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Amor eterno y verdadero

José Nodier Solórzano Castaño

viernes, 2 julio 2021

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

La eternidad solo existe en las religiones y, como una utopía, en ciertos amores. Pensamos, con el deseo, que amar a una mujer, a la madre o hasta a un equipo de fútbol, hacen parte de una combustión inacabable. Bella ficción que nos permite pasar, como levitando, por este valle de lágrimas y guayabas dulces. … Continuar leyendo

La eternidad solo existe en las religiones y, como una utopía, en ciertos amores. Pensamos, con el deseo, que amar a una mujer, a la madre o hasta a un equipo de fútbol, hacen parte de una combustión inacabable. Bella ficción que nos permite pasar, como levitando, por este valle de lágrimas y guayabas dulces.

Algunos de mi generación—imagino que Rodrigo Dávila Gilede era uno de ellos— esperaban por el transistor Sanyo la voz de un locutor con la programación de fútbol del domingo en la tarde, como otros, tíos y abuelos, ansiaban sellar el Totogol en la esquina o el formulario 5 y 6, apuestas a las carreras de caballos en Techo, en Bogotá. Todos esperábamos algo, tal vez un destello de felicidad o un boleto de suerte.

En los años setentas y ochentas fuimos a ver al milagroso al estadio San José, al lado del batallón de soldados. Ir a Armenia era un viaje a otro planeta, tal vez por la falta de dinero para los pasajes en los taxis grandes o por cierta comezón que nos daba a los calarqueños al visitar a la capital. Persistía una estúpida rivalidad entre los “armeñucos” y los hijos del Cacique, quienes siempre pensamos que éramos de mejor familia.

Muchos quindianos fuimos entonces a gorriones al Estadio San José. Allí vimos cuidar el arco del Quindío a cancerberos como Largacha, La Pinta García o Alcides Saavedra, quien evitó goleadas históricas con sus increíbles voladas de palo a palo. Parecía un gato salvaje entre los árboles. Nunca vi jugar a los Bermúdez, o al mismo Pecoso Castro, pero su historia ya era una leyenda de amor por la camiseta verde y amarilla.

En el medio campo los argentinos Juan Carlos Sarnari o el Pocho Pianetti, el paraguayo Julio Gómez, el chileno Bulic, o Darío José Campaña, nuestro ídolo rosarino, mantuvieron un legado de buen juego, de pisar la cancha con elegancia y entregar el balón con la misma calidad de maestros como Alejandro Brand o Jairo Arboleda del deportivo Cali. Eran jugadores de visible calidad en sus desplazamientos y toques de balón, y de una actitud indeclinable en defensa de los colores del Quindío. 

Representaban esos futbolistas, además de una región cívica, una manera honrada de ser y de entregarse en el campo. Así jugaron en la delantera Rosendo Magán, Jorge Alberto Taverna, Silva Pacheco, Papalardo, el Tanque López, Promanzio, Alfonso Tovar, o el liso y gambeteador Horacio Ferrín. 

Nadie podrá olvidar a los técnicos Benitin Urruti, ex jugador, Fernando Castro y al actual Óscar Héctor Quintabani, quienes enseñaron pasión e inteligencia por la divisa cafetera, como decía Gustavo Domínguez Sánchez, el narrador de cientos de gestas deportivas.

Asciende este año el Quindío a la serie A del fútbol colombiano. Y con ese equipo, con esa V de victoria, se enciende la ilusión de que en este departamento, tan vilipendiado por sus políticos y dirigentes, aún queda algún ripio de esperanza y alegría.
 


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