¿Cómo se gestó el protosistema económico, herramienta de convivencia constructiva desde las más antiguas civilizaciones, cinco milenios atrás, como lo evidencian tablillas de arcilla sumerias y de otros orígenes, con claros registros de cuentas, inventarios, transacciones?
¿Y más adelante, en pueblos caracterizados, que lo adoptaron, en indetenible evolución, a manera de puntal de avance social, y al cual se abrazaron, sobreaguando o pereciendo en las tormentosas aguas de la historia, desde épocas inmemoriales? A través, seguramente, de disposición de recursos naturales, abundantes en ciertos lugares, ausentes en otros, o producción de bienes e intercambio de excedentes; luego, de comercio avanzado, supliendo necesidades múltiples, venciendo tiempos, distancias, guerras, barreras geográficas. ¿De qué manera se fueron urdiendo necesidades y esfuerzos productivos de grupos humanos, ambiciones de lucro, de dominio territorial, sobre individuos y comunidades, de acumulación de riqueza, con intereses de clanes, familias, colectivos gremiales, bajo conceptos de localidad, región y nación, hallando en la democracia, en el gobierno del pueblo, invención genial de los helenos, una ideal asociación? Todo bajo una cobertura de sostenido respeto y respaldo formal hacia la propiedad privada, diferenciada de lo público, hasta consolidar una forma, un modo complejo y extendido de transacciones e interrelaciones, que a su vez demandó capitales cada vez más fuertes, empresas, conglomerados, corporaciones, e instituciones sólidas. Igualmente requirió normativas reguladoras y fiscales, armonización laboral, y demás elementos conceptuales indispensables para arribar a las mega construcciones económicas-financieras actuales.
Campo académico fascinante que no creo, por desgracia, haga parte hoy día de programas universitarios de pregrado. Si así fuera, si de las aulas de formación secundaria y superior egresaran profesionales bien formados e informados acerca del prolongado, tortuoso, pero igualmente exitoso camino que nos trajo desde las cavernas hasta los rascacielos, el espacio extra planetario, los inabarcables avances de la ciencia, la electrónica, comunicaciones, inteligencia artificial, sorteando las acometidas de la teoría marxista del odio hacia quien tiene, aspira y prospera, con conceptos venidos a menos de plusvalía, de explotación del hombre por él mismo, y de confrontación violenta de clases, no padeceríamos el cáncer, primero, de la ignorancia, del desconocimiento, luego, del suponer que todo ocurrió y nos fue dado en instantes por decisión arbitraria de unos pocos, y más adelante, del extendido e irracional “anticapitalismo”, causa de tragedias, incontables muertes, dolor y destrucción.
Para desgracia del mundo, a partir de la prosaica envidia por el éxito ajeno, de la frustración que agobia a los incapaces, del odio o resquemor hacia quien más puede o tiene, brotó hace siglo y medio un andamiaje teórico de relumbrón, acomodaticio, para atacar la hasta ahí sólida edificación: la “Crítica de la economía política”, subtítulo de, El Capital, de Karl Marx, representó una carga de profundidad contra un acorazado que acusó el golpe, pero que pese a todo continúa navegando con renovado vigor, a toda máquina.
Muchísimo antes de Adam Smith, de su obra magna, La Salud de las Naciones, de David Ricardo y sus “Principios de Economía Política y Tributación”, de las elaboraciones teóricas de Malthus y otros, sobre población y economía, todos ellos estudiosos metódicos de realidades entonces y aún vigentes, de costumbres y usos solo impuestos por la fuerza de la razón y del flujo natural de libertades, de prácticas inveteradas sometidas a pruebas de acierto-error durante siglos, en no pocos casos, de milenios, sucesivos pueblos, ciudades-estados, naciones, en diversas coordenadas del orbe, dispersos en costas marítimas, riveras fluviales, valles y sistemas montañosos, jurisdicciones feudales o reinos, y en la modernidad, países bajo incipientes o bien formadas democracias, sin reparar en las supuestas fisuras conceptuales o ambiguamente “éticas” señaladas por el alemán, ya habían abrazado las libertades y el capitalismo, aplicando cada uno matices particulares.
Por gracia, el mundo ya probó la falsa medicina comunista-socialista, en disímiles circunstancias históricas y coordenadas geográficas, comprobando sin lugar a dudas y para siempre, su letal ingestión. Uno tras otro, fallidos intentos “revolucionarios”, vanas acometidas contra los valores esenciales del sistema, solo han dejado ruina, destrucción, muerte y dolor.
Ejemplos a mano en nuestras cercanías, en el propio terruño, están a la vista. Capitalismo, libertades, justicia y democracia, gozan de buena salud, pese a excepciones que, por momentos, a manos del populismo aventurero, pierden el rumbo, pagan altísimos costos por el error, y regresan contritos a la senda del éxito, de la armonía social y la prosperidad económica.
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