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A quién le importa (1)

Hugo Hernán Aparicio Reyes

miércoles, 19 junio 2024

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Una reflexión seria sobre la educación en nuestra caótica Colombia, en momentos de discusión sobre la propuesta de reforma del sistema, tendría que formular un interrogante inicial cuya respuesta, sustentada en hechos, dejados de lado sosos discursos, no es tan obvia como parece:¿a quién interesa que el país cuente con un hipotético sistema educativo, eficaz … Continuar leyendo

Una reflexión seria sobre la educación en nuestra caótica Colombia, en momentos de discusión sobre la propuesta de reforma del sistema, tendría que formular un interrogante inicial cuya respuesta, sustentada en hechos, dejados de lado sosos discursos, no es tan obvia como parece:¿a quién interesa que el país cuente con un hipotético sistema educativo, eficaz en su aplicación, orientado por principios éticos, democráticos, de promoción individual y social, pertinente a las exigencias del mundo actual, a la proyección productiva del país, sustentado en el conocimiento, en la ciencia, en formación en valores, simultáneo con el ejercicio de convivencia armónica entre iguales y de respeto activo por el medio ambiente y la naturaleza?

Insisto, atenidos a la escueta realidad, parece no ser asunto de interés para nadie el logro o por lo menos el acercamiento de lejos al esbozado ideal. Ninguno de los gobiernos anteriores, tampoco el actual, quien ve en la formación de juventudes un campo de batalla ideológica-política, han tenido la educación como bandera, como objetivo de atención prioritaria, ni han acertado en el diagnóstico de su problemática -no exclusivamente presupuestal-; mucho menos en la adopción de soluciones de fondo y de largo aliento, tal como exige el colosal desafío. El producto final del sistema vigente es un país en estado de penoso atraso en aspectos fundamentales del devenir colectivo. No se trata de buscar mejor acomodo en el ranking internacional de pruebas Pisa, en las cuales, “los estudiantes colombianos obtuvieron en 2022 puntuaciones inferiores a la media de los países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) en matemáticas, lectura y ciencias”, según informe oficial; tampoco de escarbar en detalle los resultados de las pruebas de Estado, cuyas cifras nos sitúan en condición de precariedad académica e incertidumbre respecto a proyecciones basadas en tendencias. No, el fondo del asunto es mucho más grave; tanto, a tal punto, que hoy día hacemos parte del grupo de países con ínfimas posibilidades de reducir distancias de desarrollo socioeconómico respecto al grupo líder en calidad educativa, conformado por Canadá, China, Finlandia, Hong Kong, Singapur, Estados Unidos, Dinamarca, entre otros. Mientras muchachos en aquellas latitudes egresan de la educación media dotados de ideales estándares de conocimiento, habilitados para una educación superior de primera calidad, cuyo producto terminado son profesionales especializados, aptos en los innumerables campos de desempeño, de óptima calificación y merecedores de elevados ingresos económicos, los nuestros, a duras penas, pueden aspirar a plazas laborales básicas o a emprendimientos elementales, a la expectativa de mejorar su aptitud en la práctica.

Así, ¿cómo aspirar a ascender en calidad del capital humano, del recurso laboral, indispensable en el mundo contemporáneo? Permanecer en el rezago del orbe, por debajo de naciones miradas antes con desdén, como las africanas o asiáticas, es la condena ya dictada contra gran parte de Latinoamérica. 

La mayor responsabilidad, desde luego, es atribuible a los gobiernos, a su carencia de acción y de visión. La educación no genera los votos que otros señuelos populistas sí lo hacen. No obstante, la sociedad civil, padres de familia, educadores, agremiaciones, sindicatos, iglesias, empresarios, adoptaron desde siempre un deplorable rol pasivo en el engranaje del sistema, dando la espalda al fundamen to de la nacionalidad, a la educación, fuente nutricia e insustituible de bienestar y progreso. No contamos con buena educación porque no nos importa.


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