Hace contadas horas, la Universidad del Quindío declaró iniciada la “Semana de Apertura Académica”, la cual abre oficialmente el segundo semestre del año en curso. Este hecho, sin lugar a dudas, llena de vivacidad, colorido y sonoridad a un campus verde que siempre extraña la presencia de la comunidad académica: docentes, investigadores y estudiantes. Al … Continuar leyendo
Hace contadas horas, la Universidad del Quindío declaró iniciada la “Semana de Apertura Académica”, la cual abre oficialmente el segundo semestre del año en curso. Este hecho, sin lugar a dudas, llena de vivacidad, colorido y sonoridad a un campus verde que siempre extraña la presencia de la comunidad académica: docentes, investigadores y estudiantes.
Al darle la bienvenida a los actores que potencian el sentido de universidad, declaramos, quienes hacemos parte de ella, la necesidad e importancia de que la alma mater (significa ‘Madre Nutricia’ y se utiliza para referirse metafóricamente a una universidad) sea ese lugar de acogida y encuentro, de construcción de sueños y esperanzas. Aquel espacio en donde se transforman sujetos que caminan por una sociedad cada vez más necesitada de creaciones individuales y colectivas que permitan afrontar problemas complejos.
Esa “madre nutricia”, ese lugar que tiene por función “proveer alimento intelectual”, está llamada a arropar al ser desde su integralidad, bajo perspectivas humanistas, emocionales e intelectuales que generen un mayor afianzamiento del entendimiento de la diversidad, de las otredades y las libertades.
Lo particular es que existen actores —no solo en esta universidad, es general en todas— que se alejan radicalmente de esta perspectiva de formación. Por el contrario, afianzan sus ideologías racionalistas y propenden por una formación conductista que no tiene en cuenta al ser humano, al individuo en su primigenia esencia de diversidad. Es decir, el espíritu de algunos docentes, funcionarios y hasta estudiantes, está afincado en la supresión de lo diferente, en la eliminación de lo extraño o en alejamiento de lo que no hace parte de sus cosmovisiones.
Y es ahí en donde lo universitario, lo comunitario, y su llamado de apertura, hace perder la misionalidad de una Institución de Educación Superior. De hecho, “apertura”, como sustantivo femenino, no solo indica esa acción de abrir o inaugurar, también señala esa “aceptación o transigencia política, religiosa, ideológica, étnica” tan necesaria en estos tiempos convulsos, llenos de radicalismos, exclusiones y violencias soterradas.
Cada inicio de semestre, cada apertura, es una posibilidad de tejer nuevos relatos e historias personales que pretenden alcanzar mayor dignificación de la existencia humana. Es, una forma ritual, simbólica, de empezar un nuevo viaje, compartiendo experiencias a la luz del conocimiento. Algo que en principio suena esperanzador, porque llama a los sentidos a una travesía que implica necesariamente aprendizajes valiosos y significativos.
De ahí que, en esencia, lo que empieza como tal, debería mantenerse, sin dogmatismos, sin ausencia de aperturas que inciten al diálogo. Sin la negación misma de la expresividad individual ni de las libertades personales que impulsan a seguir construyendo identidades. Sin que tengamos que suprimir al otro, solo porque piensa y siente diferente.
Un iniciar que arrope, abrace, comprenda. Un hilar que tenga en cuenta al otro, a los otros; un viajar que genere invitaciones de compartir; así como un dialogar en las aulas, los laboratorios, las oficinas. Todo desde la apertura misma del pensamiento ¿Estaremos preparados para ello en la universidad?
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