Pedro es arquero. Hace unas semanas decidió pararse bajo los tres palos con la convicción de quien quiere hacerse cargo de su historia. Antes jugaba en defensa, pero cada gol recibido lo desarmaba.
Es un niño que se frustra con facilidad, que llora con rabia cuando algo no sale como espera y que, a sus ocho años, ya ha tenido que aprender a levantarse más de una vez. Tal vez por eso, sin decir mucho, pidió el puesto de portero. Como si dijera: “déjenme, yo me encargo”.
Su equipo, conformado por niños de siete y ocho años, había vivido una larga racha de derrotas. Desde la tribuna, los padres apenas podíamos disimular nuestra impotencia ante los marcadores abultados y los rostros caídos. Pero algo cambió: llegó un nuevo entrenador. Con paciencia, trabajo y juego limpio, los fue transformando. Hoy no solo ganan; juegan con conciencia, con inteligencia, sabiendo por qué están en la cancha.
La tarde del sábado pasado fue una prueba de ello. El marcador final fue 15 a 1 a favor del equipo de Pedro. Nadie lo podía creer. Estábamos tan habituados a estar del otro lado del resultado que el asombro nos invadió. No fue la humillación del contrario lo que se celebró, sino la evidencia de un proceso: el paso lento pero firme de la construcción colectiva. Y ahí estaba Pedro, bajo los tres palos, celebrando sin alardes.
Apenas le hicieron un gol durante el partido. No tuvo mucho trabajo ese día, pero los pocos balones que bordearon su área los enfrentó con la seguridad de quien ya no se esconde. Otros padres, testigos de sus antiguas frustraciones, lo alentaban con entusiasmo. Él, que había llorado tantas veces, ahora se mostraba sereno, dueño de su espacio. Fascinante.
Al final del partido, como siempre lo hacemos, analizamos algunos aspectos de lo ocurrido. En esta ocasión le dije: “¿Notaste por qué te hicieron ese gol? Te he recomendado muchas veces que salgas del arco cuando el delantero se te viene encima. Es importante actuar con rapidez. Hoy pudiste hacerlo y no lo hiciste. ¿Por qué te quedaste estático?”. Pedro me miró, levantó los hombros como quitándole peso al asunto y respondió: “Así es la vida”.
En medio del asombro, me reí. No le di ninguna moraleja ni le agregué nada al asunto. Porque tal vez entendí que esas cuatro palabras eran, en sí mismas, una lección. Pedro, que se había frustrado tanto, que había llorado en silencio, estaba aprendiendo a vivir con lo que viene, a aceptar lo que no controla, a disfrutar lo que sí logra.
Y sí, así es la vida. A veces se gana 15 a 1, a veces no se sale del arco, y otras, simplemente, se resiste. Y eso, en un niño, es ya una forma de coraje.
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