Cada noche, justo antes de que el mundo se apague, dos pequeñas criaturas peludas se alistan para dormir, como si supieran que los sueños también son territorio compartido.
Mía tiene seis años y ha perfeccionado todas las maromas posibles para resguardarse antes de que los cuerpos humanos se acomoden en horizontal. Leia, en cambio, lleva doce meses con nosotros y ya ha aprendido a excavar entre cobijas, sábanas y pieles como si fuera un topo en plena expedición nocturna. Tal vez, sin que me haya dado cuenta, leyó a Platón: sabe cómo resguardarse en su propia caverna.
Mía es una Yorki dramática e inteligente, con un parecido entrañable a Chewbacca, ese peludo y querido personaje de Star Wars. Leia, por su parte, es ágil y veloz, producto de una confusión perruna: nació como Pinscher —según dijeron los dueños de su madre—, pero con el tiempo mutó en algo más parecido al dragón de la suerte de La historia sin fin. Es una pequeña criollita de la que no se conoce al padre.
Ambas aguardan el momento exacto de la noche para subirse al trasatlántico de madera que nos lleva por las aguas de Morfeo. Mía, la mayor, sabe que si logra esconderse debajo de la cama antes de que apaguemos la luz, tiene medio pasaje ganado. Finge no ser vista. Pero en cuanto todo está en calma, brinca como un felino del suelo al colchón, y se enrosca en una esquina como un pequeño milpiés peludo.
Leia, la menor, ha aprendido las reglas: dormir con nosotros solo si ha hecho chichí en el tapete. Si no, se queda en su cama circular de cincuenta centímetros de diámetro. Algunas noches no logra completar el ritual y me levanta de madrugada para que la acompañe al baño —y eso, seamos sinceros, no es tan bueno.
Cumplido el protocolo, nos disponemos a dormir. Y creo que, con ellas al lado, cada noche se vuelve un poco más especial. Algunos opinan que los perros no deberían subirse a las camas, que mucho menos deberían dormir en ellas. Nosotros, en cambio, encontramos encanto en esa sensación térmica que produce tenerlas cerca. De hecho, se nos ha hecho necesario sentir esos bulticos para generar el clic final que nos lleva a la gloria del sueño.
No todo es color rosa. Cuando hemos estado fuera todo el día, ellas llegan con toda la energía acumulada. Entonces, la cama se convierte en pista de obstáculos, en muro de escalada para patas inquietas. Esas noches no hay ternura que valga: toca dejarlas fuera del cuarto.
Y sin embargo, algo ocurre cuando dormimos juntos. Tal vez sea el calor compartido, los movimientos sincronizados, o ese modo silencioso en que dos especies distintas deciden abandonarse al descanso. Dormir con perritos tiene algo especial. Al fin y al cabo, somos animales diferentes que, cada noche, decidimos soñar juntos.
(Por cierto, no puede olvidárseme contar que algunas veces Leia ladra y mueve sus patas mientras duerme).
- Temas relacionados :
