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¡Ay, Buenaventura!

Mauricio Hernández

miércoles, 10 febrero 2021

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

No hay nada más dramático que un pueblo sea gobernado por el miedo, una auténtica emoción construida, entre otros factores, por el contexto social en el que viven las personas que habitan aquellos límites territoriales. Y, sin duda alguna, una de las principales causas es la violencia, aquella que amenaza permanentemente con destruir y desaparecer … Continuar leyendo

No hay nada más dramático que un pueblo sea gobernado por el miedo, una auténtica emoción construida, entre otros factores, por el contexto social en el que viven las personas que habitan aquellos límites territoriales. Y, sin duda alguna, una de las principales causas es la violencia, aquella que amenaza permanentemente con destruir y desaparecer a quienes quieren vivir la alegría de existir. Aquella violencia que al mismo tiempo amedrenta al pueblo y lo hace esclavo del silencio y de la zozobra, por tanto, de la muerte en vida de la libertad esclavizada y ensangrentada por el ruido de unos fusiles condenadores.  

Buenaventura —pueblo prisionero por la falta de oportunidades— es uno de los tantos casos en Colombia en los que la cruenta violencia opera en contra de sus habitantes y, al mismo tiempo, los amarra con los grilletes del miedo, impidiéndoles transformar lo que es fundamental para que un pueblo se desarrolle. Sin duda, el miedo y la violencia hacen que territorios como Buenaventura no cumplan lo que la gran mayoría de colombianos decimos todos los días: ‘salir adelante’.

Este “bello puerto del mar”, en donde “se aspira siempre la brisa pura”, pareciera estar condenado a un tiempo infinito lleno de promesas incumplidas de aquellos hombres altivos que gozan con pronunciar palabras de aliento en medio de las tragedias, recitar frases de júbilo frente a los televisores y luego, desde sus propias limitaciones de la condición humana, abandonan al garete a un pueblo que amontona tragedias en la misma pila de muertos. 

A este puerto lo castiga también la indolencia de un país que solo voltea a mirarlo cuando hay avistamientos de ballenas. En esta tierra del arrechón, del viche, del tumbacatre, es necesario que aunque sea la palabra dicha se convierta en realidad. No necesita nada más. 

Buenaventura requiere que las promesas de políticos en campaña se cumplan cuando llegan al poder a gobernar. También sería fundamental que se generaran muchas más oportunidades económicas y laborales para sus habitantes. Y, sobre todo, que la educación de calidad y la generación del conocimiento fuese una prioridad para las autoridades locales y nacionales. 

Si no ayudamos a que este pueblo colombiano trascienda el miedo y se acerque a la esperanza de un mejor vivir, desafortunadamente le estaríamos volteando la espalda a sus habitantes, a aquellos que con una gran sonrisa nos reciben en todo momento y en cualquier lugar. 

Finalmente, valdría la pena preguntarnos si en pleno siglo XXI las formas de esclavitud ya no tienen cadenas a la vista y han evolucionado a otras formas en las que nosotros mismos terminamos siendo quienes esclavizamos. Y ojalá la situación de Buenaventura se convierta en lo que dice la canción: “Tus mañanas son tan bellas y claras como el cristal”. 
 


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