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Bienvenidos al pasado

José Nodier Solórzano Castaño

viernes, 25 marzo 2022

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César Gaviria dijo en su posesión bienvenidos al futuro. Sus predicciones para todos eran en ese momento: guerra al narcotráfico, apertura económica y remozamiento de nuestras instituciones, intención que después llevaría al desmonte de la carta constitucional de 1886.   Había ganado la presidencia en el velorio de Luis Carlos Galán, nuestro candidato progresista del … Continuar leyendo

César Gaviria dijo en su posesión bienvenidos al futuro. Sus predicciones para todos eran en ese momento: guerra al narcotráfico, apertura económica y remozamiento de nuestras instituciones, intención que después llevaría al desmonte de la carta constitucional de 1886.  

Había ganado la presidencia en el velorio de Luis Carlos Galán, nuestro candidato progresista del momento, cuando Juan Manuel Galán, luego de una procesión de despedida por Bogotá, proclamó como candidato sustituto a Gaviria. Lloramos por la pérdida de Galán, que anunció desde las plazas públicas todos los males que hoy nos aquejan. 

En ese tiempo, como ahora, a Galán también lo llenaron los colombianos de improperios, antes de convencerlos con sus ideas de respetarlo y antes de matarlo.

Gaviria había sido seleccionado por Galán como su jefe de debate a la presidencia por dos razones: había mostrado en un mapa de Colombia, en el Congreso de la República, con una valentía inusual, las zonas geográficas ocupadas por las autodefensas y porque era, por su juventud y pragmatismo, la mejor bisagra en la unión de la disidencia galanista con el partido liberal oficialista, presidido por un dinosaurio, autoritario y corrupto, como Julio César Turbay Ayala. 

Su gobierno parecía, como ha sucedido con el partido liberal durante los pasados cien años, un episodio más de sus trastornos bipolares. Luchó contra el cartel de Medellín, pero poco hizo contra el de Cali. Deconstruyó la industria nacional y nuestro sistema agrícola, y a la vez nos insertó en las corrientes de un comercio internacional, a través de su apertura, que no era otra cosa que la globalización de la economía y el inicio, desaforado, de las privatizaciones del patrimonio público.

También, y allí reside su bienvenidos al futuro progresista, escuchó a los estudiantes que protestaban en la calle y mandó a su segundo de abordo, a Humberto de la Calle, a confeccionar una maravillosa carta magna, repleta de derechos, que aún no estrenamos de verdad. Allí firmamos un pacto de paz transitorio, parcial, y nos aventuramos en un estado garantista que, a pesar del crecimiento de la pobreza y la exclusión, aún no lo vemos. Es solo una ilusión de papel.

Casi sin terminar su mandato, elogiado por muchos en esa época, sin saber bien que nos había entregado al neoliberalismo puro, se hizo elegir, con prestigio y prebendas para algunos países de Centro América — hasta entrenadores de fútbol ofreció a pequeños países votantes nuestra canciller Nohemí Sanín —, como presidente de la Organización de Estados Americanos, OEA, y luego, por su buena gestión, logró la reelección.

La izquierda lo satanizó y la derecha lo glorificó, pero su vida no es un blanco y negro o un canto al maniqueísmo. Alguna vez en las plazas públicas, por cuenta del proceso de paz, denunció a Álvaro Uribe, ese lastre de la caverna, como mentiroso. Pronto se le olvidaría ese acto de dignidad.

Es muy grave quedar en manos de Gaviria. Sería mejor dar un segundo grito de independencia.
 


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