Murió un poeta y no se trata de un deceso cualquiera. El motivo es lo de menos, también las circunstancias y la fecha… Su partida no es la terminación de una vida, sino la construcción de un puente a la eternidad. La sustancia con la que está hecha el alma del poeta, hace que el … Continuar leyendo
Murió un poeta y no se trata de un deceso cualquiera.
El motivo es lo de menos, también las circunstancias y la fecha… Su partida no es la terminación de una vida, sino la construcción de un puente a la eternidad.
La sustancia con la que está hecha el alma del poeta, hace que el fin de las funciones de su cuerpo sea apenas un accidente, porque cuando sus pulmones dejan de respirar, su espíritu inhala una bocanada fresca… El corazón se detiene y parece que surgiera el silencio… pero no… empieza a retumbar con fuerza, al otro lado de la realidad.
Y parece que su pluma se parara, que no brotaran nuevos versos de esa mente divergente, pero no… él empieza a escribir con tinta de universo.
Se fue Gustavo Rubio Guerrero, escritor como pocos… inteligente, audaz, agudo, bohemio, reflexivo, valiente y sobre todo… libre.
Murió, en medio de la orfandad de una enfermedad azotadora y en la mitad de la última esperanza… se fue y su cortejo fúnebre —invisible—, regó los pasos de sus fantasmas, con las lágrimas de sus amigos.
En su poesía colmada de sentido —y nostalgias, confesiones y denuncias—, había tomado el estilo de renunciar a la puntuación, quizás como una forma de evitar la interrupción de la palabra. Era rebelde con las lógicas métricas, tal vez porque su esencia era el viento y prefería vivir sin nada que lo atara. La belleza de su obra —que queda con nosotros todavía—, estaba en la simplicidad y la franqueza —esa que, por ejemplo, revelaba sus amores dominicales con la novia de algún amigo—.
Fue grande Gustavo y lo será más ahora, pues la muerte, para los artistas, es un portal a la gloria y un pasaporte al infinito. Sus publicaciones, su agudeza en la tertulia y su tono revolucionario, lo han fijado en el recuerdo de la mente, las pupilas y los tímpanos.
“(…) Padre no quiere abandonar la tierra / lo único que le queda / no puedo ir a la escuela estamos en cosecha / escucho oraciones de alumnos y profesores / la voz de padre allá abajo / bajo del árbol son más de las siete / mi madre tiene listo el desayuno / y cuento una a una todas las tristezas /que mamá comenta al ritmo de su canto / si la muerte se fuera si pudiera ir a la escuela.”
Su lenguaje —limpio, sencillo— y su audacia narrativa, le permitieron publicar siete libros y merecer el premio Descanse en Paz la Guerra de la Casa de Poesía Silva. Conquistó un espacio en la historia literaria con la participación en la Antología del cuento corto colombiano —2002— y en los estudios de poesía de la Cátedra de la Quindianidad —2004— y participó en incontables iniciativas como el Café Literario Julio César García Valencia —donde estuvo como invitado— y muchos encuentros de poetas.
Se fue en la mitad del desconcierto; en la madrugada su mirada se apagaba mientras se alistaba el sol, fue amigo de la luna y por eso tal vez, se quedó dormido para abrir los ojos internos en un lugar que muchos desconocemos pero casi todos intuimos… su huella es honda, como la tristeza y su legado inmenso, como su ausencia.
Se murió el poeta, amigo, contertulio, intelectual, escritor, conversador, bohemio, el amante de la palabra, el escultor de versos… en su tumba, una paz blanca y profunda, como la que tanto convocaba en sus escritos, la calma por haber vivido intensamente, sin otra ley que su propio camino, sin más amo que el eco intrépido de sus pensamientos…
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