La Diócesis de Armenia ha venido realizando su asamblea diocesana en 3 momentos: un primer encuentro desde las parroquias con las diversas realidades de pastoral y el liderazgo de los párrocos, además de la presencia de los vicarios parroquiales y las comunidades religiosas. En este encuentro fraternal, cada parroquia, bajo la acción y el dinamismo … Continuar leyendo
La Diócesis de Armenia ha venido realizando su asamblea diocesana en 3 momentos: un primer encuentro desde las parroquias con las diversas realidades de pastoral y el liderazgo de los párrocos, además de la presencia de los vicarios parroquiales y las comunidades religiosas. En este encuentro fraternal, cada parroquia, bajo la acción y el dinamismo del Espíritu Santo, respondió a la pregunta: ¿Dónde estamos? aplicando la metodología del ‘Ver-Juzgar y Actuar’ que nos compromete a dar una mirada a la realidad y a responder a los desafíos que el mundo le plantea a la Iglesia. Sabemos que estamos viviendo momentos de crisis social, económica, política, religiosa, familiar, moral y esta realidad nos debe interpelar para poder dar una respuesta concreta desde el evangelio. La Iglesia no puede ignorar este cambio de época, las consecuencias de la pandemia y el debilitamiento moral y religioso de nuestra sociedad. Su actitud, como madre y maestra, con rostro materno y misericordioso, ha de ser la de quien ‘escucha’, contemplando los signos de los tiempos, pues, a partir del contexto en el que estamos situados podemos afirmar que ‘la Iglesia va por un lado y el mundo por otro’. Hoy están surgiendo movimientos pseudo religiosos que hablan de Dios sin Dios, que hablan de fe sin comunidad y estamos evidenciando el impulso de una fe subjetiva sin el más mínimo interés de la ‘comunidad’; en otras palabras, una fe vivida sin necesidad de Iglesia y, más allá, una experiencia religiosa aferrada a una cruz sin Cristo o a un Cristo sin cruz en la que no nos toque el dolor, el sufrimiento y se viva solo ‘el momento’, el ‘instante’ sin profundidad espiritual. Un segundo momento reunió a los fieles y realidades de pastoral de las vicarías foráneas, me refiero a un conjunto de parroquias bajo la orientación de un vicario foráneo, llamado a dar dinamismo pastoral y espiritual a la vicaría, mediante actividades comunes. En este encuentro vicarial se respondió a la pregunta ¿Qué estamos haciendo? Una mirada de fe, abiertos a la búsqueda de la voluntad de Dios y preguntando al Señor, en actitud de discernimiento, oración y acción: ¿Qué quieres de nosotros? Se trata de una mirada retrospectiva que nos permita reconocer las luces y las sombras para poder proyectarnos, con una evangelización que sea ‘nueva en su ardor, en sus métodos y en sus expresiones’, en palabras del Papa San Juan Pablo II. Finalmente viviremos el próximo sábado el tercer momento, que hemos denominado ‘asamblea diocesana’, en la que participarán representantes de las parroquias, de las delegaciones de pastoral, de las comunidades religiosas, de los movimientos de espiritualidad, el Seminario mayor San Juan Pablo II y algunos invitados especiales que fungirán como ‘observadores’.
Una asamblea para ‘escuchar y escucharnos’, para responder a la pregunta: ¿Hacia dónde vamos? y, desde el evangelio, trazar unas metas claras que nos permita ser faro de luz para la comunidad quindiana. Muchos son los desafíos que se nos plantean hoy y queremos, abiertos a la gracia y al misterio del amor de Dios, responder con un corazón generoso, máxime cuando nuestra diócesis cumplirá, el próximo 17 de diciembre, setenta años de haber sido erigida por el Papa Pío XII. No podemos ignorar el camino recorrido, al contrario, en medio de las sombras, son muchas las luces y fortalezas que nos permite seguir soñando con esperanza, sembrando semillas de verdad, paz, amor, alegría, servicio, anunciando a Cristo, ‘Camino, Verdad y Vida’, mostrando el rostro de misericordia de Dios, contemplando a María como madre y modelo de fe y perseverancia, trazando un itinerario evangelizador que nos exige pasar por la cruz para llegar a la luz, sirviendo con alegría a Cristo en los más pobres y descartados socialmente, mirando a los ojos de los enfermos para invitarles a unir su dolor a la cruz de Cristo, llevando un mensaje de esperanza a los hermanos privados de la libertad, esparciendo la semilla del evangelio en las comunidades sin hacer acepción de personas, requiriendo a niños, adolescentes, jóvenes, familias, adultos mayores a ser instrumentos de paz y amor, abiertos al diálogo con el mundo, la cultura y las culturas, en actitud de escucha y servicio con nuestros servidores públicos, fuerzas armadas, profesionales de diversas áreas, instituciones educativas –colegios y universidades-, minorías étnicas, asumiendo una actitud de caridad y comprensión con aquellos hermanos que nos atacan, que denigran de la Iglesia o que, han decidido apartarse de ella, enarbolando banderas en contra de la vida, la institución familiar o la identidad de género, no para ‘contemporizar’, sino para recordarles, desde la humildad que Dios nos ama a todos, nos llama a la conversión y nos quiere felices. Ponemos en manos de la Santísima Virgen María estos propósitos y a los lectores les invito a acompañarnos en este viaje de renovación eclesial.
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