Hace cerca de quince años, en la casa de Gladys Sierra Parra, nombrada como directora de Cultura, nos reunimos con el diputado de esa época, Jorge Humberto Guevara Narváez, para definir las políticas públicas que la nueva funcionaria le llevaría a consejo de gobierno a Julio César López, un gobernador que marcó la historia de … Continuar leyendo
Hace cerca de quince años, en la casa de Gladys Sierra Parra, nombrada como directora de Cultura, nos reunimos con el diputado de esa época, Jorge Humberto Guevara Narváez, para definir las políticas públicas que la nueva funcionaria le llevaría a consejo de gobierno a Julio César López, un gobernador que marcó la historia de esa gestión en nuestro territorio.
Entre muchas iniciativas que se expresaron en varias citas se definió la creación, como programa prioritario, de una colección editorial, que reflejara el talento y el patrimonio literario del Quindío.
La pregunta, como siempre, era cómo hacer para darle trazabilidad y permanencia a la idea de configurar la Biblioteca de Autores Quindianos.
Mi recomendación, como funcionario que era del Instituto de Bellas Artes, fue que invitáramos a Carlos Alberto Castrillón, el más reputado maestro de literatura, para que nos apoyara la pretensión de hacer un convenio con la Universidad del Quindío, para editar e imprimir los libros de la colección. Carlos Alberto, visionario, mejoró la idea primordial, la relanzó y me dijo: “Yo me sumo totalmente a ese proyecto, pero no me inviten a reuniones políticas y administrativas. Ustedes verán ese asunto”
Hicimos un borrador de convenio entre la Universidad y la gobernación, y arrancamos con la participación fundacional del Consejo de Literatura de la época, en el que ejercía, recuerdo, el escritor Libaniel Marulanda. También convocamos a la publicista Lina María Cocuy, muy prestigiosa, quien nos apoyó con un diseño que llevamos a diversas instancias.
Para ese tiempo, además, propuse que el proyecto editorial tendría futuro si podíamos incorporar, además de la Universidad, a la sociedad civil, y así se hizo, con la Academia de historia, los consejeros de literatura, y los mismos libreros. La primera delegada fue la propietaria de la librería El Quijote.
Cuento esta historia porque ahora siento que la Biblioteca de Autores Quindianos, después del nefasto gobierno de Roberto Jairo Jaramillo, pésimo en todo sentido para la cultura, entiendo, corre peligro, y está amenazada por la dictadura de los abogados, de los incisos, que no permitieron en un pasado reciente que se renovara el convenio con la Universidad del Quindío, y que personas tan importantes para la gestión literaria como John Isaza y Juan Manuel Acevedo, más allá de ser los guardianes de nuestra colección, tuvieran un respaldo más sólido, desde lo administrativo y financiero, de parte del mismo proyecto.
Creo que la Biblioteca requiere un editor profesional, que preserve la calidad y pertinencia de los libros, y que, como lo propuso Juan Felipe Gómez, su pasado gestor, se replantee todo el proyecto, para modernizarlo de acuerdo con las nuevas necesidades de esta época. Juan Felipe presentó sus ideas, y no fueron tenidas en cuenta.
Las recientes publicaciones dan vergüenza como objetos literarios. Hay libros que no tienen algunas páginas, y fueron impresos por una litografía sin experiencia.
Felipe Robledo, secretario de Cultura, debe acoger las asesorías presentadas, y respaldarse en los ya históricos guardianes de la Biblioteca de Autores Quindianos. Personas como Juan Manuel, John, o la misma Catherine Rendón tienen el conocimiento que se requiere.
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