Camino de vereda calarqueña, tu tierra bendice mis pausados pasos, salmo extendido sobre la espalda de la montaña, sin voces humanas.
Cada piedra ora con la paciencia de los siglos. Profetas verdes, los árboles elevan sus brazos y trazan sobre el aire una escritura anterior al alfabeto. Aquí la luz no cae. Se postra. Aquí el silencio no pesa. Respira. Huésped y cuerpo de un sagrado templo abierto, camino y soy caminado por la tierra. El musgo es Biblia húmeda donde Dios se inclina no para ser leído sino para tocar. Pequeños arroyos me confiesan sus confidencias de claridad. Nada me mira, salvo los serenos ojos del paisaje. Y en estas miradas me disgrego sin recelos. Sendero desnudo, liturgia sin sacerdotes ni pastores ni gurúes, enseñándome a ser y conocer sin testigos. Venerable soledad que no me abandona. En esta lluviosa navidad, me acompaña por caminos veredales de mi pueblo. Mi corazón late al ritmo antiguo del monte. No estoy solo. Me habitan los rumores del platanal. Me acompaña un libro de Paramahansa Yogananda: El viaje a la iluminación. Cada curva del camino, pronuncia un nombre secreto y ese nombre es otro de los innumerables nombres de Dios revelándoseme sin lengua en japa continuo desde cuando en la mañana salgo de mi hogar -dichosamente solo- hasta cuando regreso al atardecer -dichosamente solo-. Lo pronuncio cuando inhalo y exhalo. So Ham. La montaña me habla sin palabras, sin promesas. En su voz mineral descanso sin urgencias ni relojes que hieran. Solo el tiempo recostado en la hierba. Camino y rezo. Cada respiración es un amén natural. Mi soledad es apacible, como agua no tocada. Como pan que no conoce mercado. Avanzo y Dios marcha conmigo. No adelante ni atrás, sino en todo. En el crujir de una rama, escucho su risa trascendental, y sigo agradecido por este camino sin gente. En esta navidad, la montaña me concede el canto de un urutaú que no sé dónde se encuentra. Celebro las flores mínimas de las cuales no conozco sus nombres, iluminando desde el borde del sendero como sílabas de colores. Las aves se llaman entre ellas con campanillas vivas. Cada trino, verso que no necesita rima. Las guayabas maduran como promesas ofreciendo su dulzura sin exigir testigos. Las hojas secas predican, con su crujido marchito, el evangelio humilde del desprendimiento. Un arroyo afina su garganta de vidrio y me bautiza los tobillos con su risa fría. Escucho todo. Y todo me escucha. Y es mejor que las afiladas voces de la furia humana. Aquí, ningún grito gobierna. Prefiero esta soledad veredal, a la ciudad que habla alto y oye poco. En el campo, Dios susurra con muchas bocas pequeñas donde ninguna quiere dominar a la otra.
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