Muy seguramente, quienes hemos seguido de cerca la historia sociopolítica del departamento del Quindío coincidimos en que, si bien es cierto que esta región ha contado con dirigentes muy valiosos en el ejercicio de la política y de la función pública, también es igualmente cierto que Ancízar López López no fue un político más.
Él fue diferente: destacó dentro de ese grupo de congresistas y líderes de las décadas del 50 y 60, reconocidos por promover el movimiento separatista del Gran Caldas que culminó con la creación del departamento del Quindío a través de la Ley 2ª de 1966.
Y es que López López se distinguió porque su lucha, dentro y fuera del Congreso colombiano, era una férrea respuesta a los anhelos constantes de los ciudadanos de la época, quienes, incansables, reclamaban independencia y autonomía administrativa, una distribución equitativa de recursos, lo mismo que el reconocimiento de la identidad quindiana, que era un clamor generalizado de la comunidad.
Es evidente que el secuestro y posterior asesinato del primer gobernador del Quindío, Ancízar López López, marcó la historia política y administrativa de esta unidad territorial; pero, pese a la trascendencia de ese repudiable hecho, el mismo se ha sumido en un perturbador olvido colectivo en el país y en gran parte de este departamento, lo que merece, sin ninguna duda, un análisis crítico.
Esa particular desmemoria de líderes populares, dirigentes de la política, la propia academia y la ciudadanía en general respecto del crimen del exgobernador quindiano representa un caso especial que evidencia la confusa forma en que se construyen las narrativas de algunas historias regionales, que claramente contribuyen al olvido de secuestros y crímenes como el cometido contra el promotor más emblemático de la creación del Quindío. En ese contexto, el caso de Ancízar López López es inevitablemente extraño y paradójico, porque su muerte se desplaza a través del tiempo entre la memoria parcial regional y una total amnesia nacional, sumiendo todo su legado político en un perverso silencio, lo que revela una inquietante paradoja de la memoria colombiana con algunos de sus dirigentes y líderes, mostrando con claridad la cruda manera en que se vive y procesa la violencia política.
Por fortuna, la sociedad quindiana hace algunos años desarrolló un sistema práctico para hacer visible y perdurable en la memoria del colectivo regional la gestión y liderazgo de López López a través de topónimos en barrios, avenidas, sectores y edificios que llevan su nombre en conmemoración de su brillante carrera política, convirtiéndose en una sólida muralla de contención ante el implacable olvido generacional.
No hay que olvidar su secuestro, ocurrido el 11 de abril de 2002 cerca de Quimbaya por delincuentes comunes quienes lo entregaron al ELN. Luego de permanecer en cautiverio durante tres años en poder del frente “Cacique Calarcá”, ese grupo criminal anunció su muerte el 6 de septiembre de 2005 y entregó el cadáver al Comité Internacional de la Cruz Roja, cerrando así un negro capítulo de la historia quindiana. Paz por siempre en su tumba.
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