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Bufón y bravucón

Hugo Hernán Aparicio Reyes

miércoles, 5 febrero 2025

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Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal no compromete la linea editorial ni periodistica de la CRONICA S.A.S

Esperando la decantación del hecho, causa de pánico y vergüenza nacional por sus tremendas consecuencias, preferí aplazar opiniones. ¿Se trató acaso de una anécdota trivial en la cadena de incontinencias X del adicto que nos mangonea, la negativa a recibir los vuelos de compatriotas expulsados de Estados Unidos por haber ingresado a su territorio de … Continuar leyendo

Esperando la decantación del hecho, causa de pánico y vergüenza nacional por sus tremendas consecuencias, preferí aplazar opiniones. ¿Se trató acaso de una anécdota trivial en la cadena de incontinencias X del adicto que nos mangonea, la negativa a recibir los vuelos de compatriotas expulsados de Estados Unidos por haber ingresado a su territorio de manera ilegal, violando leyes y normas migratorias? Definitivamente no. Obrando con perverso cálculo, bajo el efecto de psicoactivos, tal como lo delata el cantinflesco galimatías publicado, contraordenando lo dispuesto por él mismo media hora antes, en lugar y condiciones no confesables, el drogo al mando preparó su misil textual, emponzoñado con falsa “defensa de la dignidad humana”, lanzándolo al cyber espacio a plena conciencia del efecto buscado: al interior del país, conmoción económica y reactiva solidaridad, con rédito político, en contra de cadenas y grilletes; en el exterior, un choque frontal contra el recién posesionado presidente Trump. Omitió desde luego el insufrible beodo, referirse a los miles de deportados durante cuatro años por el gobierno anterior de Joe Biden, bajo similares o peores condiciones de trato, o al hecho ciertamente delictivo de quienes irrumpen en países ajenos violando sus leyes. Se trataba de lucirse ante la audiencia del mundo como abanderado de la dignidad; la misma que nos niega a los colombianos, por ejemplo, pactando con o protegiendo a la delincuencia serial, a asesinos y violadores sistemáticos de derechos humanos, a quienes otorga personerías y prebendas como “gestores de paz”.

No contó sin embargo con la reacción fulminante, contundente, del nuevo equipo Trump. ¿Cuál de las medidas retaliativas anunciadas determinó la final sumisión del adicto? ¿Quizás la imposición de aranceles a importaciones procedentes de Colombia? No, no es creíble que la perspectiva de semejante catástrofe haya amilanado a Petro, a quien poco o nada importa la salud económica del país. Sin duda, la posible anulación de visas para él, quien no gusta del país de Jefferson, de Lincoln, para su familia, círculo familiar y político, hizo del feroz león, el dócil cordero que matizó su derrota con cargo, como siempre, al erario. Su “triunfo” consistió en ahorrarle a sus odiados gringos el costo de los charters, obligando a nuestra desmantelada Fuerza Aérea a asumirlo. Victoria pírrica como ninguna.

Desde la noche de aquel 19 de abril, 1968, cuando válido de radio y televisión, Carlos Lleras Restrepo declaró toque de queda para conjurar los violentos desórdenes de los partidarios de Gurropin, que reclamaban la finalmente frustrada victoria electoral, jamás, ni de forma remota, un episodio protagonizado por un presidente llegó a causar comparable conmoción pública como los galimatías de Gustavo Petro contra las deportaciones de Trump.

Por suerte para todos, bastaron los anuncios de fuertes sanciones contra él mismo y sus cercanos, para echar por tierra en pocas horas sus patéticas bravuconadas, resignando arrogancia y soberbia. Permítanme, a manera de colofón, recordar el episodio narrado por Ingrid Betancourt, la ingrata excautiva de las FARC, cuando siendo Gustavo Petro funcionario diplomático en Bélgica, hace más de 30 años, fue a visitarlo en compañía de Carlos Alonso Lucio, su entonces pareja, hallándolo semiinconsciente, tirado en el piso: “Vi a sus niños pequeños…eran muy chiquititos. Me imagino que para ellos era normal,    saltaban encima del hoy presidente de Colombia. La esposa, apenada, diciendo: ‘Bueno, qué pena con ustedes, los estábamos esperando, pero no ha reaccionado. Vuelvan más tarde’”. ¿Alicoramiento? ¿Efecto de consumo de alucinógenos o fármacos? Imposible precisarlo. Pero atenidos a esta y muchas otras evidencias concluyentes, durante casi medio siglo de figuración pública, la conclusión es obvia: el comportamiento habitual de Gustavo Petro no responde a patrones de aceptable, “normalidad”.


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