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Armenia duele

José Nodier Solórzano Castaño

viernes, 16 octubre 2020

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Una ciudad como Armenia, joven y desordenada a sus ciento treinta y un años de fundación, requiere pensarse a sí misma. Reflexionar sobre sus defectos y admirarse de sus virtudes. En general, los políticos y los dirigentes gremiales de toda laya, promueven la realidad de postal, la imagen edulcorada y maquillada de las agencias de … Continuar leyendo

Una ciudad como Armenia, joven y desordenada a sus ciento treinta y un años de fundación, requiere pensarse a sí misma. Reflexionar sobre sus defectos y admirarse de sus virtudes. En general, los políticos y los dirigentes gremiales de toda laya, promueven la realidad de postal, la imagen edulcorada y maquillada de las agencias de turismo. Somos, según esa versión acortada, muy buenas personas, hospitalarios y habitantes de un supuesto paraíso. Esa narrativa simplista nos volvió vulnerables y nos dejó desamparados frente a los siete pecados capitales de las élites cuyabras, tan conservadoras, tan acomodadas, tan corruptas. La lujuria por las carnes del presupuesto público ya es leyenda en las calles y viral en las redes. Los alcaldes de la ciudad, enfebrecidos por ese afán, no esperan su posesión en el cargo para lanzarse entre las sábanas de la tesorería. Lo paradójico es que la misma ciudadanía disfruta y defiende el porno ordinario de sus políticos. Armenia, su administración pública, es un bulín gigantesco, visitado por contratistas, contadores dudosos y abogados de cláusula en mano. La gula es infinita. Comen a dos carrillos la abundancia de los números, y dicen, en tanto, que Armenia es un paraíso, una ciudad milagrosa. La avaricia no tiene fondo, mientras recitan un manual de lugares comunes: somos amables, una región turística, sin pobreza a la vista, que defiende la tradición cafetera. Aquí, en la ciudad que desconoce sus cañadas, la envidia campea entre los directorios políticos. El partido Liberal, responsable de la debacle moral de Armenia, repudia a los de Cambio Radical, cuando estos toman el esfero de la burocracia. El partido conservador, corresponsable de esa destrucción ética, promueve y aplaude, con el inefable Centro Democrático, una fiscalización risible: ¿Cómo pueden los corruptos vigilar lo que ellos mismos quieren llevarse? Armenia es un chiste destemplado y flojo. No tiene una biblioteca pública que funcione de verdad, nunca ha construido un teatro digno para las artes escénicas y su museo, el Museo de Arte del Quindío, el querido Maqui, funciona en una bodega inaccesible, y opera a pesar, casi que en contra, del propio municipio. A su vez la ciudadanía incurre en la pereza cívica. No reacciona y busca, en parte, que las migajas del presupuesto oficial circulen por algunos bolsillos. Es como si una anestesia general medrara en los huesos y en la voluntad de la gente, que le impidiera hacer frente a la prepotencia de sus gobernantes. Pereza y soberbia juntas, licuadas en la acción gelatinosa de los propósitos colectivos. Es indispensable, como en el ámbito nacional, la rebelión de sus jóvenes y de las ciudadanías libres. Los adultos, una parte de la prensa local, otra de los gremios económicos, se acostumbraron a la mediocridad de líderes efímeros que se venden o hipotecan al mejor postor nacional. Necesita Armenia, para hacerle frente a esta inmovilidad social, la ira creativa de sus ciudadanos. Entender que los partidos tradicionales, sus personeros, convierten el aire que respiramos en meandros tóxicos.


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