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Bienvenidos al siglo veintiuno

José Nodier Solórzano Castaño

viernes, 3 enero 2020

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Las naciones, como los seres humanos, cumplen ciclos. Las hojas de los árboles caen al piso para evidenciar un cambio y contar que la savia fluye renovada por las ramas.

En un tiempo, cuando viví en Bogotá, caminé muchas veces por el barrio La Soledad, en Teusaquillo, por un costado de la famosa casa donde vivió ‘El monstruo’ Laureano Gómez, el hombre que mantuvo incendiado el país a mitad del siglo veinte. Por allí, imaginaba yo, había transitado el jefe conservador, de la más rancia ultraderecha bogotana, en medio de su inagotable deseo de acopiar el poder en sus manos, como si nada ni nadie pudiera brotar sin su asentimiento.

 En 1952, cuando ya los médicos americanos consultados le dieron muy pocos días de vida a Laureano Gómez, quien había encargado de la presidencia de la República a una marioneta suya, Urdaneta, ya sus amigos, los de ‘El monstruo’, el Ejército y la Policía, sus grandes aliados y cómplices, deseaban que terminara ese ciclo, ese tiempo de ignominia, solo discurrido así, violento y oscuro, por la voluntad enferma de ese hombre.

Laureano Gómez contaba con al apego de miles de campesinos rezanderos, que pensaban en la disolución de nuestro país si faltaba ese personaje desalmado. Pero ya Colombia, a pesar de la ignorancia y de la furiosa centralización de la época, empezaba a dar atisbos de cansancio, con el autoritarismo rampante del líder que, detrás de Urdaneta, mandaba desde su casa aledaña al Park Way, en Bogotá.

Laureano no pudo detener la sublevación que germinaba en el corazón de los colombianos. A través del Ejército, del general Gustavo Rojas Pinilla, se manifestó el deseo de detener tanta muerte, tanta persecución de los líderes liberales. Un pacto de las élites conservadoras y liberales, y de la fuerza pública, desalojó al jefe de la ultraderecha conservadora.

Un proceso similar, y distinto a la vez, pasa ahora con la inusitada caída en el fervor popular de Álvaro Uribe y del presidente Duque. Los jóvenes en las ciudades grandes e intermedias han salido a las calles a vociferar su disgusto contra las políticas neoliberales.

El tremendismo conservador del uribismo, su trágica evidencia, empieza a perder un lugar en el país, para dar paso a otras narrativas: se imagina la gente a líderes más moderados y muchos desean un cambio de paradigma que nos lleve hacia reformismos más liberales, en el contexto actual de una economía diseñada para la ganancia exclusiva de una minoría.

Las causas específicas de los jóvenes, el animalismo, el medio ambiente y la educación, se vuelven imprescindibles como expresión de un amoroso vínculo emocional con la época. Defender la dignidad de los gatos y perros, por ejemplo, o la misma conservación de un río, o el cupo de más muchachos en la universidad, vale una revuelta en contra de los políticos profesionales.

La crueldad del uribismo recalcitrante, su negligencia frente a la vida, su afán de inficionar miedos, sus mentiras desvergonzadas, su odio por los diferentes, su desdén frente a la diversidad, su anuencia con la corrupción pública, revelaron un espíritu colectivo vigente.

Poco a poco se cierra un círculo, que algunos no ven. La historia, en ese caso, no les dice nada. Son ciegos y sordos al ruido de las cosas al caer.

Bienvenidos al siglo veintiuno.

 


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