos le confiaban los vehículos sin mayor reparo.

No era solo aprender a conducir: era entender los sonidos del motor, el peso del embrague, la paciencia que exige la vía. “Yo ya le movía fierros a cualquier carro”, dice con naturalidad, como quien habla de un juego de infancia, aunque en realidad se trataba de una escuela de vida.

Cuando Armenia tenía pocos taxis

Hablar de los inicios de Jorge Orlando como conductor es retroceder a una Armenia muy distinta. “No había sino como diecisiete taxis, no había más”, cuenta. Los modelos hoy suenan casi de museo: Zastava modelo 75, Ford 60, Ford 61. Vehículos rústicos, algunos “colimochos”, que exigían más ingenio que tecnología para mantenerse en pie.

Eran tiempos en los que el oficio se hacía a pulso, cuando la ciudad era más pequeña y todos se conocían. El taxi no era solo transporte: era conversación, referencia, ayuda inmediata.

Jornadas largas, oficio exigente

La rutina de Jorge Orlando habla del sacrificio que implica este trabajo. Se levanta a las seis de la mañana, sale a las siete y regresa a casa cerca de las diez de la noche. En temporadas de alta demanda, como él mismo lo explica, “le toca a uno doblarse”. Comer a deshoras o incluso no comer se vuelve parte del día a día.

Llegar a la gente no siempre es fácil. Hay días buenos y otros en los que la espera se alarga. Aun así, el compromiso permanece intacto.

El taxi como escuela humana

Más allá del cansancio, Jorge Orlando destaca el aprendizaje constante que deja el contacto con las personas. “Uno aprende mucho de la gente y también puede enseñarles”, afirma. En especial a los turistas, a quienes durante años les mostró Armenia cuando los paquetes turísticos no incluían transporte.

Los taxistas, dice, eran los encargados de enseñar la ciudad y de “dejar una buena imagen” a quienes venían de afuera. Un rol silencioso, pero fundamental, en la construcción de la identidad local.

Hoy, Jorge Orlando Córdoba Castro sigue siendo parte de esa memoria rodante que transita las calles de Armenia. Su historia no solo habla de un oficio, sino de una ciudad que creció sobre ruedas y de hombres que, desde el asiento del conductor, ayudaron a contarla.


junio 2026
L M X J V S D
1234567
891011121314
15161718192021
22232425262728
2930